Homofobia en el nombre de Jehová

Cuatro extestigos de Jehová relatan el acoso de la organización religiosa por su condición sexual

La confesión considera que la homosexualidad es una enfermedad y expulsa a quienes la ejercen

La puerta del piso se abrió de golpe y el hombre se abalanzó por las escaleras en busca del aire de la calle. Con los bolsillos vacíos, abandonó a su familia y echó a correr sin mirar atrás hasta que se lo tragó la noche de Barcelona. Así empezó a salir de los Testigos de Jehová uno de los cuatro gais que han relatado a EL PERIÓDICO cómo la homofobia opresiva que esconde esta confesión religiosa -que cuenta con más de 100.000 devotos en España y más de 8 millones en todo el mundo- les obligó a traicionarse a sí mismos durante muchos años. Son cuatro extestigos que se han atrevido a hablar después de que Miguel García, que ha denunciado ante los Mossos el acoso y la justicia paralela de la confesión, rompiera el hielo en este diario.

Antes de cumplir los 20 años, Jordi (nombre ficticio) se enfrentó a tres comités judiciales de su congregación creados para juzgarle por haber mantenido relaciones homosexuales. Superó los dos primeros arrepintiéndose de sus actos y comprometiéndose a no recaer. En el tercero, los tres ancianos que lo juzgaban lo dieron por perdido y fue expulsado. «Era yo quien confesaba aquellos encuentros, porque me sentía muy mal», aclara. Hizo penitencia durante dos años. Se sentaba junto a su familia en la última fila del salón del reino de su congregación. «Yo quería ‘ser bueno’ y mis padres confiaron en que me redimiría». Consiguió ser readmitido al término de ese periodo de prueba. Se buscó una mujer, se casó y se esforzó en ser lo que se esperaba de él: un devoto heterosexual que formaba una familia con una mujer bautizada por los Testigos de Jehová. Hasta que no pudo soportarlo más. Jordi es el que salió corriendo de casa por la noche para huir de una vida impostada.

Nadie sale de los Testigos de Jehová despidiéndose con un apretón de manos de los que hasta entonces han sido sus ‘hermanos’. Abandonar «la verdad» y adentrarse en «el mundo» -usando los términos a través de los que ellos distinguen lo que hay dentro y fuera de su burbuja espiritual- es casi un naufragio personal. Aunque hayan salido voluntariamente, su expulsión implica que su familia y sus amigos -todo lo que tienen- les den la espalda. También supone asumir el peor de sus temores: los testigos afirman que el Armagedón (el fin del mundo) es algo que se avecina y que solo aquellos que han sido bautizados en su fe serán rescatados y trasladados al paraíso.

PARA LOS GAIS NO HAY PARAÍSO

Fuentes de los Testigos Cristianos de Jehová en Catalunya aseguran que los suyos no sienten «fobia por nadie». Sin embargo, asemejan la gravedad de ser gay a la de ser un ladrón, y admiten que hay miembros que han sido expulsados por mantener relaciones homosexuales. Esta confesión interpreta la Biblia de un modo literal y, sobre la homosexualidad, el texto sagrado de la Iglesia católica dice esto, en Corintios, capítulo 6 versículo 9: «¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales (…) heredarán el reino de Dios».

Albert, otro extestigo gay de Barcelona que reclama un nombre falso para no añadir dolor a sus padres, subraya que esta confesión elige con cuidado las palabras que utiliza. «Nunca dirán que son homófobos, pero lo son«. El grado de manipulación que sufren los devotos logró que él «renunciara por completo» a ejercer su sexualidad tras admitir que no le gustaban las mujeres. «Me olvidé de toda mi existencia por Dios», explica. «Lo lograron a través de laculpa, porque me hicieron sentir como un pecador; del miedo, en primer lugar a perder a mi familia, y de mantener baja mi autoestima«. Al abandonar la comunidad, con más de 40 años, se sentía «morir». Han pasado más de dos años. ¿Cómo está? «Sigo arrancándome trozos de piel casi a diario, formas de pensar quecreía que eran mías y seguían perteneciendo a toda la coerción que ejercieron sobre mí», explica.

Consideran la homosexualidad una «enfermedad» y creen que pueden «curarla». En el Reino Unido, durante las reuniones regionales que celebraban una o dos veces cada año, en las charlas hablaban constantemente de la homosexualidad, explica Paul Marshall, un hombre de 50 años que perteneció a una congregación de Testigos en Hastings (sur de Inglaterrra).

Sarah, una mujer transexual que en 1979 nació siendo hombre en Brasil, intentó como Jordi, Albert y Paul ser quien se esperaba de ella. Recibió palizas e insultos en la escuela por afeminado y en casa, tras ser expulsado de su congregación, su padre y su hermana dejaron de querer sentarse a la misma mesa que ella. Durante su comité judicial, se sinceró con los ancianos y les confesó que sabía que lo que tenía que hacer era sentir atracción por las mujeres pero que «no lo conseguía«. El fallo fue echarla por «inmoralidad sexual», una sentencia que leyeron públicamente dentro del salón del reino de Jaboatao, Recife (Brasil).

Cuatro historias que se unen a la de Miguel García para denunciar la persecución que sufren los gais de este credo.


