Jesús no fue hijo de dios

Ya el mismo hecho de que se diga que Jesús fue HIJO de Dios es por sí mismo más que sospechoso de tratarse de una invención porque la categoría biológica de hijo es realmente antropomórfica, de manera que mezclar a Dios en este tipo de cosas considerándolo como padre, en cuanto Dios-“Padre”, y como hijo, en cuanto Dios-“Hijo”, suena a cuentecillo infantil bastante cursi, pero mucho más cuando se intenta entender cómo Dios pudo ser padre de sí mismo, por mucha imaginación que se quiera poner a este asunto diciendo que esta relación tiene un carácter eterno, de manera que ni siquiera en el tiempo Dios Padre habría sido anterior a Dios-Hijo ya que eternidad y temporalidad son conceptos inconmensurables. El problema se complica un poco más cuando, a la vez que se habla del carácter eterno del Hijo, se dice que el éste nació de María hace alrededor de dos mil años, pues en tal caso no habría estado completo hasta el momento en que por fin adquirió un cuerpo humano gracias a María, pero esta hipótesis no encaja para nada en la doctrina según la cual Dios –tanto el Padre como el Hijo o el Espíritu Santo- es eterno.

Pero, al margen de los problemas que plantean estas consideraciones de carácter general, existen otros que se encuentran en los escritos bíblicos y que se analizarán a continuación, dejando de lado.

El primero de todos es el hecho de que en todo el Antiguo Testamento no hay un solo texto que hable del Hijo de Dios –y  mucho menos de la madre que lo parió-. 

Paso ahora al comentario de los diversos textos evangélicos que tratan de algún modo de esta cuestión.

Aunque en los evangelios aparece la afirmación según la cual Jesús es “Hijo de Dios”, también aparecen afirmaciones que, de manera explícita o implícita, consideran que Jesús, aunque fuera un profeta, un enviado o un siervo de Dios, sin embargo no se identificaba con Dios ni con su supuesto hijo. Por otra parte, en diversos textos se presenta un argumento para demostrar la filiación divina de Jesús que podría servir igualmente para que cualquiera pudiera demostrar la suya propia: En efecto, el empeño de los autores de estos pasajes evangélicos por demostrar que Jesús era hijo de Dios fue tan exagerado –y tan interesado- que llegaron a utilizar el ridículo argumento de concluir que Jesús era hijo de Dios porque era hijo de José, cuya genealogía se remontaba hasta Adán y la de éste hasta el propio Dios. Pero lo más absurdo del caso era que, a continuación de este argumento, aparecía otro que era incompatible con el primero, de manera que, si uno de ellos era verdadero, el otro era necesariamente falso. Efectivamente dice el segundo argumento que María había concebido por obra del Espíritu Santo, lo cual representaba una negación implícita de que Jesús fuera hijo de José, por lo que resulta asombroso que el autor de estos pasajes evangélicos, que aparecen en el evangelio atribuido a Lucas, presentase ambos argumentos sin detenerse a pensar que cada uno de ellos era incompatible con el otro, ya que, si Jesús era hijo del Espíritu Santo, no podía ser hijo de José, mientras que, si era hijo de José, no podía ser hijo del Espíritu Santo.

Ahora bien, en cuanto estas doctrinas son contradictorias, eso representa una nueva demostración de que tales escritos no pueden haber sido inspirados por ninguna divinidad veraz sino por aquellos que por los motivos que fueran no estaban muy a gusto sometidos a los dirigentes de la religión de Israel y optaron por crear una variante de ella hace casi dos mil años.

Conviene tener en cuenta que una sola falsedad en los “libros sagrados”, supuestamente inspirados por Dios, es suficiente como para eliminar crédito alguno a cualquier doctrina que simplemente haya que aceptar por fe y no porque exista la obligación de creer lo que los dirigentes católicos dicen que hay que creer, aunque sea la afirmación de que los burros vuelan.

 Como ya he comentado antes, en Lucas, 3:23-38, el autor de este pasaje “demuestra” la filiación divina de Jesús a partir del supuesto de que, según opinaba la gente, Jesús era hijo de José, pues el autor enumera todo el árbol genealógico de Jesús hasta llegar a “Adán y Dios”[1].

