Estatuas y peticiones

Hay cosas confusas pero hay otras verdaderamente desconcertantes. Se supone que somos un país laico en donde hace tiempo había desaparecido la figura divina como personaje legal en la toma de decisiones competentes a los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, sin embargo, la reunión de unos días atrás entre partidos políticos, empresarios y la Iglesia no deja a duda todo lo contrario, que seguimos estando permeados por el velo de la religión, no sólo como modo de vida, sino sobre todo, como forma de práctica, de acción y comportamiento en el mundo.

 Los partidos piden la no intervención de la Iglesia a favor de uno u otro candidato, pero la Iglesia compuesta de ciudadanos tiene el derecho a emitir su opinión. Por su parte, la Iglesia pide una contienda limpia y los partidos acceden, así que todos felices y contentos, es más, siendo un país laico, es totalmente normal que todas las partes cooperen económicamente para la construcción de la estatua a Juan Pablo II. Pero viendo más detenidamente el asunto, si los partidos políticos y los empresarios fueron convocados por el Arzobispado de Morelia, el Ayuntamiento y Grupo Marmor, para solicitarles apoyo económico para tan encomiable labor, ¿no estaremos todos los sectores sociales en el derecho de hacer exactamente lo mismo? ¿O es la Iglesia y la religión una prioridad por encima de otro tipo de organización o institución social?
Sería interesante que se hiciera una convocatoria similar para la construcción de un mural gigante a las afueras del Estadio Morelos con los jugadores de los Monarcas del Morelia, al final de cuentas sería producto de una organización social que persigue el nombre de «porra» o «barra» ¿O no es así, qué es diferente? Es más, cualquier organización social que persiga un apoyo similar tiene el derecho de hacer una convocatoria y esperar recursos, así que adelante con las siguientes reuniones. Claro, no a todos les gusta el futbol, por extraño que parezca, pero de igual forma, no todos son católicos, por extraño que parezca. ¿Entonces en qué radica la diferencia? ¿Es un asunto cultural que le compete sólo al Estado? ¿A qué sectores sociales representan los candidatos? Después de todo ¿qué no son los candidatos al gobierno de Michoacán los que representan la voz de todos nosotros? ¿O no era así? ¿Entonces cómo era? El hecho es que más de uno ha dejado de sentirse representado por personajes inmiscuidos en un mundo de contradicciones entre lo laico y lo religioso, entre lo político y lo empresarial, entre las luces mediáticas y las campañas proselitistas, en fin, entre la conveniencia y el absurdo.
Así que después de todo seguimos siendo religiosos, lo cual no es un problema en lo absoluto, pero puede llegar a serlo. De cualquier forma con lo único que nos podemos quedar en este momento es con la esperanza de que nuestras peticiones posteriores, como organizaciones civiles, reciban el mismo trato y las mismas resoluciones positivas, no porque sean todas legítimas, sino porque se ha sentado un precedente importante con respecto a este tipo de temas. Nadie puede negar la gran presencia que tiene el mundo, pensamiento y organización social que prescribe la Iglesia, desde sus normas de construcción de las instituciones nucleares hasta la codificación de modos de conducta, pero ¿qué sucede con el resto de códigos y normas que coexisten en un mundo social tan complejo como en el que vivimos? Morelia puede resultar una ciudad pequeña, pero sus dimensiones territoriales y cuantitativas no implican una organización simple, sino todo lo contrario, una complejidad que crece a gran velocidad. Y, en medio de ese mundo de diversidades parece natural que cada vez unos cuantos tengan menos oportunidad de representarnos a todos o, por lo menos, a la gran mayoría.
Pero, ¿qué sucede cuando no encontramos figura que nos represente? ¿Qué sucede cuando dudamos de todos ellos, cuando sólo vemos una lucha de intereses entre unos cuantos grupos e instituciones sociales? Esas son preguntas que cada quien tiene que responder. Finalmente, lo último que nos queda por apuntar es la sensación de estar viviendo en dos mundos diferentes. En uno se encuentran «ellos», escenificando la aristocracia del siglo XIX y principios del siglo XX en plena lucha por el «poder». En el otro nos encontramos nosotros, siempre llenos de dudas y viviendo un mundo diferente, más próximo al siglo XXI.

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