Iglesias, Estado y sociedad civil: el tema de la laicidad en el Perú

En este seminario hemos tenido, por un lado, presentaciones teóricas que han mostrado el tema de la laicidad desde la sociología y desde la filosofía, y por otro, ponencias que han presentado el fenómeno de la laicidad en sociedades concretas, mirando a las relaciones entre iglesia y Estado, y a las construcciones de espacios, diferenciados o no, entre ellos.

Yo entraré desde el marco de las relaciones entre Iglesias, Estado y sociedad civil para acercarme al tema de la laicidad en el Perú, poniendo el acento en el tema específico de nuestro seminario, que es repensar la religión entre lo público y lo privado en el siglo XXI. Analizaré el fenómeno en el Perú, porque es bastante diferente a los casos que hemos tratado en torno al Río de la Plata y en Europa, Francia, Italia y el País Vasco. Y luego haré una reflexión sobre el marco teórico.

Hay una aparente irrelevancia del tema del laicismo en la mayor parte de la historia republicana del Perú. Ello hasta el siglo XXI, en que se discute acaloradamente el tema a propósito de la reforma constitucional propuesta en el 2002, en la cual un congresista de izquierda propuso un Estado laico.

Cuando en 1821, año de la independencia, culminó la guerra entre españoles americanos y españoles peninsulares, con batallas finales más latinoamericanas que peruanas, alrededor de la mitad del clero diocesano decidió participar, como parte de la sociedad civil criolla en formación que estaba en condiciones de pensar en la creación de una nueva república, soberana e independiente. La otra mitad del clero diocesano no participó y se fue a España, junto a la mayoría de los religiosos, abandonando propiedades y parroquias. De los siete obispos, solo uno, el de Arequipa, se quedó en el Perú por razones pastorales, para no abandonar a sus fieles. El resto abandonó el nuevo país junto los españoles peninsulares.

La mitad de los miembros del primer Congreso peruano eran sacerdotes, y también fue elegido para presidirlo un sacerdote, Toribio Rodríguez de Mendoza, quien juró el cargo para renunciar inmediatamente y dejar el lugar a un laico.

El clero secular estudiaba en la universidad sus años de filosofía y recién después se dividían las carreras hacia las leyes o hacia la teología. Compartían una formación y un lenguaje que los hacía parte de la sociedad civil. En su libro sobre Rodríguez de Mendoza, el filósofo peruano Noé Zevallos, muestra que este sacerdote fue entendiendo la noción de soberanía como una cualidad que pertenece al pueblo y no al monarca, y cómo fue disociando la idea del monarca como jefe de la iglesia, de la de jefe político, para justificar la rebelión política, distinguiéndola de la fidelidad eclesial. Como miembro de la Iglesia prefirió no presidir el Congreso, que sí aceptó presidir como ciudadano de la nueva república. Diferenciación y quizá laicismo practicado más que debatido, aunque hoy se está mirando la historia nuevamente y quizá hubo debates que no hemos analizado suficientemente.

Ganada la independencia, se solicitó a la Santa Sede el derecho de patronato republicano, el que no fue concedido tan fácilmente. Tomó más de cincuenta años obtenerlo y, mientras tanto, funcionaba un patronato de facto, ejercido por el gobierno, que proponía obispos, parroquias, etcétera. La Santa Sede aceptaba y confirmaba, aunque decía que decidía y solo tomaba como sugerencia las propuestas del Perú. En 1874, la Santa Sede concedió el patronato, que fue suscrito por el Perú en 1880, bajo el gobierno de Piérola.

Esta historia viene al caso para explicar que en la creación del Estado peruano el tema religioso no dividió a los fundadores. Era más importante afirmar el dominio del nuevo Estado sobre un territorio y una población que hasta entonces habían sido dominados por la monarquía española. Para ello, el proyecto de construcción de una sociedad civil desde el Estado era una prioridad evidente. El debate entre liberales y conservadores incluía el tema de las libertades individuales, de la propiedad privada, de las grandes masas indígenas, que vivían en comunidades y pueblos, y tenían propiedades comunales protegidas por leyes del Virreinato.

El tema religioso, siendo importante, tiene un lugar secundario en la discusión identitaria en el Perú. No es un clivaje que marca la distinción entre liberales y conservadores, como sí lo fue en otros países.

Hacia finales del siglo XIX, la Iglesia Católica logró recomponerse en el territorio, porque regresaron las congregaciones y se ordenó clero peruano. Se dice que a finales del siglo, después de la guerra con Chile, la mayoría del clero era peruano y había una iglesia fuerte.

A comienzos del siglo XX el sur andino, que es una zona de haciendas ganaderas y una ruta comercial hacia Buenos Aires, tenía una iglesia conservadora, que hacía intentos frustrados de formar un partido católico, periódicos católicos, y que se resistía —con apoyo del Estado, del que formaba parte— a la entrada de predicadores protestantes difusores de la Biblia, sobre todo a los adventistas, invitados a Puno por Manuel Zúñiga Camacho para abrir escuelas para los indígenas.

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Catalina Romero

Socióloga. Ph. D. Decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Dirige el Seminario Interdisciplinario de Estudios de Religión (SIER), en la misma universidad. Es miembro del Instituto Bartolomé de Las Casas. 

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