En este asunto hay realmente un hecho realmente extraño que conduce a la idea de que el autor de este evangelio es plenamente consciente de que no habla desde la inspiración del Espíritu Santo sino sólo desde el interés demostrar lo que le interesa, aunque para ello deba utilizar argumentos que resultan incoherentes entre sí, como son el de que

“Jesús […] en opinión de la gente, era hijo de José”[2],

y el de que Jesús no era hijo de José sino del Espíritu Santo, pues, si contaba con el privilegio de estar inspirado por el Espíritu Santo, ¿qué necesidad tenía de presentar tal conjetura a partir de la “opinión de la gente”, cuando tal conjetura estaba ya implícitamente rechazada desde el momento en que en un pasaje anterior este mismo autor había escrito que el ángel Gabriel había comunicado a María que el Espíritu Santo sería el padre de su hijo:

“-El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios”[3].

Es cierto que estos dos pasajes no son contradictorios entre sí, pues el primero se basa en “la opinión de la gente” mientras que el segundo habría sido inspirado por el mismo Espíritu Santo. Sin embargo, el hecho de contar con dicha inspiración habría sido una razón definitiva para desechar de manera fulminante “la opinión de la gente” en lugar de darle la importancia que el evangelista le concede sólo por el interés de contar con “una bala en la recámara”, es decir, de contar con el argumento basado en la genealogía de José para el caso de que el portentoso acontecimiento de que Jesús era hijo del Espíritu Santo resultase increíble. Otro aspecto curioso y sospechoso de este caso consiste en que, cuando el autor de este evangelio dice “de acuerdo con la opinión de la gente”, utiliza el argumento basado en tal filiación, pero no hace luego, en ningún momento, ninguna crítica de esta opinión a pesar de su incompatibilidad con la que consideraba al Espíritu Santo padre de Jesús.

Esta contradicción tan burda conduce a la sospecha de que el autor de este escrito fue un falsificador de toda esta historia, especialmente interesado en demostrar por todos los medios que Jesús era Hijo de Dios, de manera que su “evangelio”, a pesar de sus errores y contradicciones,  sirvió para la creación de la secta cristiana, que se separó de la religión judía tradicional y que en poco tiempo se extendió ampliamente por el imperio romano gracias a la habilidad de Pablo de Tarso para presentar la labor del “mesías” o “salvador” como una misión universal de carácter no material sino espiritual y, por ello mismo, no orientada a la “salvación” o liberación del pueblo de Israel.    

1. A continuación se presenta una serie de pasajes evangélicos en los que se defiende de modo implícito pero muy claro la idea de que Jesús no se identifica con Dios y la de que ni siquiera se considera que sea “su hijo”:

a) Así sucede, por ejemplo, cuando, según el evangelio de Mateo, estando ya crucificado exclama:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”[4],

palabras que evidentemente no tendrían sentido si Jesús se identificase con el propio Dios y que además implican una desconfianza y un reproche a ese Dios por parte de Jesús por haberle abandonado, a no ser que los evangelistas colocasen tales palabras en boca de Jesús porque, como conocedores del Antiguo Testamento sabían que aquella frase pertenecía a los Salmos y querían que hacer creer a quienes querían convertir a la nueva religión que lo que había sucedido era que en el Antiguo Testamento se habían profetizado las palabras que Jesús diría estando en la cruz –y otras muchas que aparecen en diversos pasajes evangélicos-.

b) Igualmente, en este mismo evangelio se dice:

“Jesús se acercó y se dirigió a ellos con estas palabras:

Dios me ha dado autoridad plena sobre el cielo y la tierra”[5].

Resulta evidente que, si Dios le ha dado autoridad, eso sólo tiene sentido en cuanto el propio Jesús no se identifique con Dios, pues no tendría sentido afirmar que Dios ha dado autoridad a Dios, mientras que sí lo tiene afirmar que Dios ha dado autoridad a Jesús en cuanto el propio Jesús no se identifique con Dios. Si algún cristiano convencido quisiera encontrar una solución más acorde con sus creencias, quizá podría decir que el significado de esta frase era que Dios –en cuanto Padre- había dado autoridad plena a Jesús –en cuanto hijo-, en tal caso el problema surgiría a partir de la consideración de que, en cuanto el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo era Dios, ninguno de ellos podía tener autoridad sobre los otros y, por ello, aquella frase sólo tendría sentido en cuanto Jesús no fuera visto como Dios.

