Hong Kong contra Pekín. Las tribulaciones de la educación cívica

Las protestas en Hong Kong contra una educación cívica que ensalza al partido comunista han obligado al gobierno a dar marcha atrás. En Francia se plantea una nueva reforma para que en la escuela se enseñe una «moral laica» sobre la que no hay

COMENTARIO: La escuela laica es contraria a todo tipo de adoctrinamiento religioso, político, moral, ideológico,… Otra cosa es que la escuela de una formación cívica, se enseñen los derechos humanos, la organización política y jurídica del país, los valores democráticos y republicanos. Al igual que se informa de las distintas corrientes religiosas, filosóficas,… Pero la neutralidad del Estado le impide enseñar una moral particular.


Muchos gobiernos no renuncian a introducir en los planes de estudio asignaturas para fomentar el civismo, a modo de ética secular. Los últimos debates se están produciendo en Hong Kong y Francia.

Son conocidas las críticas contra las imposiciones de Pekín por parte de los habitantes de la antigua colonia británica, que tiene un estatuto especial dentro de China. Las últimas manifestaciones populares se han producido para protestar contra la introducción de cursos de "educación moral y nacional". Los cursos están inspirados en un manual titulado El modelo chino, una especie de panegírico del Partido Comunista, presentado como "progresista, altruista y solidario", que ignora asuntos espinosos, como la brutal represión de Tiananmen en 1989.

La mayor parte de los habitantes de Hong Kong se sienten chinos y no ocultan su patriotismo. Pero ese orgullo nacional no incluye necesariamente la adhesión al partido único, ni la aceptación de lo que consideran un “lavado de cerebro”.

La resistencia ha llevado a organizar manifestaciones como la del pasado día 8, que reunió a unas 100.000 personas según los organizadores, cifra reducida a 27.000, según la policía. En cualquier caso, las protestas han sido suficientes para que el gobernador Leung Chun-ying –hombre de Pekín– haya dado marcha atrás, al menos en el calendario para introducir la asignatura.

Estaba previsto que las escuelas la fueran introduciendo progresivamente, con una fecha tope en 2015. Para aplacar la resistencia, Leung ha decidido retirar ese plazo, de modo que cada escuela pueda decidir cuándo comienza a enseñar la asignatura, un compromiso que puede dar tiempo para que los aliados de Pekín presionen a los directores de colegios que no quieren enseñarla.

Pero muchos de los que protestan lo que piden no es que se amplíe el plazo sino que se retire el plan de “educación moral y nacional”.

En el curso recién inaugurado, sólo seis escuelas primarias han decidido incluir los cursos patrióticos en sus programas. Pero en una de ellas los alumnos han distribuido bandas negras para llevar como signo de oposición. Lo promueve un movimiento estudiantil –“Scholarism”– nacido en torno a esta causa, que está protagonizando huelgas de hambre y amplias concentraciones frente a edificios oficiales.

La moral laica en las escuelas francesas

Por su parte, el ministro de educación francés Vincent Peillon informó hace unos días en Le Journal du Dimanche, de su proyecto de introducir en las escuelas la enseñanza de una “moral laica”. El plan responde a la necesidad de formar buenos ciudadanos: el Estado tendría la obligación de enseñar a los jóvenes lo que es justo y lo que es injusto, desde la perspectiva de una ética “fundada en la humanidad y la razón”.

En la escuela se adquiere, a juicio del ministro, la "capacidad de razonar, de criticar, de dudar”, pero los alumnos deben aprender también que "algunos valores son más importantes que otros: el conocimiento, la abnegación, la solidaridad, en vez del dinero, la competencia o el egoísmo". No sería suficiente conocer las reglas y tradiciones jurídicas que sustentan la democracia; hace falta adquirir una “moral exigente” que aborde las grandes cuestiones sobre el sentido de la existencia, sobre la relación con los demás, sobre lo que configura “una vida feliz o una vida buena”.

Si esos problemas no se plantean, se discuten y se aprenden en la escuela –afirma dialécticamente el ministro–, se dejaría a la joven generación inerme ante las fuerzas mercantiles o los fundamentalismos de todo tipo: “si la República no dice cuáles son los vicios y las virtudes, el bien y el mal, lo justo y lo injusto, otros lo harán en su lugar".

