Familias cristianas a la carta

En los últimos años al jefe de la organización católica le ha dado por hacer congresos en defensa de “la familia cristina”. Al menos eso es lo que suelen decir sus cómplices, de puertas para afuera. Pero en realidad tales congresos no son para defender “la familia cristiana”, pues nadie la ha atacado para que tenga que defenderla. Parece evidente que lo que en realidad pretende este señor y sus cómplices es, por el contrario, atacar el derecho de los demás a vivir de acuerdo con su libertad para establecer otras modalidades de familia.

¿Realmente les importa mucho o poco al papa y a sus compinches que la gente viva como mejor le plazca? En realidad parece que no. Entonces, ¿por qué ataca la libertad de los demás para vivir como deseen? Pues por la sencilla razón de que las diversas “normas morales” de los dirigentes católicos – normas en las que ni ellos mismos creen ni por supuesto practican- les sirven como armas arrojadizas para lanzarlas contra los gobiernos que pretenden liberarse de su poder, de su control y de su chantaje económico. Y esto es lo que en estos momentos están haciendo en contra el gobierno del PSOE en España, pues una forma de contribuir a su desgaste político es precisamente presentarse hipócritamente como “defensores” de1a familia cristiana, como dando a entender que el gobierno socialista la esté atacando por el simple hecho de que respete la libertad de las personas para establecer vínculos de convivencia según las diversas maneras por las que quiera optar, sin aceptar que “la familia cristiana” deba ser la única que tenga derecho a ser considerada como “familia”.

Pero lo más interesante del caso es que, si los dirigentes católicos consideran que la Biblia es la palabra de Dios y que su organización debe regirse por dicha palabra, entonces la consecuencia lógica es la existencia de diversas formas de “familia cristina” contradictorias entre sí , y, entre ellas y como más llamativas, por una parte,

a)      la que defiende la poligamia,

b)      la que defiende la posesión de concubinas,

c)      la que defiende el divorcio, y

d)     la que establece la subordinación de la mujer al marido;

y, por otra, las correspondientes formas que

a)      rechazan la poligamia,

b)      rechazan la posesión de concubinas  

c)      rechazan el divorcio, y

d)     rechazan la subordinación de la mujer al varón.

Las primeras formas de familia tienen especialmente en común la consideración de la mujer como un simple objeto de compra-venta, y ello explica que el rey Salomón tuviera 700 esposas y 300 concubinas que pudo comprar gracias a sus inmensas riquezas, explica también que en la Biblia se hiciera referencia a la ley sagrada que permitía el repudio de la mujer por parte del marido –aunque no a la del correspondiente repudio del marido por parte de la mujer-, explica igualmente que el propio Yahvé diera a Israel su acta de divorcio, explica la posesión de concubinas, meros “juguetes sexuales”, por parte de los “venerables” patriarcas de Israel, y explica que Pablo de Tarso y toda la tradición de la organización católica hayan defendido la inferioridad y el sometimiento de la mujer respecto al varón.

Tal consideración explica y justifica que Jacob comprase a Lía a su tío Labán, como primera esposa, y a Raquel como segunda una semana después. Y explica igualmente que Pablo de Tarso, principal artífice del cristianismo, ordenara que la mujer llevase la cabeza cubierta como señal de sujeción al marido y que le prohibiera hablar en las asambleas, pues además, mientras, según la supuesta “palabra de Dios” plasmada en la Biblia, los hombres tenían la importante dignidad de ser “hijos de Dios”, las mujeres sólo eran “hijas de los hombres”.

A continuación puede verse en la propia Biblia la presencia de las características mencionadas de los diversos “matrimonios judíos” y de los “matrimonios católicos”, que en teoría no deberían estar en contradicción entre sí en cuanto tanto unos como otros sean considerados como derivados de las leyes morales de Yahvé, dios judío a la vez que cristiano:

a) La presencia de la poligamia en la Biblia es constante y no sólo como una costumbre sino como una norma que tiene su bendición divina, como puede comprobarse mediante la intervención de Yoyadá, uno de los sacerdotes de Yahvé, “quien le proporcionó [a Joás] dos esposas de las que tuvo hijos e hijas”[1].

Es muy numerosa la serie de personajes bíblicos especialmente relevantes y venerados, cuyas familias no fueron precisamente monogámicas, sino todo lo contrario.

Así sucede en el caso del patriarca Abraham, que tuvo a Sara como esposa, pero que, a petición de ésta, aceptó también como esposa a su esclava Agar y tuvo a Isaac como fruto de esta nueva relación[2]. Se dice además en la Biblia que Abraham tuvo varias concubinas, es decir, mujeres que no tenían siquiera la categoría de esposas y que sólo eran una posesión del hombre con la finalidad de su satisfacción sexual:

-“Abraham dio todos sus bienes a Isaac. A los hijos de sus concubinas les hizo donaciones, y antes de morir los envió lejos de su hijo Isaac hacia las tierras de oriente”[3].