Una consecuencia que se deduce de todo esto es que posiblemente en aquellos primeros tiempos ni los propios cristianos tuvieron claro qué papel habían de atribuir a Jesús en la nueva religión. De hecho hubo numerosos evangelios que la primitiva organización cristiana desechó como “apócrifos” porque decían incongruencias demasiado evidentes respecto a las doctrinas que inicialmente se consideraron como el cuerpo básico de doctrinas del cristianismo. Finalmente, hacia los años del siglo IV los cuatro evangelios -de Lucas, Mateo, Marcos y Juan- fueron considerados como canónicos y, por ello mismo, únicos como evangelios inspirados por el Espíritu Santo por los dirigentes cristianos del momento que al parecer estaban superinspirados por dicho Espíritu para poder decidir qué evangelio estaba igualmente inspirado y cuál no. No obstante, tuvo que llegar el siglo XVI para que finalmente en el Concilio de Trento, en el año 1546, se presentase de forma dogmática la lista oficial de libros del Nuevo Testamento..    

c) Del mismo modo en el evangelio de Marcos se dice:

“…el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”[6],

frase en la que, en primer lugar, se niega el dogma de la ascensión, ya que en ella no se afirma que el propio Jesús ascendiera al cielo por su propio poder sino que “fue elevado”; en segundo lugar, se dice que se sentó a la diestra de Dios, lo cual no podría suceder si Jesús fuera Dios, pues afirmar que alguien se siente a su propia diestra no tiene sentido; en tercer lugar, el autor de este escrito presenta esta descripción como si hubiera estado presente en este supuesto acontecimiento, lo cual es más que improbable y conduce a la sospecha de que autor de este evangelio se deja llevar de su fantasía –más que de la inspiración del supuesto Espíritu Santo- al escribir este pasaje y muchos otros; y, finalmente, este texto es claramente antropomórfico cuando dice que Jesús “se sentó”, lo cual sugiere la idea de un rey que se sienta en su trono para estar más cómodo que estando en pie o de alguien que se encuentra cansado y se sienta para descansar, pero no encaja con la idea de un Dios, cuya perfección no se ajustaría para nada con la idea de “sentarse”, acción que se relaciona especialmente con una necesidad como la de descansar.   

d) Y en el evangelio de Juan se afirma igualmente:

“Porque yo [= Jesús] no hablo en virtud de mi propia autoridad; es el Padre, que me ha enviado, quien me ordenó lo que debo decir y enseñar. Y sé que sus mandamientos llevan a la vida eterna. Por eso, yo enseño lo que he oído al Padre”[7].

Es decir, Jesús dice que él no tiene autoridad por sí mismo sino por el Padre, que le habría enviado, pero, si Jesús se hubiera identificado con Dios, la afirmación según la cual él no hablaba en virtud de su propia autoridad habría sido sencillamente absurda y en contradicción con la misma dogmática católica.

Además, dice este pasaje que fue el Padre quien le ordenó lo que debía decir, lo cual sería absurdo teniendo en cuenta que, desde la propia dogmática de la jerarquía católica, tanto el Padre como el Hijo serían Dios y, por ello, sería totalmente inadmisible que Dios (Padre) ordenase algo a Dios (Hijo). Igualmente, cuando dice “yo enseño lo que he oído al Padre” Jesús está reconociendo que él es sólo un mandado, que ni siquiera tiene criterio propio para saber qué tiene que decir, lo cual no encaja para nada con la idea de que Jesús fuera Dios en cuanto se considere que Dios, tanto si es Padre como si es Hijo, es infinitamente sabio.

e) Igualmente y por lo que se refiere a la segunda venida del “Hijo del hombre” el autor del evangelio atribuido a Marcos escribe:   

“En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre”[8].

