Islamofobia y democracia

Llueve sobre mojado. Primero, el reciente y doloroso funeral de Estado por las víctimas del 11-M fue incapaz de mostrar ninguna sensibilidad multiconfesional o ecuménica. Tampoco laica. Entre las víctimas había una gran variedad de nacionalidades y de confesiones, reflejo de nuestra sociedad multicultural.

  Pero el funeral fue rotundamente apostólico y romano. Después el Papa, y con él los conservadores europeos, reivindica las bases cristianas de la Constitución de la UE y niega gestos conciliadores con la comunidad musulmana española al pedirle que «acepte la historia» y desista de pedir un espacio de culto compartido en la mezquita de Córdoba. Y ahora, el ministro del Interior propone una ley para la vigilancia de los imanes «radicales» en las mezquitas «con un seguimiento de su actividad religiosa».

   El ministro de Justicia sostiene que es legal un control previo de los mismos y algunos filósofos hablan incluso de grabar las prédicas para su análisis posterior. Y aunque las motivaciones y las legitimidades son bien diferentes en todos los casos, se produce un efecto de superposición y de acumulación que forma parte del problema. Con Irak y Palestina de fondo.

   VAYA POR delante que no contemplo concesión alguna para que al amparo de la libertad religiosa se produzcan o se alienten actividades que vulneran la ley o cuestionan nuestro sistema democrático en un contexto de construcción europea de valores laicos y republicanos. Y aunque tengamos el derecho y el deber de combatir el terrorismo sea cual sea su naturaleza, lo cierto es que, recientemente, organizaciones como SOS Racismo han alertado en su informe anual de que nunca había observado manifestaciones tan graves de islamofobia como tras el 11-M. Piden una reacción responsable a la sociedad civil, a los poderes públicos y a los medios de comunicación para evitar el auge del racismo y la xenofobia, e instan a los medios de comunicación a que dejen de utilizar la expresión terrorismo islámico y la cambien por la de terrorismo fundamentalista o terrorismo a secas, para no estigmatizar a los islamistas.

   La responsabilidad y la urgencia de actuar rápidamente por parte del Gobierno no deben hacernos olvidar la complejidad del fenómeno. La duda jurídica o la prudencia política, como advierten las asociaciones de juristas, son elementos a considerar frente a la simplificación. Y estamos a tiempo de rectificar. Es el estímulo y el reconocimiento de la comunidad musulmana a través de consejos de musulmanes elegidos democráticamente, como proponen organizaciones religiosas y laicas como la Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes en España (ATIME), los que mejor pueden hacer frente al incremento de las mezquitas-garaje donde se practican ideas extremistas, violentas y antidemocráticas.

   La propia comunidad musulmana debe velar por un culto basado en el respeto absoluto al Estado de derecho. Los musulmanes necesitan ayuda para deshacerse de los extremistas. Su éxito será de todos. Pero no creo que nos pidan más policías, fundamentalmente. Ni censores. Nos piden reconocimiento, apoyo, estímulo. En definitiva, política y programas de integración donde los propios musulmanes tengan un papel protagonista y responsable. Y todo ello encuadrado en una política de integración a través del ejercicio de la ciudadanía plena, que culmine con el derecho a votar en las elecciones municipales y autonómicas.

   AHORA QUE las leyes educativas del PP están siendo revisadas a fondo es el momento de favorecer la participación de representantes religiosos islámicos en la elaboración de los textos sobre la asignatura de historia de las religiones e impulsar el desarrollo de una asignatura sobre cultura árabe en España que recoja, desde una visión no religiosa, la importancia de esta cultura en la historia, técnica, filosofía, literatura y música de nuestro país. Si además dotamos a los cementerios municipales de espacio suficiente para que se realicen enterramientos bajo los ritos musulmanes para quien lo solicite, estaremos dando pasos muy sólidos para combatir el terrorismo fundamentalista de quien utiliza el nombre de Dios en vano. Y se quedarán sin coartadas ni caldos de cultivo.

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