Feliz Newtondad

Como todos sabemos, hoy es el aniversario del nacimiento de una persona muy especial, cuya obra dividió la historia en dos. Me refiero, naturalmente, a Isaac Newton (1642–1727).

En la época en que nació Newton, Inglaterra seguía utilizando el calendario juliano; en el gregoriano, vigente en toda la Europa católica, el día de la Navidad inglesa de 1642 en que el pequeño Isaac llegó al mundo, prematuro y ya huérfano de padre, era ya el 4 de enero del año siguiente. No es fácil resumir su producción científica. Lo conocemos sobre todo por su postulación de la teoría de la gravitación universal, pero a él le debemos también la generalización del teorema del binomio, el cálculo infinitesimal (descubierto independientemente por Leibniz), las leyes del movimiento y mucho de lo que hoy sabemos de óptica y teoría del color.

Los defensores de la religión suelen utilizar a Newton como ejemplo de que un creyente devoto puede ser también un gran científico (y por implicación, que la ciencia y la religión no se oponen sino que se complementan, o incluso que la fe religiosa es una inspiración necesaria para los grandes hallazgos científicos). Newton era de hecho un creyente bastante problemático. Practicaba la alquimia (que estaba prohibida) y se interesó en el ocultismo y las doctrinas herméticas. Se dice, y quizá sea cierto, que no hubiera concebido la fuerza de gravedad si no hubiese sido “preparado” para ella por los conceptos ocultistas de acción a distancia. Newton declaró famosamente —cuando lo acusaron precisamente de inventar una extraña fuerza sin medio de transmisión— que él no pretendía tener ninguna hipótesis (hypotheses non fingo) sobre el mecanismo de la gravedad, ya que no había podido observarlo y tales cosas eran suposiciones que no tenían lugar en su filosofía experimental. En otros trabajos especuló sobre la existencia de un éter que fuera ese medio de transmisión, pero nunca los publicó.

Decir que Newton era cristiano es casi una obviedad dada su época; si una palabra lo describe más fielmente es “hereje”. Escribió y estudió sobre las profecías bíblicas y buscó mensajes ocultos en las Escrituras, pero no creía en la Trinidad y consideraba idolatría adorar a Jesucristo como a Dios. Tuvo que ocultar esta fe heterodoxa para poder progresar en su carrera científica, ya que en el Trinity College de Cambridge, donde estudió y luego enseñó, los fellows debían por reglamento ordenarse sacerdotes anglicanos. Newton postergó todo lo posible su ordenación y finalmente consiguió que el rey lo eximiera de la misma. Sus teorías científicas no incluyen la intervención divina. Creía que el mundo era racional como fruto de un diseño divino, pero no perfecto sino inestable, necesitado de Dios para corregirlo periódicamente. Su rival Leibniz se burlaba de esto diciendo: “Dios Todopoderoso desea darle cuerda a su reloj de tanto en tanto: de otra manera dejaría de funcionar. Parece que no ha sido suficientemente previsor para hacerlo un móvil perpetuo.” (En vista de lo que hoy sabemos, Newton tenía razón, aunque por razones equivocadas.)

En esta fecha, en que buena parte de la humanidad dice celebrar el nacimiento (mal datado) de una figura sobrenatural mitológica y sólo logra gastar dinero en regalos obligatorios, comer demasiado sin necesidad y emborracharse sin diversión frente a sus parientes, no está de más alguna vez recordar la vida de personas reales y relevantes. ¡Feliz Newtondad!

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