Islam, por qué nos da miedo

Hace meses se produjo un hecho curioso en el barrio bruselense de Etterbeek donde vivo: algunos padres se dieron cuenta de que el típico «boudin», una salchicha de carne de cerdo tan belga como los mejillones, había desaparecido sin previo aviso del menú de las escuelas públicas.
 
La respuesta se encontró en el concejal encargado de las cantinas escolares, alguien que, gracias a las belgas tradiciones de tolerancia infinita, era un emigrante de origen marroquí que por razones religiosas había decidido por su cuenta que se eliminasen los alimentos «impuros» puesto que había niños musulmanes en las escuelas públicas. Al asunto se le dio carpetazo —un remedio muy belga—, pero hubo quien pensó que la idea del concejal no era mala del todo, puesto que los niños no musulmanes pueden comer sus deliciosas salchichas en casa (exquisitas con puré de manzana) y así en la escuela no habría problemas. En el otro extremo, hay una organización caritativa que los primeros viernes de cada mes se presenta en la Estación Central con una sopa a base de carne de cerdo y la distribuye a los indigentes, entre ellos musulmanes que se quedan mirando cómo los otros se relamen. Las salchichas, la polémica del velo, los horarios para mujeres en las piscinas públicas, la enseñanza religiosa, la construcción de mezquitas… cada día se alarga la lista de problemas que ponen a las sociedades democráticas en el dilema de optar entre la tolerancia, que es uno de sus principios fundamentales, o la imposición de esos mismos principios a las comunidades musulmanas.
 
Uno de los últimos en contribuir a este debate es el antiguo embajador israelí en Francia y profesor de Historia de Occidente, Élie Barnavi, con un libro que si bien se titula «Las religiones asesinas», en plural, para referirse sobre todo al islam, más concretamente a la incapacidad de esta religión para adaptarse a una sociedad laica y lo que él considera que ha de ser «una advertencia a la gente de que algo muy grave está en marcha en Europa y todo el mundo, y que debe ser detenido porque pone en peligro nuestro modo de vida y libertades».
 
Cuando se trata de abordar el terrorismo y cómo combatirlo, nos parece más fácil enmarcarlo. Es difícil entender a los suicidas, pero, al fin y al cabo, contra la violencia la defensa de la sociedad casi siempre es evidente. Pero Barnavi nos advierte de que los valores de la sociedad occidental están en peligro tanto por la actitud de muchos musulmanes, como por nuestra incapacidad para defenderlos: «El relativismo cultural no es malo en sí, puesto que permite que veamos al hombre detrás del extranjero, más que al extranjero tras el hombre, es decir, nos permite concebir a la humanidad. Pero, cuando esto ha conducido al relativismo moral, ha destruido los sistemas de defensa inmunitaria de la sociedad».
 
Cuando fui a ver a Barnavi a su despacho bruselense, estuve a punto de pensar si, por ser de origen judío, tampoco a él le gustaría el «boudin». Su respuesta es clara: «La laicidad no es un dogma, es un instrumento jurídico, cultural y social para permitir a las distintas religiones vivir juntas sin tirarse al cuello unas contra otras. Si flaqueamos en este concepto, entonces ya no hay límites y empiezas a tener clases segregadas, mujeres musulmanas que se niegan a ir a clase de gimnasia o de Biología, o de historia, porque no refleja la visión del Islam». Sin embargo, cuando hace un año tuve que entrevistar —en su gueto— al imán de la mezquita de Copenhague, Abu Laban, el que organizó el escándalo de las caricaturas de Mahoma, me di cuenta de que, cuando se les habla de laicidad, muchos musulmanes en Europa interpretan que nosotros hemos abandonado la religión, lo que les confirma en que la suya es la verdadera, y así a sus ojos se cumple la profecía de que el islam gobernará el mundo. El imán sólo quería saber si ese proceso había sido muy rápido en España. «No me molesta —dice Barnavi— que sigan creyendo que su religión es la verdadera… Lo único que les pido es que acepten que entran en una civilización en la que lo religioso se debe separar dentro de la esfera de lo público. Y no puede haber compromisos con esa regla».
 
