Gente de mucho orden

Los manifestantes contra las bodas gays confunden sus derechos con los privilegios del ciudadano

Extraña manifestación, la del sábado en Madrid en contra de la legalización de las bodas homosexuales; una manifestación oficialmente organizada por el Foro Español de la Familia con el apoyo –¿económico también?– del PP y de la Conferencia Episcopal, amén de por un nutrido grupo de asociaciones católicas –Falange Española, por ejemplo–, etcétera. Y la califico de extraña porque, en principio, la gente de orden –y vive Dios que las gentes dispuestas a acudir a la llamada de estas organizaciones deben ser de orden, de mucho orden– debiera aceptar con agrado la idea del matrimonio entre homosexuales, entendiendo el matrimonio como base de la familia tradicional, es decir, de la vida social de los individuos que la integran, de la vida organizada, legislada y controlada.

O sea, que, al parecer, la gente de orden, los creyentes, los católicos, los cristianos, la gente que va a misa y actúa en nombre de Dios prefiere que la homosexualidad sea cuasi sinónimo de marginación, de gueto, de ilegalidad y, por tanto, de persecución. O no, quizá no sea tan extraño. Como dijo María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del Gobierno, los dirigentes del PP "confunden los privilegios del ciudadano con sus derechos". Y hasta ahora (esto no lo expresó así, pero se desprende de sus palabras) los privilegios (y los derechos) han sido patrimonio de ellos, de la derecha, que se resiste a admitir que los derechos básicos (que se adjudicó en calidad de privilegio) corresponde, por nacimiento, a todo hijo de vecino.

No obstante, en una época en que, tanto el matrimonio como la familia, son instituciones tan desacreditadas, tan discutidas, tan sumidas en un estado de crisis fomentadora de toda clase de taras educacionales, psicológicas y de mero trato humano, la gente de orden debiera agradecer que nuevos colectivos sociales, como el de los homosexuales, se integren a la vida social establecida vía matrimonial y familiar aportando nuevos modelos que quizá logren regenerar, revitalizar y rehumanizar un modo de vida tan deteriorado como el que, hoy en día, rige el de la familia española.

OBVIAMENTE, no lo consideran así ni el PP ni la cúpula eclesiástica nacional que apoyaron y fomentaron (¿también pagado en parte?) la manifestación del sábado en Madrid, con asistencia de ciudadanos procedentes de varios lugares de España que llegaron a la capital en autocar a precios de auténtica ganga. Ni el PP ni la Iglesia española están dispuestos a tolerar que parejas homosexuales se igualen a las heterosexuales ante la ley. Y no lo toleran pese al nutrido número de homosexuales que abrigan en su seno (Los pertenecientes al PP han expresado públicamente su disconformidad con el espíritu de la manifestación. Así, el presidente de la plataforma Gay, Carlos Alberto Biendicho, bien dijo que su partido traicionaba a los militantes y electores gays del PP que, según él, suman un millón. Por su parte, los homosexuales eclesiásticos no han dicho ni pío, como es lógico).

Sin embargo, y pese a los miles de personas que desfilaron por Madrid, esta manifestación no ha constituido el éxito deseado por sus promotores. Digan lo que digan, ha sido un fracaso. Afortunadamente, ha llegado tarde. Demasiado tarde. El propio Carlos Alberto Biendicho, antes citado, declaró algo que ya se sabía, pero que conviene repetir: "Dentro del partido –el PP– no hay democracia interna. Hay dos corrientes, la que encabeza Mariano Rajoy y la de Ángel Acebes y Federico Trillo, es decir, la del Opus Dei, y quien mueve la cruceta de estos títeres entre bastidores es José María Aznar".

Biendicho habla de Opus Dei, pero, en realidad, se supone que los ínclitos personajes a los que nombra obedecen a otra secta, más ultraderechista, que actúa bajo la advocación a Cristo, mucho más intolerante que la del finado Escrivá de Balaguer y económica y belicistícamente ligada a los intereses petrolíficos bushianos. Ahí hay peligro, evidentemente. Y, como se ha visto en la manifestación, la Iglesia española da su bendición.

Pero sólo una parte de la Iglesia española, representada el sábado por la casi veintena de prelados que se sumaron a la manifestación. Esa parte de la Iglesia, con Rouco Varela a la cabeza, que nunca, nunca, ha salido a la calle en protesta contra la guerra de Irak, ni contra el hambre en el mundo, ni siquiera contra los asesinatos de ETA. Qué curioso, ¿no? Bien, es una manera de empeñarse en prolongar otro privilegio: el dominio que, durante siglos, la Iglesia española ha ejercido sobre la política nacional, la educación, la moral, etcétera. Pero, afortunadamente, también llegan tarde Rouco Varela y sus ensotanados acompañantes.

EN LA manifestación del sábado hubo una contradicción entre fondo y forma que denota cuán tarde –afortunadamente– ha llegado. El fondo, la intención, el contenido de la programada marcha antimatrimonio entre homosexuales sobre Madrid eran de inspiración eminentemente franquista.

La verdad es que su anuncio, después de la manifestación províctimas del terrorismo y de la de Salamanca, asustaba. Los fantasmas de la dictadura franquista podían cobrar forma. Pero, hete aquí que les falló precisamente la forma: parte de la cúpula eclesiástica, como la catalana, se llamó a andana; no había guardia mora, los representados del PP iban en mangas de camisa, sin traje y corbata negra; tampoco las damas del PP vestían de negro, y se olvidaron de la peineta y la mantilla española; los hijitos de las familias católicas actuales desfilaban comiendo helados y reían; por encima de la gigantesca pancarta con el lema La familia asomaban globos multicolores. En fin, que no. Afortunadamente, estos neofranquistas no están preparados.

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