Paul Marshall, extestigo de Jehová: «Les preocupan más los gais que los pederastas»

La madre de Paul Marshall limpiaba los platos cuando él, con 9 años, le preguntó qué era un “homosexual”. Quiso saberlo porque acudía con ella a las concentraciones regionales de los Testigos de Jehová que se celebraban en el sur de Inglaterra y allí se hablaba mucho de esta opción sexual. Su madre le respondió: “Son gente muy enferma, aléjate de ellos”. Al poco tiempo Paul se cruzó en la calle con un hombre que iba en silla de ruedas y creyó que acababa de ver a un gay por primera vez.

-¿Cuándo resolvió el malentendido? Más adelante mis amigos me aclararon que ser homosexual significaba que te gustaban los chicos.

-¿Le gustaban? Siempre había sentido atracción por algunos chicos de la clase. Nunca por las chicas. Todavía no era nada sexual, sencillamente unos me gustaban y las otras no. Pero no tuve valor para aceptarlo. Me casé a los 17 años con una mujer bautizada por la congregación.

-¿Funcionó? A mi manera la quería. Incluso tuvimos un hijo. Pero no era feliz. Sin ser auténtico terminé por deprimirme y, al final, tras cuatro años de matrimonio, tuve que decirle la verdad a mi mujer.

-¿Fue duro? Fue una conversación horrible. La mantuvimos por teléfono. Le dije: “Creo que soy gay”. Ella no respondió y me solté del todo: “No, la verdad es que sé que soy gay”.

¿Cómo reaccionó la congregación? Hubo un juicio y uno de los ancianos me avisó de que el último hombre al que le había oído decir algo así se había terminado volando los sesos con una pistola. No creo que lo dijera para darme ideas sino para que avisarme de que, según su punto de vista, me estaba condenando.

-¿Se sintió liberado finalmente? No fue tan sencillo. Al principio me pareció que estaba acabado. Me sentía asustado, angustiado ante la posibilidad de que fuera cierto que me había poseído el demonio. Necesitaba reconstruir completamente mi manera de relacionarme con el mundo.

-¿Seguía creyendo en lo mismo? Al principio claro que sí. Saltar de la congregación implicaba también aceptar la posibilidad de que me quedara fuera del paraíso al morir. Eso fue lo peor, aprender a vivir con eso.

-¿Cuánto tiempo le llevó? Mucho. Al principio elegí hacer todo lo contrario de lo que había hecho hasta entonces: mucho sexo y mucha droga. Tampoco estaba bien. Poco a poco me fui serenando, pero es difícil olvidar las cosas en las que te enseñaron a creer. Cuando se hundieron las Torres Gemelas en el 2001, recuerdo perfectamente que tuve miedo de que estuviera llegando el Armagedón.

-¿Los Testigos de Jehová son abiertamente homófobos? Sus actos demuestran que lo son, porque excluyen a los jhomosexuales. Aunque públicamente son capaces incluso de negarlo. Están obsesionados con la homosexualidad. Ahora me doy cuenta de que les preocupan mucho más los gais que la pederastas.

-Cuesta de creer… Conozco casos de pederastas que han sido escondidos por la organización. Y sé que la pederastia es un grave problema para ellos. También que lo es porque hay muchos gais que se comportan miserablemente a causa de la represión.

-¿Qué les diría a los homosexuales que siguen disimulando su orientación para formar parte de este credo? Que cualquier fundamentalismo impide que se escuchen a sí mismos y eso es lo más peligroso. Que se olviden de todo lo que la organización les ha dicho que es malo y que lo comprueben personalmente, porque al hacerlo hallarán las respuestas que están buscando. Que no tengan miedo, que hay un mundo lleno de luz y de amor fuera, que no existe el negro final con el que los amenazan para que no sigan a su corazón.


Sarah, transexual: «Los Testigos han prohibido a mi madre que viva conmigo»

Sarah, una transexual que, siendo todavía un hombre, fue expulsada en el año 2000 por una congregación brasileña de los Testigos de Jehová tras admitir que sentía atracción por los hombres, ha presentado en Salamanca la segunda denuncia por acoso contra esta organización religiosa, tras la que presentó Miguel García, según ha podido saber este diario. En una declaración en la comisaría de la Guardia Civil, pide la intervención de la justicia española para recuperar el dinero que mandó a su familia de Brasil después de 8 años trabajando de prostituta en Italia y España.

Entró en una red de prostitución internacional que la llevó hasta Italia para pagarse el cambio de sexo. Hace cuatro años, aterrizó en España. Durante este periodo, en situación irregular, envió todo el dinero que ahorró a su madre. El plan era comprar una casa en la que vivirían juntas. Su madre había sido expulsada de la misma congregación que ella. La primera por adulterio en 1997 y la segunda por inmoralidad, en el 2000. Sarah contactó con su madre desde Europa, reanudaron su relación y puso la casa a nombre de la progenitora.

READMISIÓN DE LA MADRE

Los problemas han llegado después de que su madre fuerareadmitida dentro de la congregación. Sarah, que ya fue repudiada por su padre cuando la echaron del credo, se asustó al saber de su reingreso porque se temía que los Testigos cortarían el vínculo regenerado.

“Noté cómo cada vez tardaba más en contestar mis mensajes”, explica. Sus peores temores se confirmaron. Pronto le dijo que “no debían convivir juntas”. Dejó de llamarla Sarah y volvió a utilizar su “nombre de varón” para referirse a ella. La hija le mandó publicaciones que normalizaban la transexualidad, pero la madre nunca aceptó leerlas. Sarah, desesperada, contactó con la congregación para pedir que levantaran a su madre la prohibición de relacionarse con ella. También la han ignorado. “He perdido a mi familia, pero al menos me gustaría recuperar el dinero que me he ganado con la prostitución”, implora.

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