Frente al neofariseismo espiscopal, firme impulso laicista por parte del Gobierno

Marzo de 2007. Carta pastoral del obispo de Huesca y de Jaca, Jesús Sanz Montes. Comenta las razones dadas por el Gobierno Zapatero para ingresar en un hospital al etarra De Juana Chaos. Clama el monseñor utilizando una grosera ironía: “Lo hemos hecho por piedad, hemos salvado la vida a un asesino que celebra sus veinticinco matanzas brindando con champán, le hemos salvado la vida porque defendemos la vida”.

Continúa su evangélica misiva con frases como éstas: “Supongo que estarán al quite de quien se quite la vida en la eutanasia que viene… porque defienden la vida. Supongo que no pondrán más obstáculos para saber la verdad de la maraña confusa y confundida de otra matanza, el 11-M, cuya sospecha les mira… porque defienden la vida. Supongo que ya no jugarán a romper la familia con sus leyes para amiguetes… porque defienden la vida. Supongo en fin que encabezarán la defensa del más amenazado de todos los seres humanos: el no nacido, luchando contra el aborto en primera línea…porque defienden la vida”.


No es la primera vez
Ahora, este obispo montaraz y de trabuco -que mezcla su religión con el seguidismo más descarado a las tesis del Partido Popular-, como se demuestra leyendo la sarta de bajezas que incluyó en su epístola, ha ascendido de categoría y ejerce de obispo en Oviedo, en la Vetusta de La Regenta, escrita a finales del siglo XIX por Leopoldo Alas Clarín. Apoya el no de los suizos a los minaretes y, por descontado, carga contra Zapatero por la posible retirada de los crucifijos de las escuelas. Y no deja de escapar la ocasión para subrayar: “No es la primera vez que se pretende, por parte del Gobierno actual, ir barriendo la presencia del mundo religioso y del mundo cristiano y católico en particular”.


El poder terrenal
Pero nada de lo que dice este clérigo con mando en plaza es nuevo. En sintonía con el conjunto -salvo algunas cada vez más escasas excepciones- de la jerarquía eclesiástica, Sanz Montes desgrana su interminable rosario de condenas y de exabruptos contra los que no piensan como él o como la derecha extrema, en medio de un escenario en el cual los profetas del Apocalipsis, los ortodoxos del neofariseismo y los profetas de todas las calamidades tratan, al fin y al cabo, de recuperar como sea el poder terrenal de la Iglesia católica, recortado en España tras la muerte del general Franco.


Rancio y reaccionario
Insisto. Nada es nuevo, casi todo es rancio y fundamentalmente retrógrado o reaccionario. Todo les parece mal porque no lo controlan ya ellos. En 1877, Benito Pérez Galdós publicó su novela Gloria, más o menos en la misma época que La Regenta de Clarín. Galdós pone en boca de algunos de los protagonistas argumentos y afirmaciones que son muy parecidas –con distinta retórica- a lo que dice Sanz Montes, Martínez Camino, Rouco Varela o Cañizares, entre otros muchos. ¡Ya entonces se quejaban del Gobierno, del “poder civil”, por demasiado liberal! Como sucede ahora.


El pestilente espíritu moderno
Discurso encendido de un católico de hace mucho más de cien años: “Gozaba España desde edades remotas el inestimable beneficio de poseer la única fe verdadera, sin mezcla de otra creencia alguna ni de sectas bastardas. Pero los tiempos y la maldad de los hombres han traído un poder civil que, por obedecer a los malvados de fuera ha dejado sin amparo a la Iglesia (…) Inmensa, asquerosa, pestilente lepra cubre el cuerpo social. El llamado espíritu moderno, dragón de cien deformes cabezas, lucha por derribar el estandarte de la Cruz (…) ¿No habéis conocido que entre nosotros cunde desparramada la herejía? (…) ¿No veis que el racionalismo y el ateísmo han robado muchas almas al seno de Dios? ¿No veis que disminuye cada día el número de los fervorosos católicos y aumenta el de los indiferentes?”.


Los escuadrones
La cúpula de la Iglesia católica ha echado por la borda -en los últimos treinta años- la posibilidad de una regeneración auténtica, tal como procuró llevar a cabo Juan XXIII a través del Concilio Vaticano II. Mientras tanto, en España se ha ido desarrollando una democracia sólida, sin precedentes en su dramática historia. Ha llegado el momento de que el Gobierno diga basta a estos escuadrones del fundamentalismo católico y que empuje con firmeza un impulso laicista en todos los órdenes, incluido el punto final a los acuerdos bilaterales procedentes de un Concordato concertado por el Papa Pío XII y el dictador de El Pardo. Y si los curas y católicos a marcha martillo quieren gobernar que se presenten a las elecciones y las ganen. ¡Ya está bien de tirar la piedra y esconder la mano!


Enric Sopena es director de El Plural

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