Hormiguitas de la oración capitalista

A las hermanas del convento de Santa Lucía de Zaragoza alguien, en un arranque de justicia popular, les robó millón y medio de euros. Según las monjitas, el dinero, todo juntito y en billetes de 500, estaba envuelto en plásticos y guardado en la estantería de uno de esos toscos muebles de madera que siempre aparecen en las películas de frailes y monjas. El robo se llevó a cabo durante la primera misa del domingo, cuando las hermanas rezaban por el bien de los pobres y la paz del mundo. Y como los billetes exhalaban un tufillo de pecado fiscal poco espiritual y muy material, una de las religiosas declaró que el dinero escondido pertenecía a los «ahorrillos» de la comunidad, conseguidos durante cuarenta años con la restauración de libros y los ingresos extra que les proporciona Isabel Guerra, la hermana pintora, cuya obra hiperrealista se cotiza a un alto precio en el mercado del arte. No cabe duda de que la vida monacal no está en crisis y da mucho de sí económicamente y que la regla cisterciense es prehistoria religiosa para estas hermanas, hormiguitas de la oración capitalista, fieles discípulas de la picaresca empresarial y rehenes de la oscura pasión que despierta Don Dinero. Sin embargo, hay que reconocer que, aunque su moral y su solidaridad anden por los suelos, las monjitas son listas. Han demostrado que no se fían de los embustes terrenales de la Banca y han guardado sus ahorrillos, ya sean limpios o pecaminosos, en la alacena, junto al dulce de calabaza, que no da intereses pero, como cantaba Carlos Cano, da gloria bendita… esta vez para único deleite de las hermanas. 

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