De nuevo nos encontramos aquí con el absurdo de suponer que mientras Dios-Padre sería omnisciente, Dios-Hijo no lo sería en cuanto desconocería hechos como el que aquí se mencionan. Ahora bien, al margen de que el dogma de la Trinidad, criticado en otro capítulo, hable de tres personas y un solo Dios, lo que resulta inadmisible de manera especial es que tales personas puedan diferir por el grado mayor o menor de posesión de cualidades que pertenecen a Dios en cuanto tal, como la de la omnisciencia –que no admite grados-, por lo que el texto citado es otro ejemplo de contradicción.

f) En los Hechos de los apóstoles se señala también la diferencia entre Jesús y Dios, cuando se dice:

“A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros”[9],

pues, en efecto, la frase Dios ha resucitado a Jesús sólo puede tener sentido desde el momento en que Dios y Jesús sean distintos, siendo Dios quien con su poder resucita a Jesús. Pero de nuevo nos encontramos con que esta distinción contradice la dogmática de la Iglesia Católica, para la cual Dios y Jesús no son distintos, aunque admitan de modo contradictorio la distinción entre el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo, pues, si cada una de esas tres personas son Dios, por lo mismo deben poseer en grado infinito el conjunto de todas las perfecciones divinas, de manera que sería absurdo que se dijera que el Padre tiene mayor autoridad que el Hijo, que el Hijo ama más que el Padre o que el Espíritu Santo es más fuerte que el Hijo. ¿En qué se diferenciarían entonces? En nada más que en el nombre. 

g) Más adelante se insiste en esta misma diferencia entre Jesús y Dios, y en la consideración de que Dios resucitó a Jesús:

“Pedro y los apóstoles respondieron:

-Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús […] Dios lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador […] Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto”[10].

En este pasaje se insiste en la diferente categoría entre Dios y Jesús, considerando que Dios “ha resucitado a Jesús” y “lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador”, lo cual representa un reconocimiento explícito de que, desde la perspectiva del autor de esta obra, Dios y Jesús son realidades distintas.

Llama también la atención el hecho de que en el relato de Lucas se diga “somos testigos de todo esto”, afirmación que representa un punto de vista dogmático, propio de todos los creadores de religiones en cuanto, siendo unos impostores, se presentan como si realmente hubiesen tenido una revelación especial en la que los demás debieran creer en lugar de sospechar o estudiar de forma crítica si quienes dicen haber tenido tal revelación lo que tal vez tuvieron fue una alucinación o tal vez mintieron de manera calculada para convencer a la población ignorante e ingenua. ¿Con qué derecho podían exigir los iluminados de entonces o los obispos actuales que se tuviera fe en sus palabras cuando no han presentado ninguna señal especial que les haga acreedores de la más mínima confianza y cuando además su propia forma de vida es tan repugnante que el creer en sus mentiras sería una clara muestra de pusilanimidad y de ligereza intelectual?

h) De modo similar, momentos antes de morir Esteban dice:

“–Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios”[11],

frase en la que se diferencian claramente ambas figuras de un modo jerárquico: Dios como figura principal y Jesús –el Hijo del hombre- como figura secundaria, aunque importante. Tiene interés insistir en este detalle porque, si no se hubiera querido reflejar esta diferencia entre Dios y Jesús, el autor de ese escrito habría podido escribir que Esteban veía a Jesús a la diestra del Padre –o al Hijo de Dios a la diestra de su Padre-, lo cual hubiera podido ser compatible con el reconocimiento implícito de que tanto el Padre como Jesús eran Dios, pero no “a la diestra de Dios”, pues en ese caso se está diferenciando inevitablemente entre Jesús, por un parte, y Dios, por otra.

i) En esta misma obra se llega incluso a considerar que Jesús sólo es un siervo de Dios, que, por lo tanto, no se identificaría con el propio Dios ni sería siquiera su hijo, como se dice en otras ocasiones. En efecto, se dice en el correspondiente pasaje: 

“El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha manifestado la gloria de su siervo Jesús…”[12].

Más adelante se insiste en esta misma consideración presentando a Jesús como “siervo de Dios”, obediente a sus decisiones:

“En esta ciudad, en efecto, se han aliado Herodes y Poncio Pilato, junto con extranjeros y gentes de Israel, contra tu siervo Jesús, al que ungiste, para hacer lo que tu poder y tu voluntad habían decidido de antemano que sucediera […] Manifiesta tu poder para que se realicen curaciones, señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús”[13].

