Hablemos de dinero

Todo parece indicar que detrás de tanta pancarta había una preocupación monetaria del clero. Sorprende que los obispos consideren que su actual financiación estatal es claramente insuficiente.

Parece que por fin se van aclarando los conceptos básicos de la pugna entre la Iglesia católica y el Gobierno socialista, que, por otra parte, eran de una previsible índole económica. Detrás de tantas palabras altisonantes, de tanta defensa enfervorizada de la familia cristiana y de tanta manifestación contra la LOE, todo parece indicar que lo que había era una preocupación monetaria del clero. Está bien que lleguemos al fondo del asunto y que los obispos pidan al Gobierno más dinero del Estado, pues ahora ya sabemos donde estamos y todos podemos opinar al respecto. Eso sí, si de lo que se trataba era de que los curas tienen problemas para llegar a fin de mes podrían haberlo dicho antes y ahorrarnos tanto grito y tanta pancarta.

Los obispos consideran que la actual financiación estatal de sus actividades es claramente insuficiente, cosa que, francamente, nos sorprende un poco a los que ya no entendemos muy bien por qué el Estado financia a la Iglesia católica. En España, cristianos, ateos y agnósticos por igual entregan parte de sus ingresos al clero a través de su declaración de impuestos. Quien quiera sobreactuar a la hora de la propina, puede incluso destinar el 0,52% del IRPF a las necesidades de la Iglesia. Pero parece que ni así les salen las cuentas a los obispos, a pesar de disponer, entre otras fuentes de ingresos, de muchas de esas escuelas concertadas en las que cobran por partida doble, del Estado y de los padres de los alumnos.

Nada más lejos de mi intención que acusar de manirrotos a nuestros obispos, pero algo me dice que no son muy buenos a la hora de apretarse el cinturón. Ya sé que hay gastos necesarios para la evangelización, como, por ejemplo, mantener la COPE, esa emisora de radio que sigue al pie de la letra los preceptos cristianos y promueve sin descanso la caridad y el amor al prójimo, pero igual hay que activar en otras áreas la virtud del ahorro. En ese sentido va, tal vez, la iniciativa de Benedicto XVI de impedir la entrada de homosexuales en la Iglesia católica: ya sé que homosexualidad no equivale a pedofilia, pero igual dentro de unos años, gracias a la previsión del Papa –quien, como todos sabemos, es infalible–, la institución que preside se ahorre toda esa pasta que lleva invertida últimamente en hacer callar a niños abusados.

Me hago cargo de que cuando has tenido muchísimo poder durante siglos, encontrarte de repente en una situación en la que muchos de tus privilegios han pasado a la historia debe de resultar harto molesto. Pero eso es lo que hay, monseñores, y bastante hace un Estado laico privilegiando a una religión sobre las demás. De hecho, la Iglesia católica debería ser capaz de mantenerse a sí misma, como hacen, sin ir más lejos, los clubs de fútbol o los partidos políticos.

El Barça y el PSC, por poner un par de ejemplos cercanos, se nutren de las aportaciones de sus respectivos creyentes; y cuando éstas son insuficientes para mantener el tren de vida de la empresa, se recurre a esas instituciones benéficas que conocemos como bancos. De la misma manera, tal vez tienen razón los obispos cuando piden que se aumente ese 0,52% del IRPF con el que les premian sus seguidores. Ya puestos, debería permitírseles que crearan un impuesto especial para sus feligreses, que éstos podrían satisfacer en cómodas mensualidades a entregar a su párroco de referencia.

De este modo, digo yo, el Estado se ahorraría un dineral que podría invertirse en asuntos que realmente afecten al bien común.

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