Espiritualismo: esto no se va ni con agua caliente

¿Cómo es posible que el pensamiento mágico no remita de una vez? ¿Por qué Podemos tontea con chamanes y curillas? Reconozcámoslo: porque así nos sentimos parte de ‘la buena gente’ y eso da mucho gustito.

Echando un vistazo a la prensa, las redes sociales o los libros de éxito, salta a la vista la presencia de un espiritualismo que empapa el lenguaje coloquial y los principios de la ortodoxia o corrección política. El término espiritualismo fue puesto en boga por Victor Cousin en el siglo XIX:

«Nuestra verdadera doctrina, nuestra verdadera bandera es el espiritualismo, esta filosofía tan sólida como generosa, (…) Esta filosofía enseña la espiritualidad del alma, la libertad y la responsabilidad de las acciones humanas, las obligaciones morales, la virtud desinteresada, la dignidad de la justicia, la belleza de la caridad y fuera de los límites de este mundo muestra un Dios, autor y modelo de la humanidad que luego de haberla creado, evidentemente con una excelente finalidad, no la abandonará en el desarrollo misterioso de su destino. Esta filosofía es la aliada natural de todas las buenas causas.» (N. Abbagnano, Diccionario de filosofía).

Y, a su vez, la palabra original a partir de la cual se forma es pneûma, en griego, spiritus, en latín: soplo, aliento, respiración. Ya en Homero, la vida es identificada con el aliento vital, que escapa de la boca de los muertos en la batalla por Ilión. En un sentido análogo, pero ya con trazas metafísicas más que mitológicas, se encuentra en Anaxímenes y, sobre todo, en los estoicos:

  1. «Los estoicos [creen que Dios] es un soplo [pneûma] que se extiende aun a través de las cosas podridas.» (Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos)

Su origen es organicista o naturalista, incluso materialista, según algunos pensadores cristianos. La primera vez que aparece en la Biblia también tiene en principio el sentido de vida, aunque según Scholem, en la tradición judía se refiere al lenguaje:

«Entonces formó Yavéh Elohim al hombre del polvo del suelo, e insuflando en sus narices aliento de vida [spiriculum vitae], quedó constituido el hombre como alma viviente.» (Génesis, II, 7)

La noción se institucionaliza y se consolida en la tradición cristiana con el sentido ya plenamente espiritualista, dotado de voluntad absoluta, de unidad perfecta:

«El espíritu sopla donde quiere [spiritus flat ubi vult]» (S. Juan, III, 8)

Los tiempos actuales no han logrado barrer con su soplo, ingenua aspiración ilustrada, el soplo del Espíritu. Lo más lejos que se ha llegado es a adaptarlo a nuevas apariencias, más flexibles, más débiles conceptualmente, más pobres estéticamente.

Prueba de esta inercia espiritualista implícita en la mentalidad de las sociedades históricas es la persistencia de distintas formas de superstición, a pesar de los desarrollos tecnológicos y de las evidencias científicas y de la cautela filosófica e intelectual sin la cual se han cometido los disparates más homicidas. Las redes sociales ofrecen, como una muestra no despreciable de las creencias que palpitan en ciertos sectores de la población, la paradoja de dispositivos y redes altamente sofisticados que son empleados para difundir las ocurrencias y cosmovisiones más etéreas, inconsistentes y míticas, a prueba de argumentos y demostraciones. Lo más avanzado al servicio de lo más reaccionario. Por eso, no sería tan urgente preguntarse cómo es posible que las frases de galleta china o las vacuidades del tipo de los libros de autoayuda estén entre los trending topics de Twitter o Facebook, sino a qué se debe la vergonzante calidad intelectual de este espiritualismo postmoderno. No pueden extrañar esas ansias por buscar consuelo, sentido y refugio en creencias que emulen o finjan una eternidad o una trascendencia impostada, si bien eficaz a efectos sociales. Sin embargo, quizá quepa preguntarse por las causas de su estatura estética y teórica, de un infantilismo sintomático.

