Espiritualidad y otras ambigüedades en la política de Podemos

En un escrito reciente Félix Población preguntaba públicamente a Monedero si la ciudadanía habrá de seguir pagando lo mismo (200 euros anuales por cabeza) para la Iglesia. Partiendo de tan pertinente pregunta, me planteo reflexionar sobre el reguero de ambigüedades con que viene sembrando Podemos su camino hacia el poder para desahuciar a la casta. Aunque lo de casta se usa cada día menos en pro del pragmatismo. Entiendo, lejos de mí la tentación del francotirador implacable, que, como persona con memoria, tendré que revisar lo que se decía y-con comprensión-el rigor de las rebajas aceptadas como imprescindibles para avanzar hacia una sociedad con la mínima dignidad. Así que siento como propia la tensión de ciertos momentos en quien ha de decidir entre lo de La verdad es siempre revolucionaria (columna de Lidia Falcón) o lo de La mentira nos hará libres (libro de Fernando Vallespín). Sin ánimo de frivolizar, pretendo terciar en una de las más relevantes ambigüedades (Venezuela, vínculos mediáticos, qué política nueva, centros concertados, memoria, movilizaciones y mmss…) de Podemos, el laicismo.

            Como ahora F. Población, en verano pasado, algunos nos cuestionamos lo de tic anticlericales en los debates de Plaza Podemos. Entendimos entonces ya arriesgado y peligroso falsear/soslayar el debate imprescindible sobre topar con la iglesia. Por mucho que se acuda a novedosas o creativas fórmulas con las que desdibujar el campo semántico de laicismo-religión-conciencia-valores-ética, no se resuelve el histórico problema de las imposiciones de la Iglesia-poder. Antes de hablar de Espiritualidad y otras necesidades o excesos en nuestra sociedad, convendría que no se olvidara el discurso claramente laicista de Monedero, Iglesias y otros líderes   Podemos en los medios a que tenían acceso preferente (La Tuerca en Vallecas o Público en papel). Así podamos tener unas referencias claras sobre el proceso de cambio><continuidad del régimen del 78. Está claro que la cercanía de mayores responsabilidades agudiza el pragmatismo e invita a atenuar las denuncias y la veracidad antes citados. La pregunta en estos momentos es si con ambigüedades o inventos se podrá mantener el favor de quienes tengan claro que son víctimas crecientes de la privilegiada casta, jerarquía eclesial incluida. Ahí queda la pregunta y las tentaciones de cerrar en falso otra vez el cambio ¿de régimen? que parece necesario. ¿Valdrá con, una vez cambiado el monarca, con buscar otro González (¡brillante jubilación!) y similar compañía?

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