Pero, si Jesús era “siervo de Dios”, difícilmente podía ser “Dios”, es decir, “siervo de sí mismo”. Pues, aceptando incluso el dogma de la Trinidad según el cual en Dios hay tres personas, en ningún caso podría tener sentido que, siendo Dios cada una de esas tres personas, una de ellas –el Hijo- pudiera ser sierva de otra –el Padre-, por mucho sentido metafórico que se quiera dar al texto.

j) A continuación se llega incluso a distinguir entre Jesús y el Señor, considerando que ese “Señor”, identificado con Dios, es quien habría enviado al Mesías como un profeta semejante en el mejor de los casos al propio Moisés, pero no superior a él, un profeta “suscitado entre vuestros hermanos”, es decir, procedente del propio pueblo de Israel:

“Llegarán así tiempos de consuelo de parte del Señor, que os enviará de nuevo a Jesús, el Mesías que os estaba destinado […] Moisés, en efecto, dijo: el Señor Dios vuestro suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; escuchad todo lo que os diga; y el que no escuche a este profeta será excluido del pueblo[14].

k) En el evangelio atribuido a Mateo se insiste en la diferencia entre Jesús y Dios cuando se pone en boca del propio Jesús la frase:

“No juzguéis, para que Dios no os juzgue”[15],

frase en la que Jesús declara nuevamente, de modo implícito pero incuestionable, que él no es Dios, pues en caso contrario en lugar de decir “para que Dios no os juzgue” –como si al nombrar a Dios se estuviera refiriendo a alguien distinto de sí mismo-, hubiera podido decir “para que yo no os juzgue”, y mucho más teniendo en cuenta que en otros pasajes, como el que se cita a continuación, se hace referencia a Jesús como juez que juzgará a todos los hombres al final de los tiempos.

l) En efecto, en Hechos de los apóstoles se afirma con absoluta claridad la diferencia entre Dios, por una parte, y Jesús, por otra, considerando a Jesús el “ungido” y “resucitado” gracias al poder de Dios –no al suyo propio-, y también como el “juez” designado por el propio Dios, lo cual implica asumir que Dios tiene autoridad sobre Jesús en cuanto es el propio Dios quien “constituye” a Jesús como “juez de vivos y muertos”:

[Pedro tomó la palabra y dijo:] “me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu santo y poder […] Dios lo resucitó el tercer día […] Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”[16].

m) En esta misma obra se considera a Jesús como “hombre” elegido por Dios, pero sólo como “hombre” y no como “Hijo de Dios”. En efecto, se dice en Hechos de los apóstoles:

“[Dios] ha establecido un día, en el que va a juzgar al universo con justicia por medio de un hombre designado por él, a quien ha acreditado ante todos resucitándolo de entre los muertos”[17].

De nuevo Dios es aquí el protagonista que ha designado a un hombre, a Jesús, como juez, y quien lo ha resucitado de entre los muertos”. ¿Cómo podría decirse el mismo tiempo que Dios y Jesús fueran una misma realidad?

n) Por su parte, Pablo de Tarso se refiere a Jesús como un siervo “sometido” al poder de Dios, lo cual no tendría sentido si el propio Jesús se identificase con Dios:

“Y cuando le estén sometidas todas las cosas, entonces el mismo hijo se someterá también al que le sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas”[18].

En relación con esta cuestión tiene interés también hacer referencia al dogma de la ascensión de Jesús pues se puede comprobar la existencia de textos “sagrados” en los que en lugar de defenderse la idea de que Jesús ascendió a los cielos por su propio poder, se afirma que fue elevado, es decir, que fue llevado por un poder que, aunque no se menciona de modo explícito, evidentemente se trataría del poder de Dios. Así queda expresado en los evangelios atribuidos a Marcos y a Lucas, y en los Hechos de los apóstoles en pasajes como los siguientes:

-“el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”[19],

-“hasta el día en que fue elevado a los cielos”[20]

-“y mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén rebosantes de alegría”[21].

En relación con esta última cita, tiene interés llamar la atención acerca del hecho de que en ella se dice que los discípulos de Jesús “estaban continuamente en el templo”. Ahora bien, ¿en qué templo? Se trataría evidentemente de un templo judío, del templo de Jerusalén, lo cual refuerza de manera muy importante la tesis ya defendida de que Jesús, siendo muy probablemente un esenio, no intentaba crear una nueva religión alejada del judaísmo, sino predicar la práctica de dicha religión de un modo más auténtico y menos ligado a los rituales meramente formales y vacíos de espiritualidad.

