Interrupción del embarazo

“¡Asesinos, asesinos!”, insultos que voceaban los miembros de las organizaciones ultracatólicas pro-vida (anti-derechos), cada vez que abandonaba el hotel alguno de los 600 expertos de más de 48 países en el IX Congreso Internacional de Aborto y Contracepción en Sevilla. Todavía subsiste el enfrentamiento del Vaticano con la ciencia: células madre, eutanasia, anticonceptivos, aborto. Es el eterno debate entre razón y fe, y por mucho que se teorice los hechos muestran que la interpretación de la fe choca con la razón.
La interrupción voluntaria del embarazo es una decisión personal dura pero que corresponde a la mujer en el ejercicio de su dignidad, autonomía moral y libertad individual. Esto (y no otra cosa) significa respetar su libertad de conciencia, su decisión de cuándo y cómo ser madre en el libre ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, poder planificar su maternidad y, en caso de que fracase, tener derecho a interrumpir su embarazo dentro de los plazos legales.
Los pro-vida ¿por qué se oponen a una educación sexual desde la enseñanza pública y privada concertada y al uso de anticonceptivos? En cambio tratan de imponer una determinada fe y moral al conjunto de la ciudadanía, con dogmas religiosos contra derechos de las mujeres y poder clerical sobre la sociedad, contra valores cívicos y laicos. Esto es lo que propone la sra. Gemma Ros en su carta, sermoneando a la mujer sobre las secuelas físicas y psicológicas que padecerá durante su vida, cuando sólo una minoría (1,4%) de mujeres padece consecuencias emocionales graves después del aborto.
Consideran -lo que les ocasiona un problema moral- persona al cigoto desde el momento de la concepción, a diferencia del concepto biológico de ser humano. Para salvar la situación manifiestan que el embrión (divisible en gemelos o fusión en quimera) o el feto (sin actividad cerebral con menos de 4 meses), es persona en potencia, incurriendo en la “falacia del continuum”, argumento absurdo como pretender que un huevo ya es una gallina, lo cual es un disparate. Un embrión no es una persona, como una semilla no es un árbol.

Dioscórides Ortuño Martínez, socio de Europa Laica

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