Género y laicismo

Ningún progreso para el estatus de las mujeres es fruto de la religión.
A lo largo de la historia, las religiones han sido (y siguen siendo) instrumentos de represión, de discriminación y de sumisión de las mujeres. Ante este hecho, el laicismo podría ser considerado como una barrera que separaría a las mujeres « emancipadas » de las otras. De ahí que la tentación es grande de afirmar que el laicismo es la vía exclusiva hacia la igualdad entre hombres y mujeres.
El Laicismo, en Bélgica y en otros países europeos, ha sido un aliado de las luchas para la emancipación de las mujeres, pero lastimosamente, la consolidación del laicismo no ha resuelto el problema de la desigualdad de género. Sería un error el afirmar que basta con ser laicos para resolver, de una vez por todas, las injusticias que sufren muchas mujeres en nuestro país y en el mundo.
¿Nos atreveríamos a garantizar, como laicos, que si todos los hombres y mujeres se volvieran ateos o agnósticos, alcanzarían total igualdad? ¿La utopía laicista bastará para que todas las desigualdades de género sean abolidas?
Desde su nacimiento, el movimiento laico belga adoptó muchas reivindicaciones de por la igualdad de las mujeres. La movilización alrededor de la despenalización del aborto sigue siendo el ejemplo más emblemático de esta alianza emancipadora en nuestro país y el mismo fue tratado más detalladamente en la conferencia sobre laicismo y salud pública.
Sin embargo, cabe recalcar que las acciones por la igualdad de las mujeres en los años setenta movilizaban masivamente a las clases superiores de la sociedad y que la posición que el movimiento laico belga adoptó en relación a la igualdad de género resultó siendo sobre todo la que defendían estas élites y que confluían con el laicismo en el aspecto anticlerical de la emancipación femenina.
De esta manera, se dio una adopción de una visión homogénea de las reivindicaciones de igualdad de género desde una perspectiva más bien centrada en la experiencia de los grupos dominantes, sin haber sido posible el incluir otras sensibilidades.

Pero recalquemos que esta situación no es una especificidad del movimiento laico. En todos los movimientos progresistas en Europa y en otras partes del mundo, hay una coherencia que resulta de la convicción implícita que sus posicionamientos son el referente principal en la teoría y en la práctica. El riesgo que se corre es que no sea posible incluir las reivindicaciones de grupos cada vez más numerosos de ciudadanas y ciudadanos que sienten que sus historias personales y colectivas, sus experiencias de procesos discriminatorios no sean tomadas en cuenta.
El laicismo debe mantener su vigilancia y hacer un ejercicio de libre examen ante sí mismo para lograr incluir estas experiencias y puntos de vista diversos, defendiendo siempre los principios que desde el laicismo defienden la igualdad de las mujeres y los hombres pero también evitando manipulaciones que, en nombre de los valores que defendemos, desvirtúan sus objetivos y se enfocan a acusar a ciertos grupos de la población como los responsables de la violencia de género.
En este sentido, comparto con ustedes un caso que me parece ilustrar esta necesaria vigilancia: últimamente, en nuestro país se desató un escándalo alrededor de un documental que filma a hombres calificados de “musulmanes” solicitando a jovencitas estudiantes belgas en la calle.
Varios grupos racistas utilizaron al laicismo como argumento para apelar a los representantes políticos en pos de sanciones a los hombres supuestamente musulmanes, discutiéndose incluso en ciertos espacios la posibilidad de establecer multas en caso de solicitaciones no deseadas. Se manifiesta de esta manera una focalización hacia los hombres calificados, con fundamento o sin él, como “extranjeros” o “musulmanes” de los problemas ligados a la violencia de género. En este caso violencia verbal en la esfera pública.
Sin embargo, un análisis más detallado de los medios de comunicación, de las diferencias entre los salarios de hombres y mujeres en el sector privado y el no acceso de las mujeres de toda clase y grupo social a los puestos de decisión económica y política demuestran que, lejos de ser sólo una manifestación de los “extranjeros machistas”, la desigualdad de género es un problema que subsiste en toda nuestra sociedad.
