Estado laico o arcaico

Hoy, que es el cumpleaños de Jesús de Nazaret, resulta oportuno hablar de uno de sus temas predilectos. Desde el 7 de febrero del 2009, Bolivia es territorio laico de América. El artículo 4 de la nueva Constitución precisa, por ejemplo, que “el Estado respeta y garantiza la libertad de religión y de creencias espirituales, de acuerdo con sus cosmovisiones”. De inmediato agrega que además “es independiente de la religión”. Ése ha sido un paso histórico formidable para el país; aunque poco debatido, como muchos de los avances constitucionales del presente periodo.

En términos sencillos, un Estado laico es neutral frente a todas las religiones, es decir, no se identifica con ninguna. No es lo mismo, por supuesto, que un Estado ateo, que más bien las combate. Neutralidad quiere decir equidistancia, mirada respetuosa, llena de pudor. Bajo el mandato de la Constitución, el Estado laico boliviano debe entonces abandonar sus tradicionales ropajes católicos, y los gobernantes necesitan disimular, cuando no esconder, sus oraciones íntimas. En la medida en que no existe una religión apoyada por el Estado, no es admisible escolta militar en las procesiones, ministros comulgando en actos oficiales, crucifijos y biblias en los juramentos de autoridades designadas o acceso privilegiado de los obispos en los salones presidenciales. Cuando ocasionalmente se ha empezado a producir esta saludable separación de iglesia y Estado, algunos periodistas han alarmado a sus audiencias, advirtiendo sobre un posible abandono de la fe. Pocas veces, quienes tienen el deber de informar han estado tan desinformados.

Y es que en este detalle reciente descansa la viabilidad del Estado laico. No lo tendremos mientras no depongamos la costumbre de ver como normal el monopolio de un solo credo. De forma gradual, pero sostenida, habremos de aceptar que los seres humanos cultivamos distintos modos de manifestar nuestra espiritualidad y que ningún ritual o institución puede ser considerada como la única vía para hacerlo.

Por esa misma razón, el artículo 86 de la Constitución define que “en los centros educativos se reconocerá y garantizará la libertad de conciencia y de fe y de la enseñanza de religión”. Más adelante se habla del “respeto y la convivencia mutua entre las personas con diversas opciones religiosas, sin imposición dogmática”. Cuánto cuesta todavía que padres y madres entiendan que aunque ellos sean católicos, sus hijos tienen derecho a ampliar sus horizontes y decidir en conciencia, qué fe se acomoda más a sus vivencias y necesidades. Un Estado laico no puede reemplazar a las iglesias en su labor proselitista, por eso la materia de religión en las aulas también debe permanecer neutral.

Y así, en la medida en que la religión se repliega al plano individual y se transforma en un asunto de conciencia de cada uno, las iglesias podrían dejar de pensarse como factor de poder político. Quizás en ese momento dejarían también de competir por aglomerar a cientos de niños en madrugadas heladas y húmedas, en torno a la anual disputa por una muñeca de goma o un camión de plástico, el rincón al que algunos religiosos han confinado la Navidad.

Rafael Archondo
es periodista.

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