Igualmente, se narra en la Biblia que Jacob compró a Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar para él durante siete años, aunque éste engañó y, en su lugar…

“…por la noche Labán tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, y Jacob se unió a ella”[4].

Pero, como Jacob estaba enamorado de Raquel, se lo dijo a su tío y éste se la ofreció a cambio de trabajar para él otros siete años:

“-…Termina  la semana de bodas con ésta, y te daré también a la otra a cambio de otros siete años de servicio.

Así lo hizo Jacob; terminó la semana con la primera, y después Labán le dio por mujer también a su hija Raquel […] Jacob se unió también a Raquel y la amó más que a Lía; y estuvo al servicio de su tío otros siete años”[5].

Por su parte, Esaú, hermano mayor de Jacob, tuvo al menos cuatro mujeres. En Génesis, 26:34, se habla sólo de Judit y de Besemat, pero poco más adelante se deja de mencionar a Judit y se dice:

-“Esaú tomó sus mujeres de entre las cananeas: Adá, hija del hitita Elón; Olibama, hija de Aná, hijo del reveo Sibeón; Basemat, hija de Ismael y hermana de Nebayot[6].

Lo mismo se dice de Gedeón, de Roboam, de Abías y de muchos otros personajes bíblicos:

 -“Gedeón tuvo setenta hijos, porque fueron muchas sus mujeres. También su concubina, que vivía en Siquem, le dio un hijo al que llamó Abimélec”[7].

– “Sus mujeres [las de Roboam] fueron dieciocho y sesenta las concubinas[8].

– “Abías […] tuvo catorce mujeres”[9]

La poligamia era, pues, una costumbre general, como puede verse por otros múltiples ejemplos[10], pero el record más espectacular en este terreno lo tuvo el rey Salomón, quien

“tuvo setecientas esposas con rango real, y trescientas concubinas”[11].

A todo esto hay que añadir que la poligamia no fue simplemente una costumbre sino una institución reglamentada por ley, como puede constatarse en Levítico y en Deuteronomio, donde se hace referencia a las diversas leyes por las que debía regirse el pueblo judío. Así, en esto libros, dando por descontada la existencia de la poligamia, lo que se condena son las relaciones sexuales de un hijo con cualquiera de las mujeres de su padre:

-“No ofenderás a tu padre teniendo relaciones sexuales con otra mujer suya”[12].

-“¡Maldito quien se acueste con una de las mujeres de su padre, porque viola los derechos de su padre!”[13].

c) Por lo que se refiere al divorcio, su reglamentación, especialmente laxa, aparece en Deuteronomio, donde se dice:

“Si un hombre se casa con una mujer, pero luego encuentra en ella algo indecente y deja de agradarle, le entregará por escrito un acta de divorcio y la echará de casa. Si después de salir de su casa ella se casa con otro, y también el segundo marido deja de amarla, le entrega por escrito el acta de divorcio y la echa de casa”[14].

Además y al margen de que ésta fuera una costumbre aceptada en el pueblo de Israel, el carácter de ley divina de esa costumbre aparece con una claridad meridiana en la Biblia cuando se dice que el propio Yahvé se divorció de Israel. En este sentido se dice en Jeremías

“El Señor me dijo en tiempo del rey Josías:

-¿Has visto lo que ha hecho Israel, la apóstata? Ha ido a todos los altozanos y se ha prostituido bajo cualquier árbol frondoso. Yo pensaba: “Después de haber hecho todo esto, volverá a mí”. Pero no ha vuelto. Su hermana, Judá, la pérfida, lo vio: y vio también que yo repudié a Israel, la apóstata, por todos sus adulterios, dándole su acta de divorcio”[15]

Pero, además, el divorcio no fue sólo una ley a la que uno podía acogerse sino que llegó a ser una exigencia divina por lo que se refiere a los matrimonios con mujeres extranjeras, que debieron ser repudiadas y expulsadas, junto con los hijos habidos con ellas, según se dice en Esdras:

“Entonces Secanías, hijo de Yejiel, […] dijo a Esdras:

-Nosotros hemos traicionado a nuestro Dios casándonos con mujeres extranjeras de las gentes del país. Pero aún le queda a Israel una esperanza. Nos comprometemos solemnemente ante nuestro Dios a echar a todas estas mujeres extranjeras y a los hijos nacidos de ellas […]

Entonces Esdras se levantó e hizo jurar a los jefes de los sacerdotes, de los levitas y de todos los israelitas que procederían según lo dicho”[16].  

