Gallardón, entre la derecha laica, Rouco y Monago

Cuando en junio de 2013 se presentó el libro del sociólogo Javier Elzo titulado “Los cristianos, ¿en la sacristía o tras la pancarta?”, el presidente de Metroscopia, Juan José Toharia, aportó unos datos muy reveladores. El 70% de la población española se declara católica pero sólo el 17% practicante. En definitiva media sociedad española se reconoce cristiana (53%) pero sin militancia, y 7 de cada diez ciudadanos se identifican con el mensaje evangélico pero no con la forma en la que lo transmite la jerarquía de la Iglesia. En ese contexto, Elzo -un católico crítico- afirmó que “en España vivimos entre un catolicismo rancio y un laicismo excluyente”.

Leer el libro de Javier Elzo es tan interesante como hacer lo propio con el ensayo que acaba de publicar Juan Rubio, sacerdote, director de la revista Vida Nueva, titulado “El fin de la era Rouco. La verdadera historia del cardenal que apostó por la España católica” (editorial Península/Atalaya). El autor relata cómo el actual arzobispo-cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, ha sido un prelado que ha marcado desde 1994 hasta hace muy poco tiempo el tono de la jerarquía eclesiástica en España. El mes que viene, el cardenal deja la presidencia de la Conferencia Episcopal y en breve será sustituido en el arzobispado de Madrid.

El prelado gallego fue un hombre de Juan Pablo II -luego también, pero menos, de Benedicto XVI– que tuvo la misión de reconducir el catolicismo español después de los mandatos aperturistas del cardenal Tarancón que, como cuenta Rubio en su documentado libro, no logró hacerse entender por el Pontífice polaco que creyó que España reclamaba una nueva evangelización tras las profundas transformaciones sociales de los años ochenta. Rouco Varela lo ha intentado con denuedo; ha traído a dos papas a España; ha sacado a la calle a la derecha confesional apoyándose en organizaciones eclesiales; ha erigido la sólida Facultad de San Dámaso; ha manejado -sin acierto- los medios de comunicación de la Iglesia y, cuando ha hecho falta (el aborto, el matrimonio homosexual) se ha pronunciado en contra con meridiana claridad. Y, aunque los templos clarean, las Jornadas Mundiales de la Juventud en Madrid se constituyen como referencias de una trayectoria volcada en recuperar a España para la causa de la Iglesia.

La engañosa movilización católica

El más grave obstáculo para la empatía entre Rouco Varela y la sociedad española ha sido su concepción de la Iglesia en nuestro país. El cardenal entiende la confesionalidad social española como un signo de identidad nacional y una expresión del poder de la Iglesia, sin reparar en que la movilización popular que ha logrado ha sido notoria pero estrecha: siempre los mismos cristianos en distintos lugares y por las muy diferentes causas. Engañosa y rotatoria movilización. Rouco Varela no es un pastor -jamás dirigió una parroquia- sino un canonista, un estudioso y un buen teólogo. De ahí que su pulsión haya sido la del poder y su relación con el gran partido de la derecha española muy desigual, más cercana con Aznar y por completo distante de Rajoy que, pese a su jerarquía eclesial máxima en España, no le ha recibido en la Moncloa.

Pero los esfuerzos del cardenal  han chocado con una dinámica laicista en la sociedad española en general y en el segmento de la derecha ideológica en particular. Para esa derecha, y como escribe, Élie Barnavi, director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Tel-Aviv (“La religiones asesinas”. Editorial Turner), “el cristianismo ha agotado ampliamente su labor política; si no, ¿qué sentido tendría la separación entre la Iglesia y el Estado?” Y añade: “Cualesquiera que sean las modalidades impuestas por la historia, el divorcio entre la Iglesia y el Estado es, en todo Occidente, una realidad potente e inquebrantable”.

En este contexto, que ha experimentado una evolución vertiginosa, la izquierda ha impugnado de manera radical, rotunda y enfervorecida el anteproyecto de ley del aborto apadrinado por Alberto Ruiz-Gallardón acusándole de servir a criterios ideológicos y confesionales, o lo que es lo mismo, a la derecha extrema y a la Iglesia. Sin embargo, la derecha, esa que vota al PP y a la que apela el ministro de Justicia, le ha dejado en una soledad frustrante y un tanto injusta. El grueso de esa derecha es laico y, su ética cívica, aunque empapada por la moral cristiana, la reinterpreta con criterios adaptativos según las circunstancias históricas.

Quizás creyó el exalcalde de Madrid -y acaso el propio Rajoy– que las concentraciones en la plaza de Colón de Madrid, en las que abundaban las sotanas, eran una expresión movilizada y movilizadora de la derecha española. En absoluto. Quizás pensaron que las otrora enérgicas decisiones del cardenal de Madrid secundarían el anteproyecto de manera contundente. En absoluto. Para Ruiz-Gallardón ha de ser duro, además, que desde Extremadura José Antonio Monago haya encendido la disidencia interna contra su anteproyecto. El presidente extremeño es, en palabras del sociólogo José Luis Álvarez, “un interesante ejemplar de populista lite” que presenta “indiferencia ideológica, aliándose con IU (…); gestual verso suelto en la cuestión del aborto, expedidor de dádivas salariales a servidores públicos; explotación del enemigo exterior catalanista: comunicación profesional (…); medidas contra la clase política (…) Su único criterio es mantenerse en el poder”. Monago, así, representa a una parte de la derecha que ha desregulado muchos de sus criterios tradicionales y que ha perdido la previsibilidad de reacciones y comportamientos.

Cabe la posibilidad de que este anteproyecto del aborto se lleve por delante a Gallardón -Rajoy ya ha sugerido que incorporará un tercer supuesto descartado inicialmente por el ministro de Justicia- y si así sucediese significaría que el PP rectifica sobre la marcha a la vista de la falta de empatía en este tema, como en otros, con su electorado y el distanciamiento de la jerarquía eclesiástica. La derecha de hoy no es, ni remotamente, la de hace pocos años. Y el debate sobre el aborto lo está demostrando. Lo mismo ocurre con la Iglesia: hay un cambio y es el que media entre el Papa emérito que se “esconde del mundo” (Ratzinger) y el actual que gesticula lampedusianamente al ritmo de los tiempos.

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