El espiritualismo opera por substancialización de procesos dialécticos. Borra los conflictos, las diferencias y la heterogeneidad inconmensurable de realidades que acaban siendo resueltas con la rápida economía verbal de un vocablo con aspiraciones de totalidad: Espíritu, Naturaleza, Alma, Humanidad, Conciencia, Identidad, Voluntad, Yo, Felicidad, Amor, Dignidad, Paz. Estas invocaciones, que pretenden denotar una realidad originaria o definitiva, completa, pura, ofrecen el gratificante refugio de la aceptación, del autoengaño también, de la pertenencia al Bien, al lado Luminoso de la Fuerza, donde no llega la corrupción política ni la perfidia moral, y su mera pronunciación cierra toda discusión y produce un acatamiento social al cual es casi imposible enfrentarse sin ser etiquetado con los más espantosos y demoníacos epítetos, aquellos que condenan al no creyente al destierro de la corrección política.

De entre las variedades más dispares y pintorescas del espiritualismo de moda quizá tengan más impacto el ecologista (Naturaleza), el psicologista (Sentimientos) y el voluntarista (Libertad). El primero viene a ser en buena medida una de las formas gracias a las cuales Dios ha renunciado a su rostro personal a cambio de mostrar el rostro de una Naturaleza personalizada (La Madre Tierra, La Pacha Mama). Tan apóstata es hoy el que cuestiona el calentamiento global, perpetrado por los malvados humanos y la idea misma de La Naturaleza por metafísica, como ateo en los tiempos preconciliares el que negaba a Dios y su sacrificio, también por los hombres, en la Cruz. La Naturaleza, virginal y sin mancha, mancillada por el pecado de Adán, es recuperada ahora, como trasunto de la Gracia, bajo análogos esquemas dogmáticos:

«Todo cuanto obró el supremo Artífice está tan acabado que no se puede mejorar; mas todo cuanto han añadido los hombres es imperfecto.» (Gracián).
«Todo es perfecto al salir de las manos del Hacedor de todas las cosas; todo degenera entre las manos de los hombres.» (Rousseau).

El segundo, el espiritualismo psicologista, aparece prácticamente en todos los órdenes de la vida pública, pero es especialmente dañino en la enseñanza, donde el concepto, la investigación y el estudio están aplastados por la felicidad del infante, su creatividad y sus emociones. El tercero, el voluntarista, late en el plano de lo político, donde resulta, como ya sabía el agudísimo Maquiavelo, especialmente catastrófico. La confusión de deseos y realidad puede llegar a ser un trastorno psíquico severo, pero llevado a las tramas de poder conduce al desastre de los Estados y de sus ciudadanos o súbditos.

Como se ve, la metafísica sigue vigente, compuesta ahora por los flatus vocis con los que se configura el lenguaje de la ortodoxia postmoderna. Este Espiritualismo de marketing y redes sociales, propio de la decadencia que asola Europa (rendida ante el fanatismo islamista), se expresa en manifestaciones coloquiales, como «Yo decido sobre mi cuerpo«, muestra de un desdoblamiento o dualismo que presupone un agente emperador del cuerpo, como dos entidades distintas y aun independientes, al estilo cartesiano; o la idea de creatividad, como si las ideas vinieran de la santa inspiración (soplo o spiritus) y no de unos conocimientos, destrezas y referencias estéticas y culturales ya existentes que configuran el marco en el que se mueve el artista…, y al propio artista.