Poco después, Esdras, dirigiéndose al pueblo, dijo:

“-Vosotros habéis pecado casándoos con mujeres extranjeras, y con ello habéis aumentado la culpa de Israel. Ahora, pues, glorificad al Señor, Dios de nuestros antepasados y cumplid su voluntad. Separaos de la población del país y de las mujeres extranjeras”[17].

Conviene señalar, a pesar de su evidencia, el carácter radicalmente machista del matrimonio judío, en el que el varón puede tener varias esposas, pero la mujer no puede tener varios maridos, en el que el varón puede tener las concubinas que le permita su capricho y sus riquezas, en el que el marido tiene derecho a divorciarse, pero ni de lejos se plantea la posibilidad de que sea la mujer quien se divorcie del marido, y en el que en definitiva la mujer es objeto de compra por el marido, mientras que una situación inversa resulta absolutamente impensable.

Fue después, a partir de Pablo de Tarso, cuando los puntos de vista del Antiguo Testamento, defensores de las primeras formas de familia señaladas, fueron sustituidos, por lo menos en parte, por los últimos. Esta sustitución se ha producido claramente respecto a las cuestiones relacionadas con la poligamia y con el concubinato, pero no tan claramente respecto al divorcio y a la igualdad en valor y dignidad entre varón y mujer.

Así, por lo que se refiere al divorcio, los dirigentes católicos lo habían aceptado durante la mayor parte de su historia, hasta que finalmente en el Concilio de Trento, en 1563,  llegaron a establecer la doctrina contraria, la que afirmaba el carácter indisoluble del matrimonio. Sin embargo, la hipocresía de los dirigentes católicos se puso claramente de manifiesto al introducir la doctrina de la “nulidad matrimonial”, que no representó otra cosa que una nueva forma de introducir el divorcio, pero dándole un nuevo nombre y convirtiéndolo en una fuente sustancial de ingresos para las arcas de la iglesia católica, al establecer tribunales eclesiásticos y juicios de “nulidad matrimonial” en los que, mediante diversas artimañas jurídico-eclesiásticas, tales tribunales llegan a plantearse de un modo cínico y teatral si en realidad ha habido matrimonio o no, incluso después de una convivencia de años y después de que el matrimonio haya tenido varios hijos. Para la obtención de la nulidad matrimonial –o simplemente el divorcio- lo más importante, según los casos más conocidos de nulidades matrimoniales, es disponer del dinero suficiente para pagar un proceso que puede costar entre 3.000 y 50.000 euros. La probabilidad de conseguir la nulidad matrimonial es del 90 %, poco más o menos, ya que existe toda una serie de disquisiciones que facilitan acogerse a un argumento o a otro para conseguirla, especialmente si se tiene en cuenta que la fuerza de los argumentos suele ser directamente proporcional a la cantidad de dinero con que se los apoye. Una vez obtenida la nulidad matrimonial, los católicos separados podrán casarse de nuevo “por la Iglesia” sin incurrir en “pecado”. En tales casos, la jerarquía católica, en lugar de reconocer su aceptación fáctica del divorcio, lo que proclama es que en realidad no hubo matrimonio. En España es conocido el caso de la princesa Leticia, casada por la Iglesia con el príncipe Felipe, pero divorciada previamente de un anterior matrimonio civil.

Mediante el recurso a la “nulidad matrimonial”, los dirigentes católicos no sólo ha encontrado de hecho una forma de introducir de nuevo el divorciosino también una nueva manera de diversificar las fuentes de sus ingresos económicos, aprendiendo al tiempo a ser más prudentes en estos asuntos para así evitar situaciones como la producida cuando Enrique VIII de Inglaterra pidió el divorcio y el jefe de los dirigentes católicos se lo negó, lo cual tuvo como consecuencia la secesión de la iglesia de Inglaterra, la correspondiente creación de la Iglesia Anglicana y la consiguiente pérdida económica y de poder político de la Iglesia de Roma.

Por otra parte, la contradicción de los dirigentes católicos no sólo se da entre la doctrina que defienden actualmente y las que se defienden en el Antiguo Testamento y en el propio cristianismo hasta el siglo XVI, sino que además existe otra contradicción interna en las doctrinas actualmente defendidas por esta organización, pues, por una parte, defienden que el matrimonio se produce como consecuencia de un vínculo establecido por el propio Dios, tal como se dice en el evangelio de Marcos [18], o por una orden de Jesús, según interpreta Pablo de Tarso en su primera carta a los Corintios [19], pero, por otra, cuando en relación con su doctrina acerca del matrimonio se habla de los sujetos – o ministros- de este compromiso, afirmando que los sujetos del matrimonio son los contrayentes, quienes libremente deciden compartir su vida, de manera que el papel de Dios sería muy secundario y consistente sólo en otorgar su bendición a dicha unión pero no la de establecerla, y, en consecuencia, la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio dejaría de tener un fundamento en las palabras del evangelio de Marcos –“lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”- en cuanto tal unión habría sido el resultado de una decisión de los contrayentes, los cuales en cualquier momento que lo quisieran tendrían derecho a deshacer su vínculo.

