Eticidad y laicidad

Desde una particular concepción, la laicidad tiene su origen y fundamento en la ética y la moral.

En relación con el desarrollo filosófico y científico se ha formado una disciplina filosófica: la ética. Cabe definir que ésta es teoría, investigación y explicación de un tipo de experiencia humana o forma de comportamiento de los humanos: el de la moral, aunque considerada en su totalidad, diversidad y variedad.

La ética parte de la existencia de la historia de la moral; es decir, deriva de la diversidad de morales en el tiempo, con sus correspondientes valores, principios y normas.

La ética no crea la moral, aunque es cierto que toda moral efectiva supone ciertos principios, normas o reglas de conducta; sin embargo, no es la ética la que en una comunidad dada establece esos principios o normas.

La ética se encuentra con una experiencia histórico-social en el terreno de la moral, con una serie de morales efectivas ya dadas, y partiendo de ellas intenta establecer la esencia de la moral, su origen, las condiciones objetivas y subjetivas del acto moral, las fuentes de la valoración moral, la naturaleza y función de los juicios morales, los criterios de justificación de esos juicios y el principio que rige el cambio y sucesión de diferentes sistemas morales.

En su profunda reflexión, el filósofo Samuel Ramos, en la década de los 60, dejó escrito que en la época contemporánea asistimos a una crisis de valores. Aclaró también que sería aventurado afirmar que exista una escala valorativa más universalmente aceptada.

Parece más bien que sobre la jerarquía de los valores no hay acuerdo alguno debido a que reina la confusión y el caos. Doctrinas muy difundidas han llegado a negar los principios mismos de la valoración. Los valores, se ha dicho, son meras apreciaciones subjetivas que sólo tienen sentido para el individuo que juzga.

A la vez que dio la voz de alarma, el mismo filósofo aclaró que los valores, en específico morales, se distinguen de los demás en que sólo pueden encarnar en el hombre. Nunca son valores de cosas, sino exclusivos de las personas.

En razón de su calidad moral, el hombre adquiere la categoría de una persona, llámese así al hombre en cuanto que es un fin en sí mismo (imperativo categórico kantiano). Si la noción de un fin último no es un concepto vacío y la ética le busca un contenido concreto, que sea el sumo valor moral, ese fin no es otro que el hombre mismo. “No se hizo el hombre para la moral, sino la moral para el hombre”.

Laicidad

El terreno de la ciencia es secular, referido a una cosmovisión que interpreta y ordena la vida, así como el mundo desde los principios racionales, negando o apartándose de los contenidos de las religiones, como interpretaciones de la vida desde la revelación o la fe. La ciencia separa claramente las esferas de lo sacro y lo profano o humano, afirmando la autonomía de las realidades terrenales, enfrentándose a dogmatismos que tienden a decir en todo la palabra definitiva y no toleran ninguna contradicción, eludiendo y rechazando cualquier crítica justificada en sus afirmaciones y supuestos.

Laicidad, en primera instancia, implica que el Estado no tiene ninguna religión, pero respeta a todas.

El pensamiento laico se identifica y practica como una concepción amplia de la cultura y  la vida civil, que tiene de fundamento la tolerancia en la pluralidad de creencias de los demás, el análisis crítico de las opiniones predominantes,  el rechazo del dogmatismo en toda la vida asociada, incluso más allá de la influencia directa de la institución religiosa dominante.

Ser laico es afirmar la necesidad de separar las doctrinas religiosas de las instituciones, la iglesia o las iglesias que fungen como intérpretes del funcionamiento de lo público en todos sus aspectos, oponiéndose al confesionalismo y al fundamentalismo, según los cuales las instituciones políticas deben estar unidas al respeto obligatorio para todos, creyentes y no creyentes, de los principios religiosos de la iglesia dominante.

La laicidad es un frente de defensa contra el confesionalismo, que, con una serie de antecedentes históricos, se ha formado como una tendencia a someter la política al credo religioso. En esta corriente, el político confesional borra o atenúa los linderos de lo político y lo religioso, de tal forma que la división entre el Estado y la Iglesia pueden desaparecer, pues la religión invade todos los ámbitos del Estado e inspira los actos de la vida pública en la comunidad.

En el momento que vive nuestra sociedad es importante recordar que para el pensamiento confesional, la finalidad del Estado no es otra que alcanzar la mayor gloria de Dios en la tierra, como quería Agustín de Hipona, o la de ser el instrumento de la educación del hombre, para una vida virtuosa y en último término, una preparación para unirse a Dios, como lo imaginó Tomás de Aquino.

En la polémica y el debate que se presentan actualmente en las sociedades modernas, se aclara, que no es que el espíritu laico sea en sí mismo una nueva cultura, sino la condición de convivencia de todas las posibles culturas. Entendemos por laicidad un tipo de régimen, que puede o no tener ese nombre, pero en esencia se ha construido para defender la libertad de conciencia, así como otras libertades que se derivan de ella: de creencias, de religión, de expresión.

En este sentido, laicidad se refiere a una forma de organización político-social, que busca establecer la igualdad, eliminando la discriminación que las sociedades han generado, a fin de que la pluralidad pueda ser vivida de una forma pacífica, tolerable y hasta armoniosa.

Desde su dimensión política se establece que en un régimen es trascendente el respeto de la libertad de conciencia, la autonomía de lo político frente a lo religioso, la igualdad de los individuos y sus asociaciones ante la ley, la superación de la discriminación, el reconocimiento de la laicidad, como uno de los elementos que fundamentan el origen y legitimidad del poder del Estado, el establecimiento claro y preciso, que en la democracia moderna no puede haber laicidad real  sin una democracia constitucional y para que ésta sea tal requiere ser laica.

El nuevo enfrentamiento de ideas busca, en esencia, elaborar y presentar la laicidad como un principio o serie de principios positivos, en los que se reconozca la pluralidad y diversidad generados por la sociedad, incluyendo la necesidad de disponer  de medios institucionales, políticos y jurídicos válidos para todos los integrantes de los diferentes estratos sociales  y que trate de propiciar un diálogo racional, respeto a las decisiones institucionales, cohesión social y coexistencia pacífica.

La filósofa Ikram Antaki decía al respecto: “Las relaciones religiosas deberían ser, en este fin de siglo, nuestra preocupación máxima. En todas partes se exacerban las religiones, y mientras la humanidad va hacia más ciencia el individuo va hacia más religión, mito, pasión de pertenencia y guerras tribales. Nuestra modernidad se anuncia arcaica”.

Así, menos aún podemos ignorar la advertencia de Rabindranath Tagore: “Nosotros, que frecuentemente glorificamos nuestra tendencia de ignorar la razón, instalando en su sitio la fe ciega, glorificándola como espiritualidad, pagaremos eternamente con el oscurecimiento de la mente”.

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