Feminismo fatal

El domingo pasado se dieron las elecciones regionales más polémicas de Francia en los últimos años. Lo que generó la atención mediática no fue la suerte que correría el partido de Sarkozy, cuyo revés electoral ya se venía venir. Tampoco el resultado que obtendrían los demás partidos postulantes. La indiferencia del pueblo francés era palpable y prueba de esto se evidenció en el alto nivel de abstencionismo: el 52% de los franceses prefirió quedarse en su casa antes que salir a votar. La protagonista del debate político de estas últimas semanas fue Ilham Moussaïd, estudiante francesa de origen marroquí de 23 años, que ocupó el cuarto lugar en la lista de candidatos del Partido Anticapitalista Francés en el departamento de Vaucluse.

Moussaïd se define como una mujer de extrema izquierda, feminista, internacionalista y anticapitalista. Se declara defensora del laicismo, de las medidas contraceptivas, del derecho de los homosexuales y del derecho que tiene toda mujer a interrumpir un embarazo no deseado. Con esa misma vehemencia con la que Moussaïd defiende sus causas, también reivindica su derecho a llevar el hiyad musulmán sobre su cabeza. Ella no ve en el velo islámico un símbolo de opresión. Decidió vestir esta prenda como un acto voluntario a los 18 años. Fue su forma de darle visibilidad a la marginada minoría cultural a la que pertenece. De defender su derecho a la diversidad. Tampoco encuentra una incongruencia entre el feminismo y el Islam, o entre el laicismo estatal y su fe religiosa. Sin embargo, la candidatura de Moussaïd  levantó amplio revuelo en Francia. Recibió críticas de sectores políticos de diestra y siniestra, incluso originó desacuerdos dentro de su mismo Partido Anticapitalista. 

La joven candidata atribuyó las críticas a la ignorancia y muy particularmente a una islamofobia creciente que en Francia es liderada por Jean-Marie Le Pen. Pero los cuestionamientos más duros no vinieron del ultraderechista y xenófobo Le Pen, sino de las feministas francesas. Ellas se lanzaron contra Moussaïd con apasionada rabia. Fatiha Amara, secretaria de Estado a cargo de asuntos sobre barrios periféricos en el Ministerio de Vivienda y Urbanismo -quien comparte con Moussaïd ser de origen magrebí, musulmana y feminista- declaró que ese pañuelo que lleva la muchacha sobre su cabeza es mucho más que diez centímetros cuadrados de tela. Para Amara es un símbolo de un proyecto político de la opresión de las mujeres y la confiscación de sus derechos. La asociación feminista francesa Ni putas, ni sumisas incluso aseguró que demandaría la ilegalidad de la candidatura de Moussaïd y perseguiría que la justicia francesa declarase que ésta es incompatible con los valores de la República Francesa.

Está bastante claro que Moussaïd no lleva el hiyad por obligación, sino porque lo considera parte de su identidad. Por lo tanto, ¿no serán estas rabiosas críticas feministas miopes y superficiales? Cuando un símbolo de opresión pierde su significado, ¿debe seguir siendo estigmatizado? ¿A alguien se le ocurriría hoy en día cuestionarnos a las mujeres por llevar sostenes en lugar de quemarlos en una hoguera?

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