Hay una suerte de persistencia del pensamiento mágico en nuestras sociedades hipertecnologizadas. Pero, aun admitiendo la naturaleza inevitable de esta deriva, cabe repudiar críticamente este espiritualismo que no lee, o que parece carecer de lecturas sólidas, y que reemplaza las lecturas y la crítica por la inspiración divina, ante la cual todo argumento es estéril. Sería sensato que el espiritualismo quedara en algo privado, lúdico o existencial, teniendo en cuenta que su desaparición es imposible, además de indeseable ya que en pequeñas dosis es imprescindible para hacer tolerable el dolor agónico de la existencia mortal. Sin embargo, este pensamiento débil impregna la política, convertida literalmente en un circo, en una torpe escenificación gestual en la que los lemas, las camisetas, las pancartas y las perfomances, incluso en instituciones teóricamente destinadas a la discusión y a la argumentación, como el Parlamento, bloquean toda posibilidad de análisis, de matiz, de estudio. Y, así, este discurso ornamental, envoltura simbólica que a base de promesas y esperanzas atenaza férreamente a los sujetos en la repetición y la sumisión, imbuido del aliento indolente de la postmodernidad espiritualizada, no puede enfrentar el espiritualismo macizo, homogéneo y férreo de la barbarie islamista que amenaza asolar nuestra decadente y a duras penas materialista civilización, aunque todavía bella, ya decrépita.

Y aun más inquietante resulta el hecho de que sean las autodenominadas izquierdas los movimientos de masas en los que cristalizan estos espiritualismos, reservados en otras épocas a las derechas o al pensamiento reaccionario o al conservador, como se puede apreciar en los nacionalismos, que se apoyan en espiritualismos etnicistas, localistas y hasta racistas.

Esta deriva, que ha espiritualizado unas izquierdas antaño materialistas, impregnadas ahora de las modas más triviales y huecas, se basa en el dogma, que no es exclusivo de ellas, de que la democracia es un constructo puro, mancillado o traicionado por la (falsa) democracia real y, correlativamente, que, al girar en torno a la propuesta de que sea «el Pueblo» el sujeto decisorio en lo político, las decisiones concretas, efectivas, históricas y reales de este sujeto político serán siempre las mejores. De ahí el puritanismo que reclama recuperar la democracia de la «gente», la democracia verdadera:

«Aquella mal entendida máxima de que Dios se explica en la voz del pueblo autorizó la plebe para tiranizar el buen juicio, y erigió en ella una Potestad Tribunicia, capaz de oprimir la nobleza literaria. Este es un error, de donde nacen infinitos: porque asentada la conclusión de que la multitud sea regla de la verdad, todos los desaciertos del vulgo se veneran como inspiraciones del Cielo.» (Feijoo)

Tal política no es sino teología o mera fe secularizada. El Pueblo, como entidad sustantiva, sencillamente no existe. Esta atribución de una naturaleza inmaculada, con tintes sagrados, a un fenómeno histórico y político en continuo cambio y en contradicción interna constante explica que los más diversos personajes de la historia y la política la reivindiquen y se la apropien desde las posiciones más dispares y sin fundamentación teórica alguna, a lo que se une la otra cara de la moneda: tachar como fascista, sin más aclaración ni argumentación, es decir, como no demócrata, como hereje, al adversario electoral o estratégico. Dios, la Historia, el Pueblo son fantasmas (phantasmata, imágenes, en griego), formas de alusión a lo Absoluto, al Espíritu (Volkgeist).

El espiritualismo se afianza, como vemos, tanto en la pesada carga de las totalidades atributivas que anegan la disparidad y riqueza inagotable de los sujetos racionales humanos bajo Dioses o Pueblos (Vox Populi Vox Dei), como en la ilusoria individualidad absoluta que consagra la espontaneidad y la libertad atómica de unas burbujas creadas desde la nada.

La realidad es más compleja y más ingrata y el folclore catódico que nos envuelve nos condena a una espiritualidad libre de rigor conceptual, a salvo de las penalidades de la crítica, la investigación, el estudio y la argumentación.

El Espíritu Santo vuelve a iluminar la frente de los hombres reencarnado en la Telebasura.

José Sánchez Tortosa es filósofo.

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