¿Están realmente en peligro los cristianos?

Las minorías cristianas están sufriendo ataques, pero no tienen relación con una cruzada global contra el cristianismo, sino que son parte de la tradicional política contra comunidades minoritarias.

En su misa de Año Nuevo en la basílica de San Pedro, Benedicto XVI realizó un alegato en favor de la libertad religiosa, a la vez que denunciaba «la persecución» que sufren los cristianos en todo el mundo. Utilizó el atentado contra cristianos coptos en Egipto, ocurrido la noche anterior, como ejemplo de ese hostigamiento. Según el máximo representante de la Iglesia católica, los dos frentes desde los que se lleva a cabo ese acoso son por un lado el laicismo, «que margina a la religión para confinarla a la esfera privada», y por otro el fundamentalismo, que «quisiera imponer [una religión] a todos por la fuerza».

Ese discurso se repetía en la jornada de ayer, aun con los lógicos matices locales, en las calles de Madrid. El arzobispo de la capital española, Antonio María Rouco Varela, ofició en la plaza de Colón una misa a la que asistieron miles de personas para reivindicar la familia tradicional. No faltaron referencias a la «religión verdadera» y al peligro de la laicización.

Resulta chocante que la misma religión que históricamen-te ha hostigado y perseguido a todos sus adversarios y marginado a quienes discrepaban de sus dogmas, poseedora de un Estado propio, de un poder inmenso dentro de la mayoría de estados occidentales y de un estatus privilegiado en el res- to, pueda padecer «manía persecutoria».

Agenda política católica

En el fondo, lo que tanto Benedicto XVI como Rouco Varela pretenden establecer es la agenda política del Vaticano, que pone en el punto de mi- ra de su acción lobbysta, por un lado, a los gobiernos liberales occidentales y, por otro lado, al Islam.

Desde su perspectiva, los primeros hacen peligrar privilegios que la Iglesia ha tenido en países donde hasta hace poco la religión católica no sólo era el credo hegemónico, sino en la práctica la única religión. Eso ha cambiado, además de como consecuencia de la secularización, con la emigración y con el surgimiento de nuevas creencias que aspiran a ser reconocidas institucionalmente.

Por otro lado, el Islam es su más directo competidor en el «mercado» religioso global. Con la emigración y con Turquía el Islam está a las puertas de Europa. Aun así, en cierta medida la ortodoxia católica comparte agenda con el Islam en lo que a «libertad religiosa» se refiere. Es decir, comparte la obsesión por que la religión no pierda su dimensión pública, institucional y, por tanto, política. Pero su oposición a los países con regímenes musulmanes, especialmente a Irán, les acerca a las posiciones geopolíticas de sus principales aliados occidentales, con Estados Unidos a la cabeza.

Minorías y monopolio

En todo caso, es cierto que las minorías cristianas en los países musulmanes están sufriendo ataques. Pero esas agresiones no tienen relación con una cruzada global contra el cristianismo, sino que son parte de la tradicional política contra comunidades minoritarias o disidentes. Una política que, por otro lado, no es exclusiva ni de Oriente Medio ni de las «guerras religiosas». En general, la «guerra contra el terror» ha agudizado esa política.

Además, esa política forma parte de la genética de la Iglesia católica, por mucho que en este momento haya adoptado el discurso políticamente correcto de la libertad religiosa. Las cosas no han cambiado tanto desde que, en el siglo anterior, Bertrand Russell denunciase que «entre las personas de Occidente con influencia pública, los cristianos tienen el monopolio de la tolerancia». Está claro que cuando Ratzinger o Rouco Varela hablan de libertad religiosa lo que están defendiendo es precisamente ese monopolio.

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