Homilía atea

A propósito de la obra de Leo Bassi «La revelación»

Sé de varias personas, además de mí, que el pasado jueves, día 14, acudimos con más de un prejuicio en contra a presenciar la función de Leo Bassi, 'La Revelación', con la que se dio por concluida la XVII Muestra Internacional de Teatro Contemporáneo, en última instancia programada en solitario por el Aula de Teatro de la Universidad de Cantabria. Tales recelos seguramente tenían su razón de ser en aquellas apariciones, de dudoso gusto, bueno, dudoso no, de mal gusto, en el programa televisivo 'Crónicas marcianas'. Al término de la función esas personas y yo convinimos en que desde el inicio de la función escuchábamos un discurso serio, que alternaba la risa con la reflexión, mejor sería decir, que las con-fundía, que la humorada era reflexiva, y la reflexión envolvía su gravedad en la risa.

Es un discurso el de Leo Bassi en este espectáculo que, más allá de creencias religiosas o actitudes ajenas a ellas, denuncia las barbaridades cometidas por el hombre contra el hombre, y que ponen en un seguro y cercano peligro de extinción a la especie humana; un discurso que pone en la picota la catadura ética de una parte minoritaria de la humanidad, que expolia, humilla y mata a otra parte de la humanidad, mayoritaria; un discurso, que no tanto denigra las religiones, como tales, pero sí como avales de políticas criminales, todas las de actual Imperio occidental, con capital en Washington, que con una frecuencia mayor que la deseable se perpetran en nombre de Dios, del Dios único, aunque por lo menos haya tres únicos.

Y es de esa perspectiva y con esas intenciones desde donde está estructurada la actuación de Leo Bassi, y los contenidos de la misma. Como fue desde las mismas perspectiva e intenciones desde las que José Saramago conformó su participación en el Seminario 'El júbilo del aprendizaje: Beatos y bibliófilos en la pedagogía de la imagen', que tuvo lugar en el Centro de Estudios lebaniegos, en Potes, dentro de la programación de la UIMP, participación de la que escribí un comentario, bajo el título de 'Una homilía atea', y que tuvo un espacio en la Sección de Opinión de este Diario, el día 14 de julio. Todo lo escrito en aquel comentario, todo, vale para este, por más que el discurso de Saramago fuera pronunciado en un foro académico, y en un escenario el de Leo Bassi, pero en un escenario universitario, el de la Facultad de Medicina de la UC, una vez excluido de la Obra Social y Cultural de Caja Cantabria. No estuvieron escasas de burla e ironía las glosas del Nobel a ciertos pasajes de la Biblia, como no estuvieron exentas de seriedad las alternativas que a lo incomprensible, y por ello impúnemente utilizado por los poderes, opone el bufón.

La honra del bufón

Porque eso es de lo que va, y de lo que se honra Bassi, porque lo es, un bufón, descendiente de varias generaciones de payasos y bufones, esos truhanes que en otros tiempos distraían a los reyes y a sus cortesanos cantándoles las verdades, si bien ni siempre salían bien parados. También es bufón aquel que en el teatro italiano entretenía al público mientras se hacían los cambios pertinentes en el escenario; se presentaba con los mofletes hinchados de aire, otros actores de forma exagerada le daban bofetadas, de modo que el aire salía dando bufidos, y el público reía.

Leo Bassi salió a escena y soltó el aire que agitaba su conciencia, animado por las invectivas de quienes gritaban fuera de la sala y de quienes callaban en lugares más ocultos.

