Estado laico y sociedad secular en el Perú

El Estado laico es una larga aspiración minoritaria en el Perú. Para decirlo claramente, el Perú no tiene un Estado laico. Las últimas 3 constituciones del último siglo apenas han variado palabras con respecto a la relación del Estado con la Iglesia Católica; la de 1933 reserva un capítulo a la religión donde establece que «respetando los sentimientos de la mayoría nacional, el Estado protege la Religión Católica, Apostólica y Romana». La actual Constitución le dedica un solo artículo donde dice básicamente lo mismo pero con harta retórica: «el Estado reconoce a la Iglesia Católica como elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú, y le presta su colaboración». En otras palabras, el Estado peruano sigue estando al servicio de la Iglesia Católica. Políticamente no hemos cambiado esas relaciones que siguen en el mismo nivel del siglo XIX, e incluso anterior.

Si al texto constitucional le añadimos la asfixiante profusión de elementos y rituales religiosos en los ambientes administrativos del Estado y como parte de las formalidades políticas, diríamos sin temor que la Iglesia Católica rige al Estado peruano. Desde los tradicionales actos de juramentación de cargos, hasta las mesas de los jueces donde se lucen absurdamente biblias y cruces, pasando por los santos patrones de las fuerzas armadas y policiales, casi no hay espacio público que no esté ligado a la religión. En el calendario se mantienen feriados religiosos aunque no tienen ninguna significación religiosa para la gran mayoría de las personas. Todos estos signos revelan que la religión es la base del Estado creando un nexo directo con la Iglesia Católica. Para colmo, en los últimos tiempos hemos visto que diversas confesiones cristianas no católicas han accedido a las esferas del poder, logrando imponer incluso la participación de los representantes del Estado en su ritual de acción de gracias, lo cual complica aun más el panorama para quienes ansiamos un Estado laico y una sociedad secular.

La sociedad secular y el Estado laico son productos de la evolución del pensamiento humano que surgen a partir de la Ilustración. Es un paso adelante en el rumbo de la civilización y la racionalidad, dejando atrás nociones arcaicas de organización social y política fundadas en lo místico y mágico, en la autoridad delegada por Dios y que concebían el servicio a un dios como el objetivo principal y final de la sociedad y de la vida. Esa mentalidad fue superada durante la Ilustración para centrarse en el individuo y en el bien de la propia sociedad, guiados por la razón y, más tarde, por el conocimiento científico. Este gran salto evolutivo se produce, desde luego, a partir de un adecuado sistema educativo, independiente de las enseñanzas clásicas de la religión y centradas en la ciencia, algo que en el Perú nunca ocurrió, pues la enseñanza de la religión ha estado siempre presente en la escuela, siendo un adoctrinamiento encubierto como «enseñanza de valores». De poco ha servido entonces el énfasis que la nueva República le otorgó a la educación pública con universalidad y gratuidad, pues las escuelas siguieron formando robots al servicio de la fe, tanto en la escuela pública como en la privada, manejada en su mayor parte por congregaciones religiosas.

Como consecuencia, el Perú es un país profundamente religioso. Podría decirse incluso que aun permanece en la Edad Media. Los cambios históricos ocurridos en Europa que determinaron el salto a la Edad Moderna nunca ocurrieron acá. Sería más acertado afirmar que mientras Europa abandonaba la Edad Media, esta se trasladaba a Latinoamérica asentándose principalmente en el Perú, el centro del poder español. Acá nunca hubo el surgimiento de una ilustración, ni el nacimiento del capitalismo, ni la industrialización, ni aparecieron la ciencia y la tecnología. Nada de eso ocurrió en el Perú, donde la ciencia sigue siendo un elemento desconocido y exótico. Incluso la independencia del poder español fue una imposición foránea sin mucho apoyo local. Expulsados los españoles, la Iglesia Católica, que ya tenía las riendas de la sociedad, tomó el control del Estado mientras los militares se disparaban por llegar al gobierno a manejar el erario.

Cuando Europa entraba en la modernidad y nacían los estados laicos, en el Perú la Iglesia pasaba a formar parte intrínseca del naciente Estado republicano. El arzobispo de Lima Francisco, Xavier de Luna Pizarro Pacheco, presidió el primer Congreso Constituyente y hasta se hizo cargo del gobierno de la república en un par de ocasiones. Desde entonces surge la imagen de la Iglesia Católica y el ejército como las instituciones fundadoras de la República, una imagen que no ha cambiado nada en el presente. El ideario republicano del Perú no fue la creación de ilustres pensadores de vanguardia, sino de gente comprometida con la iglesia o del mismo clero. De modo pues que la república peruana tiene en su ADN la religión, y su sociedad nunca dejó de estar regida por la Iglesia. Por el contrario, se construyó al rededor de las tradiciones religiosas y del poder de la Iglesia Católica, antes que sobre cimientos de modernidad secular.

