Inermes

Ay Señor «empecemos lo más piadosamente posible». Ay Señor, Señor. Miren que cada año lo intento, no escribir sobre la Semana Santa y sus ocho mil procesiones.

Me digo que no debo ser como aquel columnista que, con tanta gracia, nos relata cada primavera el Derby de Epson, o menos aún como aquel otro que, con cursilería, arremete cada mayo contra las corridas de toros, hasta el punto de que ya se aguardan los artículos consabidos de ambos. En mi caso, además, tras quejarme del Santo Abuso, recibo siempre una pila de cartas llenas de insultos feroces y nada cristianos (en la teoría, claro), a menudo firmadas por notarios, abogados y jueces coléricos que, curiosamente, recurren todos a la bajeza de recordarme la conocida religiosidad de mi señor padre, como si los vástagos hubiéramos de seguir las creencias de nuestros progenitores y no hacerlo nos convirtiera en hijos indignos. La destemplanza de esos corresponsales –la ira– a su vez me lleva a preocuparme mucho por la equidad y la salud mental de nuestra justicia, y acabo el trayecto más deprimido que al iniciarlo.

Pero no hay modo. Por firmes que sean mis propósitos de callar cada año, se produce algún encontronazo personal que me lo impide. Algún exceso o intolerancia o actitud ofensiva que inevitablemente me retrotrae al franquismo, cuando España no era aconfesional y la observancia de la Semana Católica era obligatoria para creyentes e incrédulos. Por sabido que esto parezca, ya no lo es tanto, sobre todo para los jóvenes, a los que no está de más informar de que durante los días “santos” estaba prohibido oír música que no fuera religiosa o por lo menos “seria”, ver películas no relacionadas con el cristianismo y hasta cantar y reírse (bailar no digamos), todo ello a la ciudadanía en pleno, tuviera fe o ausencia de ella.

Así que volvía yo el jueves católico precisamente de visitar a mi padre. El taxi hubo de dejarme bastante lejos de mi destino, cortado al tráfico como estaba todo el centro. Caminé un buen rato en dirección a mi casa, hasta que me topé con filas prietas en la acera de una calle que yo debía cruzar por fuerza para alcanzar mi portal y ponerme a salvo. La procesión aún no había empezado, luego tampoco habría, como me sucedió hace dos años, de mezclarme con los ku-klux-klanes ni caminar junto a ellos momentáneamente. Con enorme dificultad y buenas maneras me fui abriendo paso, quería llegar a la calzada y atravesarla de tres zancadas, no habría entorpecido nada. Pero cuanto más me acercaba a esa calzada, mayor resistencia gratuita había por parte de los católicos firmes. “Me permite, por favor”, repetía yo, “es que vivo al otro lado y he de cruzar la calle”. Los malos modos los empezó una señora: “Yo no me muevo”, dijo, “y además aquí delante hay una valla”. Se trataba sólo de encogerse un segundo para que yo pasara de perfil. “Si me permite alcanzarla”, contesté, “ya me encargaré yo de la valla”. “Pasará usted por encima de mí”, me soltó ya muy borde, al menos no recurrió a la fórmula “por encima de mi cadáver”. “Pruebe por otro sitio”, añadió. Medio aplastado, fui probando: siempre la misma actitud antipática, incívica, intransigente. Hasta que, tras explicar por enésima vez: “Me permite, vivo al otro lado y …”, varios beatos y beatas me riñeron con encono: “Pues si vive ahí, a quién se le ocurre volver a esta hora”. Y ahí ya no pude contenerme, aunque sí moderarme. “Miren, yo vuelvo a mi casa cuando puedo y cuando quiero”, les respondí. “Sólo falta que me fijen ustedes mi horario”. Reconozco que me cabreé, estaba alucinado. Me acordé de Peter Ustinov de pronto, lamenté brevemente lo difícil que está conseguir leones. En seguida, con todo, aparté de mí estos pensamientos impíos, los sustituí por otros más racionales: “Esta gente”, me dije, “no sólo pretende que todos estemos al tanto de sus ritos y sepamos a qué hora y por dónde transcurren, sino que, una vez sabido, exigen que cambiemos nuestras costumbres por ello o no salgamos de casa. Ellos toman las calles durante ocho largos días seguidos, lo cual ya es un abuso increíble que a ningún otro colectivo se le consentiría; las ocupan durante horas y horas (a paso de procesión, dice la lengua), nos obligan a contemplar a montones de siniestros encapuchados, a perturbados que se azotan la desnuda espalda o se hacen clavar alfileres en ella hasta que les brota la sangre (la Iglesia condena el suicidio, pero, muy coherente, alienta estos atentados contra uno mismo), nos atruenan los oídos con brutales tambores y trompeteos tenebrosos (en la famosa Calanda se tiran veintiséis horas dándole al bombo: veintiséis sin descanso, oigan) … y aún pretenden que los demás nos rijamos según su desmesura y su abuso”. Es todo muy preocupante. Y encima, mientras, en la prensa, los mismos columnistas que se han indignado por la retirada de la estatua de Franco, se quejan de “cruzadas laicistas” contra la Iglesia. Lo peor es comprobar lo bolonios que son al acuñar tal expresión, mezclando cosas imposibles. Precisamente los laicos no podemos hacer nunca “cruzadas”, porque ni llevamos cruz ni a nadie damos con ella ni imponemos jamás nada. De hecho llevamos las manos vacías, es decir, vamos inermes.

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