Infiernos de verdad

Con una viñeta reciente de Forges en 'El País' me he estado riendo un buen rato. La viñeta representa el “infierno”, en un contexto en el que el demonio, subido a un escenario, canta continua y machaconamente la canción del verano. A los atormentados penitentes les esperaba una eternidad, no achicharrándose entre llamas castigadoras, sino sufriendo la tortura de no dejar de escuchar, jamás de los jamases, las insufribles notas de las canciones con que a todos nos martillean, de manera insoportablemente repetitiva, casi todos los veranos.

Una metáfora comparativa divertida, ingeniosa y de sarcasmo quevediano para referirse a un concepto mucho menos divertido con el que a casi todos nos han asustado desde que tenemos uso de razón: el infierno, el terrible averno, las llamas eternas que pueden supuestamente estar quemándonos eternamente como castigo a los supuestos pecados cometidos (salvo confesión o pago dinerario de bula). Confieso que ya con pocos años pensaba que el infierno era una gran injusticia. Que pasarse la vida entera (bueno, la vida de la muerte entera) quemándose uno a unas temperaturas tan tremendas sólo por haber llegado un día tarde a la misa dominical, o por haber negado alguna pequeña trastada sólo para evitar algún castigo paterno, pues me parecía, la verdad, muy injusto y desproporcionado.

El caso es que el infierno ha sido secularmente el arma abstracta del cristianismo para someter a las personas al miedo y al terror del castigo divino, por más que los actuales líderes católicos no se ponen de acuerdo en cuanto a su existencia real o su simbolismo. Mientras que Juan Pablo II, en el verano de 1999 dijo que “el infierno no es un lugar, sino la situación del que se aparta de Dios”, Benedicto XVI, en una Exhortación Pastoral del 13 de marzo de 2007, proclamó que “el infierno existe y es eterno”, quizás llevado por la beligerante oposición de la jerarquía católica contra la tolerancia, el pluralismo y la laicidad crecientes en las sociedades democráticas, y contra la moral y la ética universales del humanismo secular, que, en base al progreso y al conocimiento de las sociedades occidentales, han desbancado a la moral teísta, rígida e intolerante de los credos religiosos.

Sea como fuere, estoy convencida de que muchos ciudadanos estamos de acuerdo con la primera afirmación del aserto del actual pontífice: el infierno sí existe. Pero mientras que las afirmaciones de los jerarcas religiosos no suelen ser razonadas, ni basadas en ninguna verdd demostrable, creo que una afirmación de tal calibre merece alguna argumentación y pruebas latentes.

No me imagino otro infierno mayor que el sufrido por los 12 millones de seres humanos que perecieron víctimas de la intolerancia fascista de la Alemania nazi, ni me imagino mayor infierno que el soportado por los “perdedores” de la guerra civil española, perseguidos física, social, laboral y personalmente durante cuarenta años de dictadura franquista; ni me imagino mayor infierno que el genocidio sufrido por el pueblo “tutsi” en Ruanda, víctima, igualmente de la sinrazón y el fanatismo.

Tampoco me puedo imaginar peor infierno que el que vivieron las víctimas del genocidio de la antigua Yugoslavia, en el que, por motivos de “limpieza étnica” se torturaron y asesinaron miles de personas en los años noventa, ni el que se vivió en la invasión de Irak, donde, por intereses de EEUU y con el apoyo de una corte de vasallos, murieron cerca de un millón de seres humanos. Ni puedo concebir mayor infierno que el sufrido por los millones de víctimas que durante siglos fueron torturados y asesinados por la Santa Inquisición , ni puedo evocar peor infierno que el que están sufriendo en la actualidad las decenas de miles de personas que están muriendo por hambruna en Somalia.

Me cuesta horrores concebir el infierno que sufren miles de madres en muchas partes del mundo que ven morir a sus pequeños, no por haberse alejado de Dios, sino por falta de comida y de agua, mientras son conscientes de que en otras partes del mundo algunos ámbitos se ufanan en atesorar impúdicamente poder y riqueza. Debe ser también un infierno considerable la situación de miles de familias que se ven impotentes para salir adelante, acuciadas por la falta de recursos y la usura de la banca.

Efectivamente, creo que el infierno existe realmente, o mejor, muchos infiernos, que no son de otro mundo, sino de éste. Lo que quiero poner en duda es que estos infiernos sean eternos. Quizás acaben algún día cuando la razón y la decencia, la verdadera moral, la tolerancia, la fraternidad y la solidaridad entre los pueblos y las personas lleguen a impregnar felizmente el corazón de la humanidad.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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