Hacia una sociedad adulta

La explícita o solapada aspiración de todas las religiones es controlar la moral pública desde su específica visión del mundo. Así se entiende el conflicto con la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía.

Lo que es una clara apuesta en favor de la autonomía ética por parte de la sociedad laica se interpreta desde los sectores eclesiásticos más conservadores como una intromisión intolerable en un ámbito de su exclusiva competencia. ¡Y a dar caña!

IRONÍAS de la semántica y de la historia. La palabra laica/o nos viene del griego a través del latín. De acuerdo con su etimología (láos=pueblo), laico significaría “popular”. En los primeros siglos del cristianismo tenía un significado solemne. Se identificaba con el Pueblo de Dios, y así aparece en el Nuevo Testamento. Con la progresiva clericalización de la Iglesia, el significado de láos se fue restringiendo al pueblo llano, ese inmenso colectivo que no forma parte del estamento clerical. En un segundo paso, se acotó más su campo semántico y se refiere solamente a los no religiosos. Quienes no son ni curas ni frailes ni monjas, para entendernos.

Hasta aquí nos movemos en un ámbito eclesiástico. Pero a lo largo del siglo XIX surgió la necesidad de buscar una palabra que definiera esa nueva sociedad que se iba fraguando a trancas y barrancas con la beligerancia del papado. Esa nueva sociedad aspiraba a ser igualitaria y no religiosa… ¡laica! Mira por dónde, aquel significado empequeñecido de minoría de edad para un pueblo iletrado fue adquiriendo una solemnidad y un orgullo que recupera sus orígenes.

En un amplio sector de la sociedad española, la palabra laico sonaba mal. Se identificaba con la “escuela laica”, una modalidad de enseñanza que había sido demonizada hasta la saciedad desde los púlpitos como una escuela anticatólica. Recuerdo el enorme desconcierto que provocó en tantas personas creyentes el documento del concilio Vaticano II titulado El apostolado de los laicos. Se repetía una y otra vez: “laico significa seglar”. Pero la gente más piadosa contestaba con irritación: –¿y por qué no han puesto seglares en lugar de laicos?
Es posible que esta confusión de planos siga actuando en el imaginario colectivo cuando se habla de sociedad laica. Para aumentar el embrollo, sectores eclesiásticos han acuñado la palabra “laicismo” a la que dan un sentido claramente peyorativo equivalente a sectario, anticatólico y antirreligioso… “Laico” arrastra una connotación negativa de “no-religioso”, “aconfesional”. Pero su contenido es mucho más rico, y es necesario ponerlo de relieve. Entiendo que una sociedad laica es una sociedad adulta que aspira a liberarse de todas las tutelas que la han condicionado a lo largo de la historia y que todavía la siguen condicionando. Sencillamente, ha pasado o intenta pasar de la minoría de edad a la adultez.

Con notables esfuerzos logró liberarse de tutelas ancestrales como el régimen feudal o las monarquías absolutas. Pero no cantemos victoria. La sociedad actual se ve sometida a tutelas más férreas y más poderosas, como la ley del mercado o la competitividad. Quienes no aceptan estos dogmas se ven arrojados al infierno laico de la marginación y la exclusión. Un tema que rebasa las dimensiones de este artículo.

Me detengo en la tutela religiosa porque ha sido y sigue siendo un condicionante específico en la sociedad española. La religión católica ha ejercido durante siglos una tutela omnipresente hasta anular todo atisbo de autonomía en cualquier ámbito personal o social. La filosofía era “la criada de la teología” y su única función era auxiliar y servir a la teología. La medicina era mirada con enorme recelo porque, al venir la enfermedad por voluntad divina, resultaba blasfemo intentar librarse de ella. Sólo era aceptable la petición a Dios.

Durante siglos se consideró que la única fuente de conocimiento era la Biblia, como palabra de Dios dictada literalmente a los humanos. El conflicto de Galileo se sitúa exactamente en este punto, cuando él reivindica un sistema autónomo de conocimiento independiente del libro sagrado. Todavía Pío XII acepta a regañadientes la teoría del evolucionismo, pero dejando claro que todos los seres humanos tienen que proceder de la misma y única pareja primordial… Porque si no, ¿dónde queda el pecado original? Son unas cuantas pinceladas de este largo, tenso y agotador proceso histórico donde la “madre Iglesia” se fue batiendo en retirada ante la innegociable voluntad de autonomía por parte de la sociedad.

Pero queda un campo que sigue pareciendo competencia exclusiva de la religión. Se trata de la moral. La explícita o solapada aspiración de todas las religiones es controlar la moral pública desde su específica visión del mundo. Así se entiende el conflicto con la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía. Lo que es una clara apuesta en favor de la autonomía ética por parte de la sociedad laica se interpreta desde los sectores eclesiásticos más conservadores como una intromisión intolerable en un ámbito de su exclusiva competencia. ¡Y a dar caña!

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