Islamismo y democracia liberal, dos caras de distintas monedas

El ahora encarcelado y entonces flamante nuevo presidente egipcio, el islamista Mohamed Mursi, junto al general Al Sisi, actual presidente egipcio y líder del posterior golpe de Estado que derrocó al Gobierno de los Hermanos Musulmanes, en una imagen de octubre de 2012. REUTERS

El debate sobre la incompatibilidad entre islam y democracia resurge periódicamente en Oriente Próximo y en Occidente. Las experiencias más recientes indican que las elecciones libres conducen al islamismo. Para defender sus intereses, Estados Unidos y Europa han terminado por abrazar una política más realista y cercana a las autocracias.

Uno de los principales objetivos de la política exterior de Estados Unidos y Europa ha sido difundir y apoyar la democracia liberal por Oriente Próximo, lo que se ha tratado de conseguir pero con poco éxito, particularmente desde las llamadas primaveras árabes a partir de 2011.

Todos los intentos han fracasado hasta la fecha. Donde se han abierto las urnas y se han celebrado elecciones libres, la victoria ha sido para los islamistas. Se ha visto en Egipto y también en Túnez, dos países donde hace unos años se registraron revueltas populares contra las autocracias que los gobernaban desde tiempo inmemorial.

En los países árabes la democracia es un ideal abstracto que no tiene tradición local, al igual que ocurre con la doctrina liberal. Los árabes conocen la democracia por las noticias que les llegan de Europa y Estados Unidos, aunque en su mayor parte están convencidos de que democracia y liberalismo chocan con la concepción tradicional del islam, más arraigada y que la mayoría de los musulmanes ven como propia.

Dos profesores estadounidenses, John Mearsheimer y Stephan Walt, han escrito que el fracaso de las políticas proliberales de Estados Unidos en la región se debe a la “pobre comprensión” de las sociedades musulmanas, una circunstancia que ha conducido a lugares no deseados los intentos de exportar la democracia.

Lo ocurrido en Egipto y Túnez muestra que cuando se abren las urnas respetando la voluntad popular, la victoria es para los islamistas, y que los gobiernos islamistas suelen aplicar políticas que no agradan a Estados Unidos y Europa.

En el caso del presidente de los Hermanos Musulmanes Mohamed Mursi, ganador en las elecciones de 2012, unos comicios absolutamente limpios, Estados Unidos no vio con buenos ojos su acercamiento a Irán, país que Morsi visitó enseguida, ni su alejamiento de Israel, la potencia regional que numerosos musulmanes condenan por sus políticas de ocupación en los territorios palestinos.

La evolución posterior en los países donde hubo revueltas, y la situación en los demás países de la zona donde no las hubo, ha hecho que Estados Unidos y Europa, o al menos una parte de sus dirigentes, hayan tomado nota de lo ocurrido y hayan pasado a comportarse con más condescendencia con las dictaduras que respetan sus intereses geoestratégicos.

Europa en concreto es menos realista que Estados Unidos e inicialmente se mostró un poco más reacia a tratar con las dictaduras, pero esa posición ha dado paso a otra que ha colocado en un segundo plano principios liberales que hasta no hace mucho parecían inamovibles.

Estados Unidos ha tenido menos escrúpulos. Cuando el golpe de estado del general Abdel Fattah al Sisi en 2013, que depuso al presidente Morsi, el secretario de Estado John Kerry declaró que los militares egipcios estaban “restaurando la democracia”, lo que equivale a decir que estaban restaurando los intereses de Washington.

Puede afirmarse que en los últimos años se ha producido un retroceso de tres décadas. Es así si se tiene en cuenta lo que ocurrió en Argelia tras la victoria en las urnas del Frente Islámico de Salvación, cuando se vivió una situación de golpe de estado para cortar de raíz el inminente gobierno islamista, una amenaza con la que Occidente tuvo que lidiar poniéndose de lado de los no islamistas.

En el caso egipcio, es cierto que los islamistas aceptaron algunos elementos del liberalismo y la democracia, como la celebración de elecciones libres y la libertad de oposición, pero también es cierto que enseguida el presidente Mursi se atribuyó poderes absolutos para orillar los tribunales de justicia como si de otro autócrata se tratara.

Para que exista una democracia es preciso que se den ciertas circunstancias. Situaciones donde la religión o el nacionalismo son fuertes suelen acabar con los principios de la democracia aunque se celebren elecciones libres periódicamente. También es preferible una situación económica saludable, aunque esto no garantiza la democracia, como puede verse en Arabia Saudí, un país solvente económicamente, a diferencia de Egipto, pero donde no hay un régimen democrático.

En las circunstancias actuales lo más razonable es que Occidente mantenga una actitud realista y pragmática que pasa por no esperar que el mundo árabe abrace la democracia liberal de la noche a la mañana. Es preciso dar tiempo a esos países, máxime cuando se percibe que la misma democracia liberal está gravemente amenazada en Occidente por los populismos y los nacionalismos.

Además, está en la mano de Occidente ayudar a resolver algunos de los principales conflictos de Oriente Próximo, como son el caso de la ocupación israelí o la guerra de Yemen. Cuando los occidentales se lavan las manos con el caso palestino o venden armas a todo gas a países que luego las utilizan para destruir Yemen, es difícil que los ciudadanos árabes miren con respeto a Occidente en general y a la democracia liberal en particular.

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