España, estado plurirreligioso nunca laico

La Ley de Libertad Religiosa que prepara el Gobierno permitirá el uso del pañuelo islámico en los colegios públicos. Lo ha dicho el ministro de Justicia, Francisco Caamaño. La falta de valentía de los socialistas es absoluta: son unos cobardes. Se inflaman hablando de laicismo para, después, aceptar toda la parafernalia religiosa al uso: funerales de estado católicos y lo que se tercie, además de afirmar cínicamente que el derecho a la educación, en el caso de las musulmanas que llevan el pañuelo en la cabeza, signo, se quiera o no, de sumisión hacia el hombre, prevalece sobre otras consideraciones. Aido, ministra para la Igualdad, puede irse a casa. La misma hipocresía se da en el PP, aunque de otra forma: Esperanza Aguirre afirma que está de acuerdo con la prohibición del velo. Perfecto. Pero se opone a que se elimine, por ejemplo, el crucifijo de los colegios. La secretaria general de los populares, Dolores de Cospedal, en similar línea, tiene la enorme falta de vergüenza de asegurar que la lucha por la igualdad de la mujer es muy ardua como para que se tenga que aceptar el uso del pañuelo islámico. Nada dice, al igual que Aguirre, de los símbolos católicos, y jamás ha protestado por la situación de la mujer en la Iglesia católica: relegada a poco menos que la nada.

Tienen razón los que dicen que España no es un Estado laico, a lo sumo tibiamente aconfesional. Un estado laico no subvenciona, como se hace en España, con muchos millones de euros a la Iglesia católica; un estado laico no permite que la simbología religiosa esté abrumadoramente presente en sus fuerzas armadas o que celebraciones de carácter nacional se mezclen con otras religiosas, hasta el extremo de ver cómo en la Semana Santa suena el himno nacional y se cuadran los uniformados cuando la imágenes de los pasos se les ponen por delante. El español es un Estado prácticamente confesional, aunque este Gobierno a veces desaire a los cardenales y obispos al aprobar leyes como la del aborto, matrimonios homosexuales o de investigación con células madre. La jerarquía eclesiástica no puede aspirar a tenerlo todo, al igual que durante la dictadura franquista; eso sí, la financiación ni se discute: si los obispos reclaman mejoras, se les conceden; no hablemos ya de denunciar el Concordato con el Vaticano, nítidamente inconstitucional para los especialistas. El laico Rodríguez Zapatero no se lo plantea. Si llega a gobernar el católico Rajoy, se hará lo que en Roma se decida.
Entonces, para qué polemizar sobre el velo islámico. Aguirre y Cospedal han de callarse y los socialistas dejar de utilizar cínicamente los apoyos electorales, siempre involuntarios, que reciben de los obispos cuando deciden manifestarse o criticar las actuaciones del Gobierno. España es un Estado a punto de transmutarse en plurirreligioso, con el catolicismo disponiendo de la primogenitura.

El Gobierno socialista puede, si quiere avanzar en el laicismo, como falsa y enfáticamente proclama, fijarse en la Francia republicana. En ella, el presidente Sarkozy sí da ejemplo de laicismo: ahora con su decisión de prohibir esa afrenta a la dignidad de la mujer llamada burka y otras vestimentas propias del rigor del fundamentalismo islamista. Lo de España es, como casi siempre, una fenomenal tomadura de pelo.

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