Jorge Fernández Díaz, dimisión por la gracia de Dios

Desde que el pasado jueves escuché las declaraciones de nuestro opusiano ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, en las que aseguraba estar convencido de que Santa Teresa está intercediendo a favor de España ante Dios, me asaltan terribles dudas existenciales que  van camino de cronificar  mi hasta ahora esporádico insomnio.

La primera y más importante es si todas las desgracias que nos han perseguido a los españoles desde tiempos de la Reforma protestante se deben a que nos equivocamos al elegir bando. Resulta históricamente demostrable que a los países europeos que se escindieron del catolicismo les ha ido bastante mejor, al menos en lo económico y lo social, que a quienes siguieron los casi siempre caprichosos designios papales. Como ocurría en un fantástico sketch de Rowan Atkinson, me imagino el día del juicio final a Lucifer indicando a los católicos el camino del infierno mientras pronuncia la lacónica frase: “Lo siento, los protestantes tenían razón. Deben ustedes sentirse como unos auténticos idiotas”.

Claro que ya saben ustedes aquello de que los caminos del Señor son inescrutables, y quizá Dios nos esté castigando ahora para premiarnos en la eternidad. Pero de ser eso cierto sería falso que Santa Teresa intercede por nosotros para que mejoremos en vida. Y entonces yo, en mi agnóstica inocencia, me pregunto: ¿Miente el ministro o nos engaña la Santa?

Me da por pensar que  no fuera Teresa de Jesús la responsable de publicar con antelación la nota de prensa y el tuit que dio al traste con la operación contra los abogados de ETA del pasado 9 de enero. Y si la Santa le ha cogido la medida al ministro, quién sabe qué nuevas y peligrosas bromas para la seguridad del Estado puede estar cavilando la de Ávila. Y es lógico que sea así, porque ella, cuyo mayor milagro conocido hasta el momento ha sido el de mantener incorrupto uno de sus brazos, debe sentirse muy incómoda con un partido político que ha hecho precisamente de la corrupción su principal seña de identidad.

Claro que cabe una tercera lectura no menos preocupante. Puede, y es todo un suponer, que Teresa de Jesús no sea en realidad santa. Es más, cabría la posibilidad de que el mismo Dios no sea más que una recopilación de leyendas de escaso nivel literario que intentan explicar a las mentes sencillas la creación del mundo, en contra de lo que la ciencia lleva siglos demostrando. En ese caso Jorge Fernández Díaz no sería un mentiroso, pero sí un crédulo, alguien que cree en seres inexistentes y que basa sus acciones en supuestas comunicaciones extraterrenales.

En cualquiera de las hipótesis expuestas la única solución al dilema es que el ministro debe dejar inmediatamente el cargo. Ya sea por haber errado en la elección de sus creencias, por mentiroso o por crédulo, Jorge Fernández Díaz no tiene el perfil que debería exigírsele a alguien que tiene tan importante responsabilidad.  ¿Se imaginan que llega el momento de actuar contra la independencia de Catalunya y en lugar de presentar recurso ante el Constitucional a Jorge le da por liarse a hostias con la Moreneta?

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