Velos, libertades e hipócritas
No es fácil decir imposición en esta civilización occidental, hablando a la vez de libertades. He entrevistado varias veces a Tariq Ramadán, que pasa por ser un reformador del islam para hacerlo compatible con las reglas europeas, y siempre acaba diciendo: «De acuerdo, libertad individual, pero también para las mujeres que quieren llevar el velo». Este jueves me envió una carta condenando la sentencia somalí contra la profesora británica Gillian Gibbons porque sus alumnos bautizaron como Mahoma a un osito de peluche, o el castigo de la muchacha saudí ¡por haber sido violada! Dice Ramadán: «¡Vuelvan al islam, vuelvan a la Justicia, vuelvan a la razón!» «Ya conozco el discurso de Ramadán —responde Barnavi—. Es un discurso muy hipócrita, que se esconde tras las cortinas de la ejemplaridad para vender la mercancía de los Hermanos Musulmanes. Ramadán es eso. No se trata de prohibir a las mujeres llevar el pañuelo por la calle… Pero el velo que cubre el cabello es una cosa, y el nikab, que cubre completamente a la mujer excepto los ojos, es sencillamente una agresión al prójimo. Diez o doce mujeres cubiertas en las calles de Londres parece algo folclórico, son saudíes que vienen a comprar a Harrods y se van. Pero diez mil fantasmas negros por la calle… eso es insoportable para cualquier sociedad. Por eso digo que o lo hacemos nosotros, los demócratas, o un día lo harán los fascistas. De ello depende la supervivencia de nuestros valores».
 
Es fácil pensar que frente a las desigualdades que fomenta el multiculturalismo sólo sirve la defensa de la igualdad y de los derechos individuales. Pero, cada otoño. cuando empieza el curso, veo en la Universidad de Estambul las manifestaciones de las jóvenes musulmanas que reclaman su derecho individual a ir a clase con el velo, invocando los principios de no discriminación y las libertades universales. «Hablemos del velo —responde Barnavi—. La primera vez que el asunto salió a la luz en Francia, el socialista Jospin era ministro de Educación. Entonces no hizo lo que debía porque tenía miedo de las reacciones. Hubo que abordar el asunto diez años después, en una situación más desfavorable. Pero la experiencia prueba que se hizo sin grandes dificultades, y con el apoyo de la comunidad musulmana, sobre todo de las mujeres. Ahora ya no hay problemas de velo en las escuelas francesas. Cuando uno se muestra firme en la defensa de los principios democráticos, y cuando se asocia a la comunidad musulmana, todo sale bien. El problema es que en Europa siempre prefieren escoger como interlocutores a los más extremistas, que ciertamente no suelen ser representativos».
 
Puede pasar, y de hecho ha pasado en Francia, que para obtener el apoyo de los residentes musulmanes hay ayuntamientos originariamente laicos que han aceptado cosas como la segregación entre hombres y mujeres en las piscinas públicas. Es decir, hay muchos caminos en las democracias por los que pueden pasar sus enemigos. ¿Debemos ser tolerantes excepto con los intolerantes, como decía Karl Popper? Barnavi contesta: «Creo que Popper se inspiró en el revolucionario Saint-Just, que decía que no debe haber libertad para los enemigos de la libertad. Pero ya vemos cómo terminó aquello: todos a la guillotina. Es fácil ser tolerantes con los que son como nosotros, lo difícil es serlo con los diferentes, con los que no te gustan. El límite es cuando sentimos que se pone en peligro la supervivencia del cuerpo social. En ese momento debo levantarme y decir que no puedo aceptarlo».
 
No lo dice abiertamente, pero a través de sus palabras se desprende una acusación directa a la izquierda europea «cargada de complejos y de sentimientos de culpa» por haber abandonado la defensa de los valores de la sociedad liberal y laica. A la «Alianza de Civilizaciones» le dedica un capítulo que en la entrevista resumió tajante: «Es una impostura intelectual. No quiere decir nada, yo no me siento parte de una civilización distinta de los musulmanes que quieren integrarse en las sociedades libres, porque creo que hay sólo civilización y barbarie. ¿Con quién hablaría yo, quién hablaría en nombre de otra civilización? ¿De qué voy a hablar yo con el señor Ahmadineyad? ¿De cómo quiere borrar a Israel del mapa? Me parece una verborrea inepta que oculta el auténtico desafío que es cómo preservar nuestro modo de vida en una sociedad libre».
 
