Génesis 24:64

“Rebeca también alzó sus ojos, y vio a Isaac, y descendió del camello” (Génesis 24:64)

¿Existe algún problema con este versículo del Antiguo Testamento? Aparentemente sí, especialmente para quienes crean a pies juntillas que la Biblia es un documento revelado por Dios y que sus cinco primeros libros -el Pentateuco para los cristianos o la Torá para los judíos- fueron escritos por el profeta Moisés.

El problema con ese versículo estriba en que en la época en la que supuestamente vivió Isaac -hacia el año 2000 antes de Cristo- no se habían domesticado los camellos, de manera que Rebeca no podía cabalgar en uno de ellos. Estos animales tan útiles para atravesar el desierto no se domesticaron en Oriente Próximo hasta un milenio más tarde.

Así lo acaban de publicar los arqueólogos israelíes Lidar Sapir-Hen y Erez Ben-Yosef. Según ellos, los restos arqueólogicos más tempranos que prueban la domesticación del camello se remontan al año 930 antes de Cristo.

Sapir-Hen y Ben-Yosef no son los primeros que han estudiado el asunto, y otros colegas suyos, israelíes y de otros países, han llegado a una conclusión idéntica: con anterioridad al año 1000 antes de Cristo los camellos eran salvajes y no estaban domesticados.

Esta es simplemente la punta del iceberg, una de las numerosas contradicciones históricas que hay en el Antiguo Testamento, de la misma manera que también hay contradicciones en el Nuevo Testamento.

Dejando a un lado a los eruditos que tienen una agenda religiosa o política, cada vez son más los historiadores y arqueólogos que cuestionan las narraciones bíblicas, especialmente las del Antiguo Testamento.

Y cada día los académicos independientes están más seguros de que los textos bíblicos más antiguos se basan en leyendas, muchas de ellas cananeas, que se transmitieron oralmente hasta que fueron codificadas por escrito, no antes del siglo VI antes de Cristo, es decir hasta 1500 años después de que ocurrieran los supuestos hechos que se describen en la Biblia relativos a Abraham y su familia.

Esto explica por qué la Biblia comete frecuentes anacronismos: los camellos sí que estaban domesticados cuando las leyendas orales se pusieron por escrito, pero no cuando supuestamente vivió Isaac. Los escribidores simplemente proyectaron erroneamente en el pasado la domesticación de los camellos.

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