Estos temas ocupan nuestros espacios de reflexión y obligan al movimiento laico a posicionarse siempre de manera crítica, defendiendo con fervor los valores fundamentales como la igualdad de género y la libertad de elección en todo ámbito de la vida, pero distanciándose de las instrumentalizaciones que se pueden hacer de estos valores para discriminar a grupos minoritarios.
Como se puede observar con respecto al tema de la violencia verbal en la calle, hay mucho por hacer para que la igualdad de género sea alcanzada. Sin embargo otros avances han sido logrados gracias a la difusión de los ideales laicos en la sociedad, sobre todo a nivel de leyes como las de la paridad en política.
Ya que, si bien la emancipación de las mujeres se da, sin lugar a dudas a través de la política, su reconocimiento como individuos y ciudadanas está íntimamente ligado a su ingreso en la esfera pública. El trabajo ha sido una forma de realizar acceder a este espacio. Los derechos sociales y las políticas de igualdad de oportunidades han regulado las condiciones de su acceso al mundo laboral.
Tradicionalmente, las mujeres estaban asociadas a la domesticidad y a los deberes de su condición de madres y esposas. Su ingreso al mundo del trabajo en la época industrial plantea nuevos problemas a la sociedad.
La concientización de los mecanismos que instauran las desigualdades entre hombres y mujeres se ha desarrollado a partir de mil novecientos setenta, con la emergencia de los llamados estudios de género. Así mismo, políticas más eficaces de promoción de la igualdad de género han comenzado a vislumbrarse.
Las instancias europeas prevén varios programas que tratan de promover la igualdad de las mujeres (pero también de otros grupos debilitados) en el campo laboral y en el de la formación, contra la exclusión. La creación de pequeñas empresas es estimulada, así como la formación y la ayuda para encontrar un empleo
Sin embargo, y como mencionaba antes, cabe señalar que la igualdad no se ha alcanzado. De manera general, las mujeres ganan todavía menos que los hombres. La diferencia salarial es más o menos importante según el país.
Este fenómeno se debe a que las mujeres están sobre representadas en los sectores que pagan los salarios más bajos (los servicios de salud, la educación), pero también a que todavía sufren de los prejuicios y a que tienen una tendencia a no negociar sus salarios.
Finalmente, el trabajo a jornada reducida, que debería permitir la posibilidad de compaginar vida familiar y vida profesional, produce nuevas desigualdades y discriminaciones. De esta manera, las mujeres son mayoritarias en este tipo de empleos, lo cual se traduce, en la gran mayoría de casos en una pérdida de estatus profesional y en una situación familiar precaria ya que no debemos olvidar que en Europa, como en el resto del mundo, la mayoría de familias precarias están compuestas de una madre, quien cumple sola el rol de “padre de familia”, y de sus hijos.
También se puede constatar que los roles tradicionales de las mujeres, en cuanto a únicas garantes del bienestar de la familia, no han cambiado, a pesar de su entrada masiva al mundo laboral. Esto se traduce en un cúmulo de responsabilidades profesionales y familiares. El último terreno de lucha de las políticas sociales en Europa es el de cambiar las mentalidades de los hombres, para que se vuelvan más disponibles a compartir las responsabilidades familiares. De esta manera, un nuevo arsenal de políticas se ha desarrollado en los países europeos:
? La baja de paternidad más larga, el objetivo es el de permitir a las parejas el escoger para cual de los dos padres es más interesante el hacer una interrupción en su carrera cuando nace un nuevo hijo. Ahora, en la mayoría de países europeos, esta baja ha pasado de unos días a varias semanas.
? Las leyes sobre los “créditos alimentarios”, que apuntan a responsabilizar a los padres en lo que concierne su implicación material y humano en caso de separación o de divorcio.
De la misma manera, durante mucho tiempo, la sexualidad era considerada bajo un modelo basado en la moral religiosa. La heterosexualidad era no solo una norma, sino también una obligación.
Pero a finales del siglo veinte, el reconocimiento de la diversidad sexual rompe esta visión tan restrictiva.