Y cantó verdades de hoy, que son las de siempre, pero hoy con varios grados más de putrefacción. Verdades como que la naturaleza está siendo depredada hasta límites insoportables, en nombre del dios dinero, en lugar de ser mimada, y recuperada tras haber sido expulsado el hombre del Edén por el Tronante desobedecido; verdades como que la mujer sea sujeto de segunda en la sociedad y nadie en el organigrama de la Iglesia católica -una costilla de Adán, al fin, un cacho carne, y se le pasó por alto que los teólogos medievales defendían la tesis de que la mujer nacía sin alma, y Dios se la insuflaba, si la llegaba a merecer; verdades como que tres cuartas partes de la humanidad mueren bajo la opresión y el hambre, o en aguas saladas, porque su tierra no es la prometida por un Dios, que sólo se hace responsable de la tierra de los suyos, no importa que tomen su nombre en vano, o que incumplan sistemáticamente, hasta el vicio, el quinto mandamiento, no es un Dios tan tiquismiquis. Tampoco muy fiable si le hacen gracia las mortíferas payasadas, que algunos le ríen, de Bush, y acepta, gustoso, el espectáculo ofensivo de dictadores criminales bajo palio. Leo Bassi, en su papel de bufón, y también Saramago, con su oficio de escritor, ambos intelectuales ateos, proponen la misma salida a una situación, la del mundo, necesitada con urgencia de ser puesta en manos movidas por buenas intenciones, dado que de las religiones y sus Iglesias no se puede esperar sino más de lo mismo: la filosofía, dice el novelista; la ilustración, dice el payaso, quien hace proyectar al fondo del escenario rostros de pensadores occidentales y orientales.

Laicismo

En definitiva, la propuesta de ambos es la del pensar desde el sentir, desde la con-pasión, por lo que si alguien se tiene que sentir provocado por el discurso de Leo Bassi somos quienes decimos defender el laicismo, quienes sentimos que venimos de la tierra y a ella queremos volver, pero somos tibios en nuestro compromiso con ella, como si en ella nos vengáramos de aquella expulsión; quienes vemos al otro como a un igual, pero a veces miramos hacia otro lado; quienes hablamos de solidaridad, pero en estos días gastamos sólo para nosotros y los nuestros continúen ustedes quienes, como yo, nos decimos laicos. Con los otros se puede contar menos, pues tienen quien les cubra las conciencias.

Así, pues, el espectáculo se extiende en una palabra que pretende mostrar que lo profundo está en la superficie. No hay mucha acción en el escenario, aunque tampoco falta. Comienza la función representando por unos minutos al papa Benedicto XVI, en cuyo nombre pide perdón a los teólogos de la liberación, suspendidos en sus funciones por el entonces responsable de la Congregación para la Doctrina y la Fe, Cardenal Ratzinger.

Enseguida se desprende de su alba vestidura y asume el papel de telepredicador laico, ateo, que lanza graciosas, que no gruesas, puyas a diestra, el cristianismo, y siniestra, el islamismo, aunque no sé muy bien cuál es el más siniestro. Con un pequeño crucifijo en la mano 'salva' a Cristo, del que deja ver que hoy no querría ser cristiano, tras el papelón que le asignó en vida el Padre, y sobre todo, después, los poderes eclesiales y políticos, que han puesto al Padre de su lado.

Hombre de circo

Y, como hombre de circo que es, no se privó de hacer un truco de magia convirtiendo el agua en vino, y también un número de malabares moviendo con sus pies un piano, milagros del tesón, del esfuerzo, del trabajo, cuando no de la habilidad, frente a los que esperan que el milagro lo haga Otro. Al final casi se desnuda, se queda en calzoncillos, y en un movimiento posterior, en taparrabos.

Venía a cuento de que, para terminar, contó la Revelación de la que fue sujeto, «su» revelación, que lejos de ser la contenida en los distintos libros sagrados, con sus personajes y sus lugares, tuvo lugar en la Patagonia chilena, en el transcurso de una danza ritual, por la que los danzantes, con sus cuerpos desnudos y pintados en franjas horizontales, se identifican con la naturaleza a la que piden perdón por matarles a algunas de sus criaturas con el único objeto de sobrevivir.

Uno de los danzantes principales se quitó la máscara con cuernos y resultó ser el alcalde de la comunidad, además de chamán, quien le prestó el único ejemplar de un libro escrito por un misionero alemán, jesuita, que dejó de serlo, seguramente para ser una suerte de cristiano laico, y no vean contradicción, donde sólo hay fértil paradoja.

Con la foto del alcalde/chamán proyectada al fondo del escenario, Leo Bassi se hizo pintar el cuerpo, vestido con el taparrabos. Y con la máscara puesta danzó. Los aplausos callaron las letanías.

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