Gesto poco edificante

Me refiero al gesto confesional protagonizado por los nuevos consejeros del Gobierno de Navarra, quienes todos a una prometieron sus cargos ante un crucifijo y la mirada circunspecta de la presidenta.

Poco edificante por cuanto que supone una regresión institucional respecto a la no confesionalidad del Estado, consagrada por la Constitución en su artículo 16,3.

Contradictorio por cuanto que la presidenta al jurar su cargo lo hizo sin la presencia de dicho crucifijo.

También podría calificarse el gesto de sorprendente. No solamente porque se suponía que los nuevos cargos prometerían sus carteras de idéntico modo a su jefa de gabinete, sino, sobre todo, porque tiraba por tierra el discurso que en el debate de investidura a Barkos había pronunciado días antes Koldo Martínez, portavoz de Geroa Bai.

Conviene recordarlo. En un discurso que hacía tiempo no habíamos escuchado en el Parlamento de Navarra, dicho portavoz pidió de forma tan elocuente como emotiva que el nuevo gobierno evitase la imposición del crucifijo y demás símbolos religiosos en las ceremonias civiles. En su opinión, el crucifijo era el signo por excelencia de una época vivida bajo la opresión totalitaria del miedo, como lo fue el tiempo del franquismo nacionalcatólico.

A los días, Barkos prometió su cargo sin crucifijo alguno. Estupendo. Parecía, por tanto, que la presidenta había cogido el guante del portavoz de su coalición. Sin embargo, para estupefacción de quienes esperábamos una coherencia con las palabras del portavoz de Geroa Bai, los nuevos consejeros prometían y/o juraban sus cargos ante un crucifijo.

¿Qué había pasado? ¿Acaso los nuevos consejeros no habían escuchado al portavoz de Geroa Bai? Nunca se había visto una imagen tan poco didáctica, puesto que todos los consejeros actuaron en la dirección contraria a la que había postulado Koldo Martínez.

Sinceramente. Por más vueltas que le doy al asunto, no logro comprender por qué esta diferencia entre la presidenta y los nuevos consejeros. ¿Por qué la presidenta se inhibió de prometer su cargo ante un crucifijo y por qué lo hizo, en cambio, el resto de los nueve consejeros? ¿Cómo se permitió que los consejeros actuaran del modo en que lo hicieron? ¿No piensan lo mismo sobre este asunto, presidenta y consejeros? ¿Acaso el protocolo que rige la toma de posesión de presidente o de consejero es distinto? ¿Acaso fueron los consejeros quienes uno por uno pidieron que se les pusiera delante un crucifijo?

No lo pregunto por preguntar. Es la costumbre habitual. De hecho, la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid, Cifuentes, del PP, prometió su cargo sin la presencia de un crucifijo, lo que tiene su aquel que dijera este. Más todavía, hace un año el actual Borbón haría lo propio sin la compañía de un crucificado. Lo que tiene todavía más retranca no confesional, viniendo del representante de una monarquía siempre unida al catolicismo.

Sería bueno que, dada la transparencia en que las nuevas hornadas de los políticos desean rodear sus actos políticos, explicaran las razones en que basan su particular protocolo confesional en la toma de posesión de sus respectivas funciones.

Para empezar, dada la aconfesionalidad del Estado, establecida por la Constitución, choca y mucho que en la promesa de los nuevos consejeros figurase un crucifijo. Esta imagen resulta impensable en unos políticos que, si de algo han presumido, es la contraseña de asumir por encima de todo el respeto a la pluralidad de la sociedad. La presencia de ese símbolo religioso confesional atenta directamente contra ese pluralismo.

Cada consejero podrá tener sus creencias religiosas o no tenerlas, pero lo que no debe hacer es prometer o jurar sus credenciales ante un crucifijo, porque dicha actitud vulnera por completo el estado no confesional.

Es un gesto simbólico que, quieran o no quieran aceptarlo, somete su futura credibilidad política a un fetiche de orden religioso católico, algo que en unos políticos, supuestamente de izquierdas, resulta paradójico, sabiendo como saben el papel que la Iglesia católica ha jugado en esta tierra, y que tan oportunamente recordó el portavoz de Geroa Bai, Koldo Martínez.

¿No pensarán, que al prometer su cargo ante un crucifijo van a ser más transparentes o más honrados? ¿Acaso consideran que, cuando no cumplan con su deber, vendrá la divina Providencia a pedirles cuentas?

Además, si como dicen por activa y por pasiva se deben a toda la ciudadanía, mal se empieza prometiendo su compromiso político ante un crucifijo, símbolo de las creencias católicas de una parte de la población navarra, pero no de toda Navarra.

Se diría, pues, que los nuevos consejeros han prometido y/o jurado sus cargos solo para aquella población creyente, católica y confesional, y que la otra parte de la sociedad, que ni es católica ni es creyente de ninguna manera, no existe ni cuenta, dado que no estuvo presente en esa promesa ante un signo, símbolo o fetiche de un alcance confesional específico y limitado.

Si las instituciones públicas se deben a toda la ciudadanía, deberían ser más escrupulosas a la hora de respetar el pluralismo de la población. Al prometer sus cargos ante un crucifijo, se han olvidado de dicho pluralismo de un modo grave, impropio, como digo, de unos políticos que, para colmo, dicen que representan a un sector cualificado de la izquierda.

Pero no se amilanen. Tienen la inmensa suerte de gozar de la posibilidad de enmendarse y corregir su “metedura de pata confesional”. Espero, por tanto, que los futuros acontecimientos no les pille de nuevo con el pie torcido y sean capaces de no permitir que el arcángel san Miguel de Aralar visite el Parlamento como hasta ahora lo ha venido haciendo y que, por las mismas razones profilácticas, el Gobierno no vaya a Javier en el Día Grande de Navarra a escuchar sin chistar el discurso del obispo de esta diócesis donde les recordará que el poder de Dios está por encima del poder civil. Sean originales y valientes dándole vuelta a la sempiterna estampa confesional a la que nos tiene acostumbrado la clase política navarra, a la que ciertos rasgos de la tradición confesional católica siguen conmoviendo su intimidad.

Inviten, ustedes, al obispo y al cabildo de la catedral si fuera posible y cántenles las cuarenta, por ejemplo, sobre las inmatriculaciones perpetradas por la Iglesia que aquel representa.

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