¿Hacia una Iglesia democrática?

La Iglesia se ha configurado a sí misma como verticalidad absoluta y absolutista. El Papa-Rey ejercía de soberano disponiendo de su patrimonio espiritual y material, incluido el dominio sobre la verdad fundamentado en su infalibilidad. Es Pastor supremo, vicario único y plenipotenciario de Dios en la tierra. Inmediatamente debajo de él, rodilla en tierra, han estado los Cardenales, como príncipes, y en el escalón inferior de su poderío, los presbíteros como delegados de la autoridad episcopal. Al margen, condenado al silencio, la obediencia y la sumisión más servil, el rebaño sometido. El redil protege y aísla contra el mundo, el demonio y la carne. Desde esa “desmundanización” la Iglesia reside no se sabe dónde, sobrevolando la temporalidad, ajena a las angustias y esperanzas del hombre concreto comprometido con su tarea histórica. Su reino no es de este mundo, aunque nunca renuncie a sus prebendas, a una economía boyante, a increíbles posesiones, a cargos honoríficos y rentables, a incalculables tesoros artísticos, arquitectónicos y a connivencias sacrílegas con regímenes dictatoriales conculcadores de los más elementales derechos humanos.

Tampoco el tránsito del teocentrismo al antropocentrismo hizo mella en la estructura piramidal de la Iglesia. Ante el peligro de verse expropiada de su dominio sobre las conciencias, dedicó su empeño y magisterio a la condena de los nuevos valores. Hizo hincapié en el origen divino de su poder, atribuyó a los designios de Dios su estructura de poderío y anatematizó a todo aquel que pretendiera poner en crisis su concepción. Se definió como “sociedad perfecta” paralela a la sociedad civil y enfrentada a ella en la medida en que no aceptara la ley suprema que de ella emanaba. Se colocaba así frente al mundo en lugar de ser compañera de viaje. Condenó la secularización surgida como emancipación humanista, como responsabilidad asumida, como independencia frente al “deus ex machina” y despreció toda creación del hombre como opuesta al quehacer creador de Dios.

El Concilio Vaticano II fue una eclosión renovadora. Se abrieron las ventanas –como quería Juan XXIII- y entró a chorros el aire fresco de la renovación. El rebaño pasó a ser pueblo de Dios, comunidad fraternal y profética. Surgió la Iglesia de los pobres, la Teología de la liberación, los cristianos de base comprometidos con su entorno, la puesta en duda del celibato, la defensa de la mujer como valor en sí misma, la investigación ajena a condenas y excomuniones, el laicismo tomó posesión de las leyes de los distintos estados y la humanidad asumió una conciencia de sí misma como decisión y tarea. Ante esta asunción de lo humano como valor supremo e independiente, ante esta libertad ejercida como decisión creadora de humanidad, la Jerarquía ha retomado su papel nunca abandonado: la condena humillante, el desprestigio y el refugio en la voluntad divina como negación y desprecio de todo aquello que el ser humano emprende.

Con ocasión de los nombramientos de Munilla e Iceta como Obispos de San Sebastián y de Bilbao, la iglesia vasca ha mostrado públicamente su descontento con ambas imposiciones y ha exigido tener una participación activa en la elección de sus obispos. Es un clamor de los cristianos de base de muchas iglesias locales a lo ancho del mundo. No se resignan a seguir siendo sujetos pasivos, obedientes ovejas, rebaño anónimo, y exigen que se reconozca el paso de siervos a pueblo activo, a comunidad ejerciente de derechos. En la sociedad civil tenemos claro nuestro rechazo a ser súbditos porque nos hemos ganado a pulso la categoría de ciudadanos. Todavía quedan dictaduras opresoras en distintos territorios. Pero resulta insufrible que entre ellas haya que incluir a la Iglesia Católica.

O la Iglesia es un ámbito de libertad creadora o no puede seguir proclamándose Iglesia de Cristo.

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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