Jerga católica hasta en la sopa

Asumir la jerga de aquello de lo que se informa es olvidar que el periodismo consiste en hablar lo más clarito posible sobre algo que el común de los mortales no conoce y nosotros le queremos contar. Los profesionales de la información estamos básicamente para eso: para servir, masticado y a ser posible bien digerido a quien no entiende algo, aquello que tenemos la oportunidad de conocer de primera mano.

Estamos para hablarle bien clarito a los lectores, a los oyentes, a los televidentes. Sin contaminarlos. Nuestra obligación es que no queden dudas sobre lo que contamos a aquellas personas a quienes puede interesar una determinada información. Y para eso tenemos que emplear el lenguaje de la calle: ni tecnicismos, ni perífrasis, ni frases enrevesadas ni jergas empleadas por grupos o instituciones cuya información estemos cubriendo.

Cuando un periodista cuenta una historia o elabora una información salpicada de frases ininteligibles, cuando usa expresiones propias de la jerga específica del acontecimiento que cubre puede ser por una de las siguientes razones:

1. Se ha dedicado a repetir como un papagayo lo que ha anotado en su cuaderno sin entender lo que está contando.

2. Se ha limitado a copiar y pegar.

3. Le interesa más la opinión que sobre su trabajo tienen sus fuentes que la que puedan tener sus lectores.

4. Está reproduciendo mensajes mediante el uso de una jerga concreta… Y si hace esto último puede ser por dos cosas:

– porque apuesta conscientemente por ese enfoque, que suele ser especializado y confuso como ocurre en buena parte de las informaciones económicas o judiciales
 
– o porque ha sido abducido por el ambiente, la emoción o el entorno. Una especie de síndrome de Estocolmo que le impide mantener la perspectiva necesaria para informar sobre lo que está viendo, que no protagonizando.

Repito: los informadores no podemos permitirnos el lujo de hacernos eco de la jergas si queremos hacer bien nuestro trabajo.

Todo esto viene a cuento de lo insoportable que me está resultando estos días leer y escuchar machaconamente expresiones como "santo padre", "estamos en manos de espíritu santo", "el mandato del evangelio", "el mensaje de cristo"… y así decenas, centenares de expresiones sin duda muy pertinentes en el seno de la organización a la que pertenece el flamante jefe del Estado Vaticano pero en absoluto imprescindibles para informar en los medios de lo que está sucediendo en Roma.

Una información a la que, faltaría más, no le niego en absoluto su indiscutible trascendencia pero para la que reclamo el uso de un lenguaje laico, aséptico y neutro a la hora de elaborarla y transmitirla. Lo digo porque no he conseguido en estos últimos días leer ni oír una sola información elaborada con la prescriptiva y deseable distancia.

Como me preguntaba yo antes, ¿qué es lo que pasa aqui?, ¿se trata de una abducción generalizada, de un síndrome de Estocolmo colectivo?; ¿nos ha entrado de pronto a los periodistas un repentino ataque de amnesia y nos hemos olvidado que en las informaciones no caben los adjetivos, ni los juicios de valor, ni las palabras de uso interno de una organización por muy iglesia católica que sea?

El país laico que preconiza nuestra Constitución merece informaciones más asépticas y objetivas. Aunque estemos hablando del Papa de Roma. O precisamente por eso.

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