Feminismo y laicidad ¿correspondencia inevitable? Una aproximación al debate sobre la secularización

El papel y el lugar de las religiones en mundo actual y en particular en el Estado de derecho y en las democracias modernas es objeto de renovado interés en los últimos años. ¿Cómo explicar que la religión haya sido capaz de perdurar —e incluso de coger nuevo impulso— en Europa después de la apabullante crítica ilustrada? ¿Cómo interpretar las persistentes tasas de religiosidad en el país más rico del globo (según creíamos hasta hace poco, al menos)? ¿Y qué decir del resto del planeta, donde muchos no parecen darse por enterados de aquella crítica supuestamente irrefutable y demoledora? ¿O acaso había más religión de la que creímos y quisimos ver en la propia Ilustración?

¿Qué variables del fenómeno religioso no fueron suficientemente tenidas en cuenta en esa crítica y debemos ahora reconsiderar? Especialistas y divulgadores de todas las disciplinas y con muy diversos grados de rigor se aprestan a dar su punto de vista, a explicar el fenómeno, a declarar que en realidad no es nuevo, a relativizarlo, a absolutizarlo, a documentarlo. Basta echar un vistazo a las estanterías de novedades de cualquier librería o biblioteca, u hojear cualquier suplemento periodístico o revista cultural. La religión lo invade todo.

Sin embargo, aunque asistamos aun regreso de la religión, hay cosas que han cambiado irremediablemente: las sociedades modernas del mundo globalizado ya no se articulan en torno a una sola colección de creencias y liturgias de obligado cumplimiento. Como mucho, corresponde a los individuos elegir en el nuevo supermercado de las creencias aquellas que se ajustan mejor a sus intereses del momento.

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