La dificultad está en cómo compaginar ese objetivo con la reafirmada laicidad del Estado. No parece que sea misión de éste orientar las conciencias: porque ahí radica el núcleo de toda ética, al menos desde Aristóteles. Como señala el profesor italiano Carlo Cardia, no sin cierta ironía, sorprende “esta primera, tardía y quizá inesperada derrota del pensamiento relativista en la patria del racionalismo”.

A la vez, expresa un temor lógico de que se difunda desde las nuevas cátedras una visión burocrática de la ciudadanía, que confunda contenidos de las leyes positivas con principios éticos, y lo decidido por los legisladores se convierta en algo justo por definición: “una sacralización de lo contingente, lo contrario de un discurso moral que requiere compromiso, pasión, inspiración espiritual” (Avvenire, 5-9-2012).

Las reticencias a que el Estado imparta una ética oficial han venido desde diversos flancos y siembran la duda de si realmente es posible hoy un consenso. El pensador católico Bertrand Vergely celebra que la escuela incorpore una enseñanza ética, pero se plantea si esta tarea puede ser implantada por los socialistas “que en los últimos 40 años se han dedicado a destruir el sentido y el significado de la moralidad”. En el flanco contrario, el alcalde de París, Bertrand Delanöe, socialista y homosexual, comparte tambièn la inquietud de que el Estado se meta a proporcionar una enseñanza moral válida para todos.

Por el momento, como escribe Robert Zaretsky en International Herald Tribune (6-09-12), “el disenso y las dudas sobre la defensa de una moral secular por Peillon son los únicos rasgos que parecen universales”.

La diferencia entre instrucción y educación

En realidad, como escribe Denis Peiron en La Croix (2-9-2012), los programas actuales se ocupan ya de estos temas. En primaria, la instrucción cívica y moral conduce a los alumnos “a reflexionar sobre los problemas concretos planteados en la vida del escolar y a tomar conciencia, por sí mismos, de los fundamentos de la moral: los lazos entre libertad personal y exigencias de la vida social, la responsabilidad de sus actos o de su comportamiento, el respeto de los valores compartidos, la importancia de la politesse y el respeto de los demás".

Cita a Liliane Maury, autora de un libro sobre enseñanza de la moral, que rechaza adjetivos, porque “sólo existe una moral”. No ignora que la expresión fue empleada por Émile Durkheim al comienzo del siglo XX. Pero subraya que Jules Ferry, el gran inspirador de la escuela republicana neutra, prefería hablar de una “enseñanza laica de la moral". En fin, según el filósofo

Henri Pena-Ruiz, “el Estado no tiene que profesar una moral religiosa, ni tampoco una moral atea. En el fondo, hay que preguntarse si su neutralidad no le prohíbe difundir moral alguna".

Le Monde (3-9-2012) presenta un breve recorrido histórico, con el expresivo título “1882-2012: el eterno retorno de la moral a la escuela”. La instauró la III República, se suprimió en 1968 y se restableció a mitad de los años ochenta en el ministerio de Jean-Pierre Chevènement, socialista. La redefinió en 1995 el centrista François Bayrou. Se amplió en 1999 con Claude Allègre y Ségolène Royal. Xavier Darcos cambió el nombre en 2008: instrucción cívica y moral… Pero, a juicio de Denis Peiron, los diferentes intentos apenas han dado frutos, sobre todo, porque muchos profesores “consideran que su misión es instruir, transmitir conocimientos, y no educar en el sentido amplio del término”.

Al cabo, la sociedad puede echar de menos el “suplemento de alma” bergsoniano. Pero sería trágico esperar recibirlo del Estado. Además, como señalaba Alain Touraine en la inauguración de un Congreso Mundial de Sociología, celebrado en Madrid en 1990, el debate de progreso contra tradición –nacido en el siglo de las Luces– celaba en el fondo la lucha del iluminismo contra la religión. Al clausurar esa asamblea, declaraba a la prensa que “cuando se habla de la sociedad del siglo XXI, el primer problema es saber si tendremos sociedad o si tendremos solamente individuos y ’establishment’”.

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