Claro que es imposible ignorar a los musulmanes que viven en Europa, «Ya hemos cometido muchos errores. Cuando era embajador en París, la primera visita que hice fue a Lille, y allí me recibió Martine Aubry (la alcaldesa socialista) y me habló de un barrio musulmán que se había convertido en una zona sin ley. Estaba gobernado por un imán integrista y nadie se atrevía a ir allí, ni la policía, ni la justicia, ni los bomberos. Cuando ella llegó a la alcaldía pensó que debía visitar ese barrio y, efectivamente, el imán y sus ayudantes la recibieron en la frontera con pan y sal, proclamando que se consideraban una unidad extraterritorial al margen de la comunidad urbana francesa. Le dije: ¿cómo lo acepta? Pero solo respondió: no lo acepto, me limito a vivir con ello. Eso es un gravísimo error».
 
Hace años, cuando era corresponsal de ABC en Marruecos le pedí a Abdelilah Benkirán, uno de los dirigentes integristas tolerados por Hassan II, que me explicase su definición de la democracia: «La democracia —me dijo— es un sistema muy útil para organizar colectividades a través de la representación. Pero si un día se hiciera en Marruecos un referéndum sobre el alcohol y el 99 por ciento de los votantes dijera que beber es legítimo, yo no lo aceptaría jamás, porque esa es una prohibición que establecida en el Corán de una vez y para siempre». En efecto, en el Siglo XV se determinó que los ulemas ya no podían seguir interpretando con criterios innovadores la doctrina religiosa islámica, se proclamó el principio de la inmutabilidad de los textos y prácticas musulmanas, lo que ha impedido cualquier adaptación a la modernidad. La Revolución Francesa, que significó la derrota del mandato divino a manos de la soberanía popular, fue recibida en Oriente Próximo como el primer acontecimiento que venía de Europa sin vínculos con la religión cristiana. Pero los musulmanes pronto descubrieron que el laicismo era aun más peligroso para sus intereses. Tras el paso de Napoleón —y sus ideas— por Egipto, el Gobierno del sultán de Estambul distribuyó panfletos en árabe y turco advirtiendo a sus súbditos de que «los franceses no creen en la Unidad del Señor de los Cielos y la tierra. Han abandonado todo tipo de religión. Pretenden que no existen ni la resurrección ni el juicio final ni examen de la vida pasada ni la retribución en el Mas Allá, ni preguntas, ni respuestas. Afirman que todos los hombres son iguales en su humanidad y en su condición de hombres y que cada uno es libre de organizar su vida. Y siguiendo estas ridículas creencias han erigido nuevos principios legalizando todo lo que Satán les ha inspirado».
 
Las cosas no han cambiado mucho, al menos desde el punto de vista teórico. En 1990, la Organización de la Conferencia Islámica aprobó la Declaración de El Cairo que constituye la interpretación musulmana de los Derechos Humanos: «El islam —se dice— es la religión de la naturaleza incorrupta. Está prohibido ejercer cualquier forma de coacción sobre las personas o aprovechar su pobreza o ignorancia para empujarlas a otra religión o al ateísmo». Desde el punto de vista doctrinal, el cristianismo —una religión de la que Barnavi dice que su principal misión ha sido convertir a las sociedades al laicismo— es muy complejo, con dogmas que no son fácilmente defendibles frente a argumentos más simplistas. Para mentalidades de muchas sociedades arcaicas, el laicismo es un pensamiento más sofisticado.
 
Sin complicaciones

«La baza positiva del islam es su escasa complejidad y su doctrina que, en algunos aspectos, resulta más racional y convincente. Es un hecho que tal sencillez constituye en la actualidad un motivo frecuente de conversión», dice el polémico teólogo católico alemán Hans Kung en su tratado sobre el Islam. El punto débil de la sociedad democrática, según Barnavi, «es que es frágil… Debería haber un culto a la libertad, que es el único valor global, como ellos cultivan los valores del extremismo religioso. Pero no tenemos esa resistencia. Y cuando se escucha el discurso de la izquierda, por diversas razones, siempre están a la defensiva e intentan comprender a los demás, cuando en realidad hay un momento en el que ya no hay que comprender nada, hay que pararlos».

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