Funerales de Estado

En el plazo de tres semanas han tenido lugar dos funerales de Estado, el del décimo aniversario de los atentados del 11-M y el oficiado por la muerte del primer presidente del Gobierno de la democracia, Adolfo Suárez.

En ambos casos se han producido ciertos problemas de organización que debieran haberse resuelto con antelación y que hace más evidente la necesidad de establecer un protocolo más acorde con los tiempos que corren, porque en ambos casos ha habido un protagonista indirecto que ha acaparado la atención, al menos, al mismo nivel, que el acto que se celebraba: el arzobispo de Madrid y recientemente sustituido al frente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela.

La tradición católica de España y los deseos de ver de nuevo juntas a todas las víctimas de los atentados del 11-M acalló el hecho de que se realizara una ceremonia religiosa en lugar de un acto ecuménico en el que se sintieran representadas todas las religiones que profesaban las víctimas de los trenes y sus familias. Sin embargo, el cardenal Rouco aprovechó la homilía para volver a dar alas a la ‘conspiración’ con sus alusiones a quienes “con una premeditación escalofriante estaban dispuestos a matar inocentes, a fin de conseguir oscuros objetivos de poder”, justo en un momento en el que hasta los más conspicuos defensores de esa teoría se habían apeado del carro.

Tampoco ha estado acertado el cardenal de Madrid en su homilía en el funeral de Estado por Adolfo Suárez con su alusión a la posibilidad Guerra Civil y a “los hechos y las actitudes que la causaron y que la pueden causar” haciendo tabla rasa de la historia de los últimos 35 años y del cuidado que todos los partidos políticos y la propia Iglesia, de la mano del cardenal Tarancón, pusieron precisamente para que no pudiera volver a repetirse el enfrentamiento entre españoles, y máxime cuando se trataba de glosar el epitafio que aparece en la lápida que cubre la tumba de Adolfo Suárez, “La concordia fue posible”, y no de sembrar la discordia como han juzgado los partidos de la oposición que hacen las palabras de Rouco, que además realizó una referencia inoportuna a las “comunidades históricas”.

Cierto que ambos funerales de Estado al que han asistido las más altas autoridades del país y representantes de otros países han tenido lugar en su casa, la catedral de la Almudena, pero como buen anfitrión el cardenal de Madrid debiera tratar de no herir la sensibilidad de ninguno de sus invitados que, como alguno de ellos reconocieron, en ambos casos, se sintieron indignados, y ya desde la casa de la democracia no han dudado en criticar las palabras de Rouco Varela y en subrayar que sus consideraciones están fuera de la realidad, o le han recriminado que no aprovechara el auditorio que tenía delante, -el Gobierno en pleno salvo De Guindos-, para recordarles que deben hacer más para tratar de paliar las consecuencias que refleja el último informe de Cáritas sobre la pobreza infantil.

Rouco se preguntó por qué la concordia no puede ser posible como lo fue con Suárez. Quizá si mirara hacia el pasado y estudiara la actitud de uno de sus predecesores al frente de los obispos encontraría respuestas. Pero no. Definitivamente Rouco no es Tarancón.

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