Evolución ciega versus Creación

Ayer 23 de Febrero, como cuenta Carlos Fresneda desde Oxford, tuvo lugar un debate entre Richard Dawkins y Rowan Williams, uno explicando la realidad, el otro manteniendo la ilusión.

Los seres humanos queremos esencialmente dos cosas: Negar la muerte y negar la incertidumbre de la vida salvo en la cuestión de la muerte. La primera negación es genética, y es más fuerte entre los 14 y digamos los 60 años, es decir, dentro de la edad en la cual la reproducción es posible.  

Y buscamos de cualquier manera la certidumbre, pues el miedo a la muerte, que llega siempre de manera súbita, nos hace querer tener la certeza de que no hay peligros.  

Somos esencialmente estructuras que se reproducen, y mucho, pero no todo de lo que pensamos, deriva de ese esquema reproductivo.

Durante decenas de miles de años no existió ''mensaje'' celestial a los seres humanos, que vivían en tribus desperdigadas en grandes territorios, áreas grandes que precisaban para conseguir la energía que necesitaban para vivir y reproducirse.

Los ''mensajes'' empezaron a llegar cuando, tras la revolución energética que supuso la domesticación de plantas y ganado, los grupos empezaron a hacerse tan grandes que ya muchos de sus miembros no tenían contacto con el jefe de la tribu.  En ese momento, y no antes, se empezaron a producir los ''mensajes'' que los jefes temporales de esas tribus, ahora grandes, empezaron, curiosamente, a recibir desde la China hasta el Egipto.

Los mensajes hablan todos de uno o varios jefes alejados de los seres humanos, y que transmiten sus órdenes vía cabecillas autoelegidos de las tribus.  Lo mismo que el cabecilla de la tribu de papiones del zoo más próximo a cada lector recibe los bocados más sabrosos de la comida que sus súbditos encuentran, y las hembras se pirran por ser parejas suyas, esos jefes alejados de los seres humanos, pero aún poco, reciben las primicias y las mujeres se ofrecen en sus templos. Primicias que llegan a ser los hijos primogénitos como en la historia de Abraham.

Las historias que esos jefes alejados (pero aún no mucho, en las montañas del Sinaí, Olimpo, y otras) cuentan, implican un esquema de obediencia familiar y paterna: Los seres humanos son los hijos de esos dioses que los concibieron o crearon.

La evolución de esos jefes alejados (dioses) corre camino con el crecimiento en población de las tribus debido a la abundancia de energía que produce la agricultura.  En cierto momento los jefes abandonan las montañas, abandonan la Tierra y el cielo y se van fuera del mundo, se separan y se hacen independientes de las leyes naturales. Tan lejos se van que incluso en una región de la Tierra, en la India, llegan a desaparecer (Budismo).  Es la única manera de controlar poblaciones de cien mil a un millón de habitantes: Jefes todopoderosos, irresponsables, que hablan a la humanidad a través de esos cabecillas autoelegidos como interpretes de aquellas voluntades; o renuncia de cada ser humano a sus deseos y ansias.

La conciencia existe en cualquier ser vivo que se defiende y trata de escapar de los predadores. Cada ser vivo es consciente de su propia existencia, de sus alegrías y dolores. La conciencia no es más que la interacción constante de los impulsos eléctricos de los sensores corporales con los impulsos eléctricos de las neuronas que almacenan la memoria. Somos, cada ser vivo, nuestra memoria, y los seres humanos, además, podemos romper los circuitos de memoria para crear imágenes nuevas, de manera constante: Pegasos y centauros, sirenas y minotauros.  No hay misterio alguno en la conciencia, que de otra manera se denomina el alma.

La evolución es evidente, como evidente es que el tiempo no tiene sentido sin el espacio, y que las señales electromagnéticas se propagan a velocidad finita. Solo el no utilizar la razón, obscurecida por el ansia de irrealidad que es el no reconocimiento de la muerte y el deseo de seguridad en la vida, ha sido capaz de impedir que esas realidades se aceptasen hace miles de años.

¿Por qué escribo ésto en un blog de ciencia y clima?

La razón es que ya estoy aburrido de describir la realidad a mis conciudadanos, que la rechazan como rechazaban los cardenales de Roma la realidad de una Tierra insignificante perdida en la inmensidad del espacio, cómo Lord Kelvin rechazaba la antigüedad inmensa de la Tierra, y Max Planck la realidad de la interacción discreta de la energía con la materia.

Cómo los españoles y estadounidenses, individualmente y en sus corporaciones, han rechazado la realidad del esfuerzo, y han creído, como hoy con las monedas del Odyssey, que la riqueza sale del fondo del mar con el esfuerzo de otros y llega a nosotros que la esperamos sentados.

Vivimos en el mundo del engaño, de la estafa, de Madoff y la Caja del Mediterráneo, de la Fórmula 1 y demás engañifas que nos rodean. Pero recordemos que el estafador no hace más que cumplir con el deseo del estafado, que le pide un billete con el premio gordo de la lotería a un precio de mil euros, que pide la vida eterna, que pide que le caiga la  riqueza con 4 horas reales de esfuerzo diario.

Volvamos a Dawkins y Williams. Vean el análisis de Pablo Jaúregui en los videos de Orbyt.es

El debate de ayer en Oxford debería despertar a los seres humanos a la realidad. Pero no lo hará. el ansia de ilusiones es superior a cualquier intento de abrir los ojos de las personas al mundo de verdad.

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