Funerales laicos

Recientemente asistí al funeral de alguien que me era muy cercano. Una tristeza grande, de la que aún no me repongo, me invadió. Sé que mi amigo ha regresado a la nada y que su desaparición –temprana– es el fin de su presencia; nunca más tendremos un contacto, como no sea a través de su grato recuerdo: un ser extraordinario de recto proceder, con valores ciudadanos ejemplares que a cabalidad observaba; un ser sensible a la cultura y con un caletre bien colmado de importante contenido, lo cultural ocupando una buena plaza de su inversión intelectual. Triste, triste; sin más que añadir al insuceso como no sea el consolador estereotipo: c´est la vie y sus molestos avatares.

Algunos de quienes lo conocían, que no eran pocos, decidieron reunirse a fin de evocarlo y rendirle un homenaje, un afecto adicional póstumo. Para ello citaron a los allegados a una iglesia y en colmo de “originalidad” ofrecieron una misa con cura y toda su parafernalia religiosa, esa misma que él en vida tanto criticó, combatió y rechazó. Era un ateo convencido, esa era su convicción, su método de vida nacido y elaborado de sus muchas lecturas, estudios y reflexiones.

Es francamente insoportable tener que escuchar prédicas religiosas en general, pero más aún en el homenaje recordatorio de alguien que clara y conocidamente repudiaba eso. Más irritante es oír al cura trinar en el púlpito con un discurso desabrido en donde afirma que el difunto pertenecía a la iglesia de su dios porque en ella había sido bautizado. Cargante el exabrupto, ¿acaso no hemos sido todos, en una inmensa mayoría, rociados de esa agua bautismal cuando no teníamos uso de razón? A nuestras espaldas. Una afiliación no consentida, impuesta, que no da derecho ni deber a nada y menos a considerarla perenne. De irrespetuoso tildo yo el homenaje y de abusivo el argumento vinculante a esa congregación.

Quien desee rendir un sincero homenaje a un difunto (indefenso por antonomasia) debe anteponer los pensamientos e ideas que tuvo en vida la persona, para que en función de ellos se pueda de corazón honrar su memoria, con fidelidad a sus principios y deseos. Jugar a ignorarlos y aprovechar la indefensión mortuoria para imponer o asociarlos con doctrinas que no le pertenecen me suena a agravio, por no decir cobardía.

No es muy difícil idear otras posibilidades de recuerdo, más agradables entre otras, como podría ser un pequeño concierto musical, unas lecturas sobre los gustos del finado, un conversatorio en donde se recuerden sus virtudes (o hasta sus desafueros), una tertulia amable que mezcle los gustos musicales, poéticos, artísticos de quien se desea homenajear; muchas maneras existen, solo basta tener la voluntad de salir del consabido estereotipo, facilista por supuesto, no hay necesidad de gran esfuerzo de imaginación.

Capítulo aparte ameritaría el hacer cuentas de los gastos en que se incurre en estos homenajes religiosos, descontando los escandalosos montos provenientes de: ataúd, lote, bóveda o urna en caso de cremación, tumba, lápida, mantenimiento, embalsamiento, sala de velación, teléfono en la sala, flores, carroza fúnebre, exhumación del cadáver, servicio de cafetería, camándula, cinta membreteada con el nombre del fallecido, transporte de allegados, trámites legales de inhumación o cremación, etc. La lista es larga, y los servicios de mercadeo de las empresas de pompas fúnebres están para convencer a los deudos (aprovechando las nieblas mentales que se ciernen sobre ellos con ocasión del intenso dolor) de que entre más gastos se realicen mayor es el amor y la aflicción que se profesa por el fallecido. Exhibición pública que permite a los asistentes al sepelio la verificación de la dolencia que se experimenta ante el fallecimiento. Aspaviento superfluo y costoso.

La cremación que por fortuna se ha venido implantando últimamente reduce en parte estos costos, pero la operación mortuoria sigue siendo onerosa. Morir cuesta caro. Para la honra del dios que veneran y a fin de asegurar con indulgencias a sus seres queridos desembolsan dinero a montones a los buitres funerarios y a sus cómplices las iglesias que ganan dinero con la muerte, para “ayudar” del difunto en su paso al más allá que le venden por parcelas. Poco ha cambiado desde los ritos y enterramientos faraónicos y de otras culturas que preconizaban grandes gastos para garantizar mejores estadías en el más allá. Las funerarias actuales son un nido de lucro que en asocio con las iglesias venden onerosos oficios religiosos y alquilan locales a difuntos y deudos apesadumbrados. Una tristeza que acaudala bolsillos ajenos.

Otro aspecto, que me contentaré con solo mencionar es como las salas de velación son lugares de reunión social en donde prima la charla, la risa, la anécdota, mientras a espaldas reposa el cadáver a quien poco o nada se presta atención. Se constituyen en locales en donde se reencuentran las personas o las familias que no se han visto en años.

Que de un difunto nos quede su ejemplo (si lo hay), el olvido generoso de sus defectos y el homenaje sincero de su memoria acorde con su manera de pensar; en el caso laico sin imposiciones ni símbolos religiosos que lo hubiesen lastimado de estar en vida, funerales aconfesionales y sin malgasto de dinero en beneficio de las compañías funerarias que acechan el dolor para convertirlo en sus capitales.

A título de colofón, bueno es rescatar el pensamiento del gran Lucrecio (Roma, 99 ac – 55 ac): “Es injustificado el temor a la muerte; ésta es el fin de toda angustia, el más tranquilo sueño, el eterno descanso. El que ha gozado debe retirarse de la vida como huésped satisfecho; el que ha sufrido, recibir gustoso a la que viene a cortar el hilo de sus desventuras. Sabemos todos que es indispensable morir, y no debe la hora del morir preocuparnos. Nada hay para nosotros más allá del sepulcro.”

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