Estas épocas marcadas por la “revolución sexual” son el inicio del reconocimiento de las sexualidades minoritarias. La sociedad se ve así confrontada a su miedo de los homosexuales. La homofobia se traduce en comportamientos discriminatorios en contra de los homosexuales y lesbianas, quienes, por esta razón se han visto obligados a esconder la naturaleza de sus relaciones cuando escogen la vida en pareja. Para poner fin a esta discriminación, se desarrolla una legislación en favor de las uniones entre homosexuales. Se trata del PACS (o Pacto Civil de Solidaridad) francés. Es un tipo de unión civil para cohabitantes, que oficializa la vida en pareja de los homosexuales.
En los países en donde estas modificaciones se han dado, como lo son Francia y España, la opinión pública ha podido acostumbrarse a la idea de la cohabitación entre personas del mismo sexo. Sin embargo, la unión civil no permite que las parejas gocen de ciertos derechos. El matrimonio está dotado de ciertas ventajas con respecto a la vida de soltero o a la unión civil.
En lo que al matrimonio homosexual se refiere, solo tres países de Europa lo reconocen: Holanda, Bélgica y España. Es un paso adelante hacia el reconocimiento de la igualdad para las minorías sexuales.
En otro contexto, el debate sobre apertura de la adopción a las parejas homosexuales se inscribe en la lucha en contra las discriminaciones

En la actualidad existen niños (y adultos), criados por parejas homosexuales; los que han sido concebidos en una unión heterosexual, a partir de la cual uno de los padres ha formado posteriormente una relación homosexual; aquellos concebidos por una pareja lésbica, por inseminación artificial; o también los que han sido adoptados por un sólo miembro de una pareja, ya que la adopción de un soltero sí es autorizada.
Más allá de los argumentos moralistas, es frecuente oír de los que se oponen a la adopción de por parte de los homosexuales, que hay muchas incertitudes alrededor del desarrollo psíquico y del equilibrio de estos niños. Estos detractores consideran tal vez que el orfelinato es más adecuado… Ellos ignoran también los estudios científicos que ya han sido publicados.
De esta manera, desde febrero del dos mil dos, la Academia de pediatría americana apoya la adopción por parte de las parejas homosexuales afirmando que “los niños que han venido al mundo o han sido adoptados por uno de los miembros de una pareja homosexual merecen la seguridad que aportan dos padres legalmente reconocidos”. Esta asociación se apoya en una larga lista de estudios que prueban que estos niños no tienen, en su desarrollo personal, nada que envidiar a los de hogares heterosexuales, lo único que les falta es un estatus claro.
El hospital bruselense AZ/VUB, que practica la inseminación artificial también en lesbianas que viven en pareja, examina muy detenidamente, por un lado, las motivaciones de estas mujeres antes de llevar a cabo la intervención y, por otro, el desarrollo de sus hijos. Las observaciones de los psicólogos son formales. Las parejas lesbianas que se empeñan en procrear lo hacen luego de una larga reflexión, demuestran una gran estabilidad, están bien integradas a la sociedad, son aceptadas por su familia y no difieren en su motivación ni en su aptitud a criar niños de las parejas heterosexuales. Estando conscientes de la particularidad de sus hogares, se preocupan aún más en integrar a sus hijos en una red familiar y social densa.
Les propongo concluir diciendo que es si bien es posible convencer a ciertos cristianos de las ventajas del progreso en temas de género, es casi imposible el lograr una evolución de la jerarquía religiosa que, en nombre de la palabra santificada y de los dogmas seculares, nunca cuestionará ciertos principios. Me refiero especialmente al matrimonio pensado como una institución reservada a la pareja heterosexual o al hecho que la mujer esté en la tierra exclusivamente para la procreación.
Pero el derecho, en cambio, puede evolucionar en un país democrático y gracias al compromiso de todas las estructuras laicas, sabemos que vamos en el camino del progreso.
Ahora, en Bélgica y en otros países, se han adoptado legislaciones vanguardistas, utópicas hace unas cuantas décadas. Son el fruto de la reflexión laica, basada en la igualdad y en la libertad. Estas ideas se esparcieron en el mundo político y en la sociedad gracias a las asociaciones laicas, ampliamente apoyadas por la F.M.

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