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Javier Gallego (carne cruda): Normalidad democrática

No me digas tú que es normalidad democrática que haya cloacas de jueces, periodistas y policías, que la policía apalice a ciudadanos por la calle, que las peleas con las fuerzas del orden se juzguen como terrorismo.

Se armó mucho revuelo la semana pasada con las palabras de Pablo Iglesias diciendo que España no vive una situación de plena normalidad democrática porque los políticos procesistas están encarcelados o reclamados por la Justicia. El revuelo, por supuesto, se produjo en todos y cada uno de los puntos de apoyo del sistema vigente, de izquierda, derecha, centro, arriba y abajo. Cierre de filas frente al hereje que pone en tela de juicio nuestra sacrosanta democracia, faro de Occidente, unidad de destino en lo universal. Cómo se atreve, encima que le dejamos entrar en la fiesta con esas pintas. Normalidad democrática en España es que no se cuestione a la democracia.

Yo debo de ser de los escépticos porque no me parece muy normal que 15 raperos reciban penas de cárcel por sus letras, que uno (Valtonyc) se haya tenido que exiliar, que otro (Pablo Hasél) ingrese en prisión por llamar ladrón al Borbón, al que la ley impide juzgar aunque todo apunta a que lo es. Tampoco me parece muy normal que una democracia no haya tenido mecanismos de diálogo para evitar que la mitad de Cataluña quiera separarse y que sus representantes acaben entre rejas. Han cometido errores y delitos, pero no me digas tú que es muy democrático responder al clamor popular con hostias policiales y un discurso del Rey llamando golpistas a los que metían un voto en una urna. 

No me digas tú que es normalidad democrática que haya cloacas de jueces, periodistas y policías, que la policía apalice a ciudadanos por la calle (Linares), que las peleas con las fuerzas del orden se juzguen como terrorismo (Alsasua) o que haya ahora más condenas terroristas por delitos de expresión que cuando estaba ETA. Hay tanta normalidad que dos polis dan una paliza en Linares, la gente sale a protestar y les acaban disparando con una escopeta de perdigones. Hay tanta normalidad democrática que la jueza que juzga a Hasél o a los chicos de Alsasua por ataques a la Guardia Civil es esposa e hija de guardias civiles. Es todo tan supernormal, o sea, que el PP bloquea la renovación de los jueces porque el jefe máximo es colega y el PSOE usa a la Abogacía y la Fiscalía del Estado para sus asuntos propios y la judicatura te afina cosas que no son precisamente guitarras.

La democracia en España es tan normal que hasta tiene normalizada la dictadura y el fascismo. Tenemos fachas en el Ibex, los tribunales, los medios, el Ejército y ahora, un partido. Tanto se ha normalizado el franquismo que a la gente le parece muy normal votarles y darles entrada en los parlamentos. Ahora también están en el de Cataluña, gracias a los medios y los partidos a los que les parece normalidad democrática la xenofobia, la homofobia y el machismo de Vox, pero se indignan porque el Coletas pone pegas. Fascismo, bien. Criticar a la democracia, mal. 

Este fin de semana se celebraba un homenaje a la División Azul que luchó con Hitler, se lanzaban proclamas antisemitas y vivas a Franco, se incitaba a incumplir las normas sanitarias. Ningún policía impidiéndolo, ningún gran medio preocupado por la anormalidad democrática de unos nazis llamando a acabar con los judíos y comunistas. Lo que sí hay son sindicatos de policía ultras, policías que amenazan con violencia, militares que corean himnos y consignas franquistas, oficiales del ejército que desean fusilar a 26 millones de rojos. Lo típico. Normalidad democrática. Sólo nos falta el Caudillo para que seamos una democracia plena.

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