Hoy el Perú figura en el ranking de los países más religiosos del mundo junto a Ghana, Nigeria, Kenia, Irak, Fiji, Bangladesh, entre otros, de acuerdo a un estudio de Pew Research publicado en 2012. Ciertamente no es ningún mérito estar en ese ranking, aunque a mucha gente le parezca maravilloso. En realidad es algo patético. Los países más religiosos del mundo son al mismo tiempo los menos desarrollados, los más pobres y los que tienen la peor educación. No podemos pues regocijarnos de figurar en la lista de los países más religiosos. Por el contrario, es preocupante. Pero mientras la gran mayoría siga pensando que vivir sumergidos en superchería religiosa es grandioso, muy poco será lo que podamos hacer. En este panorama resulta vano pensar en un Estado laico y una sociedad secular. Menos aun pensar en un país desarrollado. Incluso las universidades privadas -muchas de las cuales están regidas por la iglesia o alguna congregación religiosa- tienen a la práctica de la fe como prioritaria en sus claustros. No es nada raro encontrar grutas y ver misas en el campus. Más aun, tal como me consta personalmente, expulsan de la docencia a quienes descubren como ateos.

Según la encuesta sobre religión publicada por CPI en 2014, el 95% de los peruanos profesa alguna religión, siendo los católicos el grupo mayoritario con el 78% de la sociedad. Estas cifras nos colocan al nivel de los países antes mencionados: Ghana, Nigeria, Kenia, etc. De acuerdo al estudio de Pew Research Center 2014, en Latinoamérica el Perú encabeza la lista de países más religiosos, siendo Uruguay el país con una sociedad más secular, donde casi un 40% de personas no están afiliadas a ninguna religión, seguido por Chile con un 18% y Argentina con 12% de personas sin religión. Como muestra extrema de esta situación, uno de los iconos turísticos que el Perú ofrece al mundo es la procesión del Señor de los Milagros. Incluso los peruanos inmigrantes han llevado esta aberrante tradición al extranjero, escenificándolo en los países o ciudades donde residen y regando la idea de que aun somos una sociedad muy primitiva.

Como se ve, el Perú prácticamente no ha cambiado nada desde los días de la independencia o, aun más, de la Colonia. El fetichismo católico está presente en todos lados, resaltando los cristos y cruces en los cerros y las vírgenes en los parques públicos, convertidos impunemente en altares de adoración y de rezo del rosario. Las comisarías, sin excepción, tienen grutas donde se luce algún santo. El fanatismo religioso crece y se diversifica en lugar de menguar, y -lo que es peor- no hay signos de inquietud por esta situación. De algún modo tendríamos que iniciar una tarea de revisión y evaluación de lo que significa para el país el estado de absolutismo religioso en el que se encuentra. ¿Cuáles son las ventajas de ser un país tan fanáticamente religioso? Porque sin duda lo somos.

Los religiosos suelen escudarse detrás de los valores para justificar su adherencia a la fe. Se habla mucho de una moral religiosa y de los valores cristianos. Pero este argumento se cae solo con observar la realidad degradante de la sociedad peruana, donde la inmoralidad cunde por todos lados, ya no solo en delincuencia sino en corrupción. Tenemos una sociedad sumida en el fetichismo religioso, místico y mágico, pero compartido con los brujos y chamanes que tienen un terreno fértil para medrar y hasta para ser parte importante de ciertas poblaciones, especialmente en el norte. La convivencia de creencias diversas y hasta contrapuestas se da entre los peruanos con total naturalidad, sin que exista la menor conciencia de albergar creencias con valores contrapuestos. Además, se da el caso que los propios brujos utilizan el fetichismo religioso para convencer a las personas de su magia y poder, así como anzuelo para atraer a sus clientes.

Es evidente pues que los supuestos «valores de la religión» no han servido para nada en el Perú. Más aun si vemos que los «valores cristianos» se encuentran hasta en las cárceles, como simples cultos que no revisten mayor trascendencia en la esfera de la conducta social. No es difícil comprobar que tanta devoción religiosa no tiene ninguna repercusión positiva en la sociedad peruana. Ocupamos los últimos lugares en casi todo, especialmente en cuanto a educación se refiere. ¿A quiénes entonces beneficia la religiosidad excesiva de los peruanos? Evidentemente al clero. Como en la antigüedad, la casta sacerdotal es la única que termina beneficiada de la superchería mística de las masas. Esto facilita que en cualquier momento aparezca un pastor religioso que, blandiendo su Biblia e invocando a Cristo, se convierta en líder de masas, no solo para predicar la palabra de Dios sino para guiarlos políticamente, como viene ocurriendo en nuestros días con causas relacionadas a la mujer y a lo sexual, campos que siempre han resultado problemáticos y hasta traumáticos para la moral religiosa.

La religión ha trascendido ya los muros de los templos y se ha instalado en las calles, convocando a las masas, como cualquier partido político. Pero lo hacen de manera encubierta, pues su activismo político aparece siempre disfrazado de tarea pastoral. Es un juego sucio porque se ocultan detrás del mensaje de Cristo para levantar sus propias banderas ideológicas en contra del pensamiento secular y para oponerse al Estado laico. Las críticas a esta posición se desvían mañosamente para mostrarse como odio a la iglesia, haciendo llamados a los cristianos para salir en defensa de su fe. Es abiertamente una manipulación de masas, sin escrúpulos. Pero mientras sigamos en una situación de absoluta sumisión a la religión, es poco lo que podemos hacer por ganar posiciones más acordes con las sociedades modernas y el pensamiento contemporáneo. Es una lucha muy difícil y desigual. Pero hay que librarla. Después de todo, quienes se opusieron al absolutismo religioso y al totalitarismo de la iglesia siempre fuimos una minoría, a veces singular.

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