Los dirigentes católicos olvidan, cuando les interesa, diversos aspectos de sus principios morales “para adaptarse a los nuevos tiempos”, lo cual en principio no estaría nada mal, pues el progreso es bueno en todos los terrenos. Sin embargo, no parece que tal adaptación a los nuevos tiempos deba tener algún sentido desde la perspectiva de la doctrina católica en cuanto implica una corrección de las leyes morales supuestamente establecidas por Dios, cuyo valor debería considerarse eterno como consecuencia de la propia inmutabilidad divina, pues Dios –en el caso de que existiera- no tendría por qué adaptarse a “los nuevos tiempos”, sino éstos a Dios.

Finalmente, conviene insistir en que todas estas consideraciones, tanto las que se fundamentan en el Antiguo Testamento como las provenientes de doctrinas posteriores del cristianismo, deben ser valoradas de manera absoluta por los dirigentes de la organización católica desde el momento en que la Teología católica considera que Dios es inmutable y que, en consecuencia sus leyes son igualmente inmutable.

Y, por ello, la contradicción entre estas leyes es una clara prueba de su carácter simplemente arbitrario y de que no representan la plasmación de unas normas de origen divino sino que sólo son el resultado del oportunismo de los dirigentes de esta organización, que defienden en cada momento lo que consideran que podrá proporcionarles más poder y más riquezas.

 


[1] 2 Crónicas, 24:3.

[2] Génesis, 16:1-4.

[3] Génesis, 25: 6.

[4] Génesis, 29: 23.

[5] Génesis, 29: 27-30.

[6] Génesis, 36: 2-3.

[7] Jueces, 7:30-31.

[8] 2 Crónicas, 11: 21

[9] 2 Crónicas, 13: 21.

[10] 1 Samuel, 1:2; 2 Samuel, 3:2-5 y 2 Samuel, 5:13, donde se habla de las mujeres y de los hijos de David; 2 Samuel, 15:16, donde se hace referencia a las concubinas del rey David (“pero el rey dejó diez concubinas para guardar el palacio”); 1 Crónicas, 3:9; 1 Crónicas, 14:3, donde se dice que “David tomó más esposas en Jerusalén […]”; 2 Crónicas, 11:21, donde se habla de las mujeres y concubinas de Roboam (“Sus mujeres fueron dieciocho y sesenta las concubinas”); 2 Crónicas, 13:20, donde se dice que “[Abías] tuvo catorce mujeres”; Ester, 2:17-19, donde se dice que el rey Asuero se casa con Ester y la nombró reina, en lugar de la reina Vasti.

[11] 1 Reyes, 11: 1-3.

[12] Levítico, 18: 8

[13] Deuteronomio, 27:20.

[14] Deuteronomio, 24:1-2.

[15] Jeremías, 3: 6-8.

[16] Esdras, 10:2-3. Este relato tiene especial interés porque en él no sólo se muestra la naturalidad con que se defiende el divorcio, sino porque además deja traslucir el motivo concreto de este repudio que no es otro que la ambición de los sacerdotes judíos por impedir que el pueblo pudiera “contaminarse” con la adoración a los dioses de otras religiones, cuya existencia, por cierto, se afirma en diversos momentos, y representarían un problema de carácter político y económico, pues los sacerdotes judíos perderían poder ante un pueblo dividido en sus creencias y perderían igualmente aquellas ganancias que fueran a parar a manos de los sacerdotes de las otras religiones. Tiene también interés observar que no sólo se exige el repudio de las mujeres extranjeras sino también la expulsión de sus hijos y la separación de los judíos respecto a la gente del país que se menciona, a pesar de que los niños hubieran podido ser educados en las creencias judías. Esta actitud puede explicar hasta qué punto llegaba la ambición de los sacerdotes judíos y el motivo fundamental de su xenofobia contra los pueblos cercanos, actitud que aparece en muchos otros textos de la Biblia.  

[17] Esdras, 10:10-11.

[18] Marcos, 10: 9: “Por lo tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

[19]I Corintios, 7, 10-11: “A los casados les mando, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido […] Y tampoco que el marido se divorcie de su mujer”.

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