Integrismos, religiones y mujeres

Hace escasos días los talibanes han ejecutado con tres tiros en Afganistán a una mujer, de treinta y cinco años y embarazada, tras propinarle doscientos latigazos como castigo público de humillación. Bibi Sanubar era una mujer viuda que estaba embarazada de un hombre con el que mantenía relaciones. Simplemente ser humana, ése era su delito.

Amnistía Internacional lleva semanas recogiendo firmas para anular la sentencia a muerte de Sakineh Ashtianí, una mujer iraní condenada a morir lapidada tras un supuesto adulterio. Su abogado, un letrado especializado en la defensa de los Derechos Humanos, tras estar varios días en paradero desconocido, se encuentra actualmente en Oslo a la espera de que le sea concedida la protección que ha solicitado a las autoridades noruegas, porque en su país corre serio peligro.

No son, en absoluto, casos aislados. Son numerosas y recurrentes las muertes de mujeres, homosexuales y niños árabes a manos de integristas religiosos que pretenden cumplir los brutales preceptos del Corán, el libro «sagrado» de los musulmanes. Mujeres quemadas con ácidos por negarse a casamientos impuestos, o apedreadas hasta la muerte por ejercer su libertad afectiva o sexual, jóvenes mutiladas por querer escapar de los abusos de sus maridos forzosos, niñas obligadas a casarse con adultos y a depositar en ellos su integridad, niños hambrientos mutilados de pies o de manos por robar una fruta del mercado….

¿En qué mundo vivimos?, ¿hasta cuándo las «locuras» de los idearios religiosos, idearios que no se sostienen si no es con la inducción al fanatismo y a la falta de razón?, ¿hasta dónde puede llegar la maldad y la barbarie a las que inducen unas normas anacrónicas concebidas para someter a los pueblos? ¿Hasta qué disparate
contra la natura humana se puede llegar en nombre de supuestos dioses y sus supuestos mandatos que, alegando la búsqueda del supuesto bien de la humanidad, lo
que hacen es vulnerar toda postura ética y moral frente al mundo y a la vida?

Es indignante comprobar el gran abanico de crueldades que se pueden llegar a cometer en pos de una simple e indemostrable idea. Charles Chaplin decía que no creía en ningún dios por puro sentido común, y Voltaire decía que los dioses son siempre producto de la estupidez humana. Y la verdad es que cuesta creer lo contrario cuando se constata que, una y otra vez, las religiones y sus dogmas se dedican, de un modo u otro, a anular la libertad y la felicidad humana, a masacrar la razón y la moral natural de los hombres, a vulnerar de la manera más vil los derechos civiles y humanos que, paradójicamente, dicen hipócritamente defender.

Los ciudadanos demócratas, las mujeres occidentales (que ya hemos superado la opresión de dogmatismos misóginos y represores), las personas mínimamente
comprometidas con los Derechos Humanos no podemos cerrar los ojos ante este tipo de actuaciones que siguen ocurriendo impunemente en buena parte del mundo. Aunque sólo sea a título de compromiso moral, estamos obligados a solidarizarnos con estas mujeres, con estos seres humanos que siguen siendo víctimas en el siglo XXI, como Bibi Sanubar y Sakinéh Ashtianí, de la más repulsiva vulneración de algo que es realmente «sagrado», la libertad y la dignidad humana. Y no podemos porque, como decía Martín Luther King, es mucho más preocupante el silencio y la desidia de los buenos que el propio grito de los violentos.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

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