Estado laico

Nunca está de más repetirlo de nuevo ya que las autoridades y la clase política parecen no haber asumido esta situación que se arrastra, por inercia, desde, por lo menos, la Constitución del 40 en la que se disponía que la religión de

El artículo 24 de la Constitución lo precisa con toda claridad cuando, bajo el epígrafe “De la libertad religiosa y la ideológica”, dice: “Quedan reconocidas la libertad religiosa, la de culto y la ideológica, sin más limitaciones que las establecidas en esta Constitución y en la ley. Ninguna confesión tendrá carácter oficial”. Más adelante habla de la relación de independencia con la Iglesia Católica y la autonomía de las iglesias y confesiones religiosas”. Vale decir, el Estado paraguayo es un Estado laico.

Días atrás, el comunicado de un grupo de intelectuales que recordaba esta condición de laicidad del Estado provocó molestias y reacciones de protesta que no estaban de acuerdo con la moderación y el tono respetuoso del comunicado. Quizá el momento y la circunstancia que había provocado este pronunciamiento no eran favorables para este recordatorio, pero, de todos modos, creo que nunca está de más repetirlo de nuevo ya que las autoridades y la clase política parecen no haber asumido esta situación que se arrastra, por inercia, desde, por lo menos, la Constitución del 40 en la que se disponía que la religión del Estado era la “católica, apostólica, romana” y exigía que el presidente del Gobierno también lo fuera.

A propósito de ello, las clases han comenzado la semana pasada en Francia. Cuando los alumnos llegaron se encontraron que en 55.000 escuelas públicas de todo el país, el ministerio de Educación, en el mural de avisos, había colgado la “Carta de laicidad en la escuela” con los quince puntos que constituyen la política del Gobierno en este tema, expuestos de manera clara, breve y al alcance del entendimiento.

El primer punto dice: “Francia es una República indivisible, laica, democrática y social que respeta todas las creencias”. El segundo: “La República laica organiza la separación entre religión y Estado. No hay religión de Estado”; y el tercero: “El laicismo garantiza la libertad de conciencia. Cada cual es libre de creer o de no creer”. El sexto punto: “El laicismo en la escuela ofrece a los alumnos las condiciones para forjar su personalidad, les protege de todo proselitismo y toda presión que les impida hacer su libre elección”. Y fue el punto 14 el que despertó protestas: “Está prohibido portar signos o prendas con las que los alumnos manifiesten ostensiblemente su pertenencia religiosa”. Los islamistas protestaron contra este punto pues veían aquí un obstáculo para el uso de ciertas prendas de vestir, especialmente en las mujeres: el pañuelo, el burqa, el chador y todo aquello que trata de ocultar el cuerpo femenino.

Ante estas protestas, el ministro francés de Educación, Vincent Peillon, aclaró los puntos: “El laicismo no se refiere a una religión en particular porque precisamente las pone a todas en situación de igualdad. En la escuela de la República no se recibe a pequeños musulmanes, pequeños judíos, pequeños protestantes o pequeños agnósticos. Se recibe a alumnos de la República”.

El mismo ministro, al presentar la “Carta de laicidad en la escuela”, dijo: “Para algunos alumnos, el laicismo es hoy, antes que nada, una prohibición, una amenaza, cuando es justo lo contrario. El laicismo es lo que permite a cada uno construir su propia libertad respetando la de los demás”. Quizá valga la pena recordar, a propósito de estas aclaraciones, que hasta el propio papa Francisco se mostró a favor del Estado laico, porque es la única forma de Estado que garantiza realmente la libertad de culto.

Pero por aquí tendríamos que empezar: por enseñar a los ciudadanos el respeto a los demás, el respeto a sus creencias o sus no creencias. Pedir que se cumpla con lo que dispone la Constitución no podrá ser nunca motivo de alarma ni mucho menos de irritación o de cólera y de manera muy especial en el caso que comento, ya que tenemos trágicos ejemplos de las atrocidades que se cometen en los Estados integristas.

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