Han convertido el salón del pueblo en una casa de oración

Pocas veces he sentido ese miedo instintivo, el de saber con un buen grado de certeza que la integridad física de uno mismo está en serio peligro. Estaba frente a unos 50 o a lo mejor hasta 80 pastores cristianos gritándome que me callara. Esto fue hoy en el Salón del Pueblo del Congreso de la República de Guatemala, donde se supone hay libertad de expresión. Los más fanáticos iniciaron un proceso de exorcismo para “expulsar a Satanás” del recinto, lugar que no debería ser monopolizado por ninguna ideología política, ni mucho menos religiosa.

El miedo genera dos tipos de respuestas, pelear o salir huyendo. No me quedó más remedio que decir lo que pensaba, pues sólo entrar al Congreso ya había sido una aventura, porque únicamente los afines al diputado Marvin Osorio fueron invitados. No se permitió la entrada a cualquier oposición a su iniciativa de ley para hacer obligatoria la enseñanza de la Biblia en todos los establecimientos educativos del país, tanto públicos como privados.

En el preciso momento en el que el diputado del partido Líder, también pariente político del cuestionado alcalde Arnoldo Medrano, hacía la entrega formal de su iniciativa de ley y se preparaban para la foto junto a sus pastores, subí pacíficamente al pódium y cuestioné tal propuesta. Me escucharon por breves segundos, mientras se daban cuenta de lo que yo decía: dicha iniciativa viola convenciones internacionales, la Constitución de Guatemala y otras leyes nacionales, como explicamos en el comunicado oficial de la Asociación Guatemalteca de Humanistas Seculares (AGHS).

El maestro de ceremonias me apagó el micrófono y los cristianos empezaron a vociferar, algo así como “¡Crucifíquenlo!” –no escuché con claridad ante tanto barullo y oraciones en lenguas extrañas. Me jalaron del brazo para sacarme del salón, pero ya era demasiado tarde, los periodistas se congregaron frente a mí, defendiendo mi derecho a expresar el disenso pacíficamente. Hablé sobre la importancia de la separación entre Estado y religión, y la tradición liberal que tenemos en tal sentido en Guatemala. Dije que si bien los cristianos son mayoría en esta sociedad, por razones históricas, ya somos un 13 por ciento de la población los que no tenemos alguna afiliación religiosa o simplemente no creemos, o los que tienen un credo distinto al cristianismo, como judíos, musulmanes y diversas creencias mayas o garífunas. Pero nadie me ponía atención. Para los allí reunidos la única verdad es la que está escrita en su libro, considerado sagrado y escrito por revelación divina según les dicta el dogma de fe.

Sentí miedo cuando vi que la agresividad de los presentes se incrementaba con cada palabra que salía de mi boca. Le pedí al diputado Osorio que garantizara mi derecho a expresarme, pero él sólo sonrió. Así que me tomaron nuevamente del brazo para expulsarme del Salón del Pueblo –como no creyente, estaba siendo excluido del mismo. Decidí salir “por la buenas” y a lo largo del recorrido me gritaron muchas cosas: “Ignorante de la Constitución, demonio…” y otras que no recuerdo, porque educadamente trataba de tranquilizarlos con argumentos. Los periodistas también me protegieron a la salida y ya fuera del salón me hicieron preguntas, no sin interrupciones de algunos que salieron para garantizarse que “el cachudo” ya se había marchado en respuesta a sus oraciones.

El temor ha pasado, pero me queda un profundo sentimiento de tristeza porque pude constatar que el fanatismo religioso está tratando de penetrar las instituciones del Estado guatemalteco, especialmente el sistema de educación pública, con el fin de adoctrinar a los niños y jóvenes en una particular visión del mundo, que corresponde a la época medieval.

Necesitamos más recursos financieros y humanos para elevar el nivel de formación en idiomas, matemáticas y ciencias, pero estos grupos de evangélicos fundamentalistas quieren que el Estado les financie su agenda, como si fuera poco el subsidio que se les da por la vía de exención de impuestos a las más de 20 mil iglesias evangélicas autorizadas en el país, así como a la Iglesia Católica. Mientras tanto, nosotros seguiremos argumentando a favor de la educación laica.

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