1.2. Por otra parte, según se deduce de las afirmaciones de los dirigentes de la Iglesia Católica Jesús sería tan hijo de Dios como yo, pero no más. No es que esos señores lo afirmen, pero, según el argumento utilizado por los evangelios para afirmar la filiación divina de Jesús, cualquiera que aceptase que por el hecho de que su genealogía se remontaba hasta Adán podría considerarse hijo de Dios, en la misma o incluso en mayor medida en que los dirigentes católicos consideran que Jesús lo es. Además y desde esta línea de argumentación, la filiación divina de Jesús habría quedado sin demostrar por haberse basado en una ascendencia negada en los lugares en que se dice que Jesús no fue hijo de José.

Esta línea argumentativa podían haberla defendido sin problemas si el machismo bíblico no hubiera sido tan radical, pues los autores de estos escritos habrían podido buscar los ascendientes de Jesús por vía materna en lugar de hacerlo por la paterna, ya que tanto si se tenía en cuenta que María era descendiente de Adán como si se consideraba que concibió por obra del Espíritu Santo, en ambos casos podía concluirse que Jesús era hijo de Dios. Pero, al considerar a Jesús hijo de José y a la vez hijo del Espíritu Santo afirmaron como verdad doctrinas incompatibles, una de las cuales al menos era falsa, por lo que también lo era el argumento que se montase sobre tal premisa. Resulta por ello más que sospechoso que el Espíritu Santo inspirase ambas doctrinas y en cuanto sea sospechoso respecto a la verdad de una, de manera automática se convierte en sospechoso respecto a la verdad de la otra.

1.3. Por otra parte y aunque se trate de un tema tangencial al anterior, tiene interés señalar que la doctrina según la cual Jesús era hijo de María implicaba que Jesús habría tenido un origen temporal, que se habría producido en el momento en que fue engendrado, y, por ello, no sería eterno como el “Padre”. De hecho el Hijo no aparece por ninguna parte en el Antiguo Testamento y el motivo no parece haber sido otro que el hecho que la nueva religión exigía un cambio esencial respecto a la religión de Israel, cambio que inicialmente consistió en presentar a Jesús como “Hijo de Dios”, por muy absurda que tal doctrina fuera. Y, desde luego lo era, entre otros motivos porque era contradictoria con la doctrina aceptada por la nueva religión, el cristianismo, de que Dios, tanto en la persona del Padre como en la del Hijo o en la del Espíritu Santo, era eterno, pues, si el Hijo era eterno, no pudo haber nacido en ningún momento, mientras que la nueva religión le asignó una madre en la persona de María que le habría engendrado hace poco más de dos mil años.


[1]Lucas, 3:38.

[2]Lucas, 3:23.

[3]Lucas, 1:35.

[4]Mateo, 27:46. Como se ha dicho ya, estas palabras aparecen en el Antiguo Testamento, concretamente enSalmos, 22:2. Quienes escribieron los evangelios quisieron presentar las palabras de Jesús como el cumplimiento de profecías que aparecían en el Antiguo Testamento. Una manera de lograr este objetivo pudo consistir en buscar en tales escritos frases un tanto ambiguas o enigmáticas que pudieran encajar con algún acontecimiento real de la vida de Jesús y a continuación ponerla en su boca como si tal “coincidencia” hubiera sido un acontecimiento asombroso cuando en realidad había sido un burdo falseamiento de los hechos y una “coincidencia” especialmente preparada.   

[5]Mateo, 28:18.

[6]Marcos, 16:19.

[7]Juan, 12:49.

[8]Marcos, 13:32.

[9]Hechos de los apóstoles, 2:32.

[10]Hechos, 5:29-32.

[11]Hechos, 7:56.

[12]Hechos3:13. La cursiva es mía.

[13]Hechos, 4:27.

[14]Hechos, 3:20-22.

[15]Mateo, 7:1.

[16]Hechos, 10:38-42.

[17]Hechos, 17:31.

[18]Pablo, Corintios 1, 15:28. La cursiva es mía.

[19]Marcos, 16:19.

[20]O. c., 1:22. La cursiva es mía.

[21]Lucas, 24:51-52. La cursiva es mía.

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