Escuela sin Dios: la refundación del Estado salvadoreño

Una investigación del filósofo Julián González denominada “La escuela sin Dios”, muestra un pasaje de la historia nacional que, cinco décadas después de la independencia, dio paso a un intento de refundación del Estado salvadoreño con una medida polémica: eliminar la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas públicas y limitar a la iglesia y a la religión en las labores educativas, proceso político que desencadenó la educación laica en El Salvador.

En julio de 2010 el Arzobispo de San Salvador, Monseñor José Luis Escobar Alas, calificó de inconstitucional la “Ley para autorizar la lectura de la Biblia en el sistema educativo” y solicitó al expresidente de la República, Mauricio Funes, vetar el decreto que obligaba a instituciones educativas -públicas y privadas- leer el libro hasta siete minutos diarios.

Monseñor calificó de “verdadera falacia” el obligar a leer el texto sagrado de los cristianos en las escuelas, aduciendo que, aunque parezca la mejor solución para la violencia del país, no se tendría los resultados esperados.

Contrario a esta acción, una reciente investigación histórica, revela que gracias a la fuerte influencia de la iglesia católica heredada de la corona española, aún después de la independencia, desde 1861 se convirtió en deber de los profesores enseñar la doctrina católica, tanto que en 1862, un documento oficial con la firma del presidente Gerardo Barrios y el papa Pío IX, dispuso a la educación pública “bajo el manto vigilante y protector de la iglesia”.

Pero en 1871 hubo un punto de giro, justo en la época en que la modernidad construía saberes, forjaba prácticas y rediseñaba poderes en el mundo, el mariscal Santiago González, líder del golpe de Estado que derrotó a Francisco Dueñas, inicia un plan revolucionario en la escuela agregando a la par del catecismo católico de Ripalda, el catecismo político.

“La idea de los reformadores de fines del siglo XIX era crear un ciudadano cuyas prácticas se cimentaran en el paradigma de la modernidad, un paradigma occidental basado en el progreso, la ciencia, la lógica y la razón”, explica Julián González en la presentación de su libro.

Al igual que el catecismo católico, el nuevo texto escolar contenía principios, mandatos y explicaciones teóricas de cómo alcanzar la felicidad, pero no en la otra vida, sino en esta y aquí en la tierra, buscando con ello formar un ciudadano laico y salvadoreño.

Por primera vez se dio la formación en los ciudadanos de un “ethos” (carácter, argumentación) político que no estaba asociado a un plan de salvación, sino a la aplicación de una serie de valores morales y cívicos que ayudaban a la convivencia y construcción social.

Esta medida permite comprender la visión de lo ocurrido en la región tras las influencias de las reformas francesas y los aires de cambios provenientes de Suramérica, de Uruguay y específicamente de pensadores colombianos que arribaron al país. Es en este momento histórico cuando se amplía el sistema educativo y empieza a ofrecerse otras oportunidades al pueblo, especialmente a las excluidas mayorías indígenas.

Este cambio en la educación deja trazado el recorrido de los liberales salvadoreños para cambiar el sistema de valores centrado en el cristianismo por uno dominado con valores laicos, gracias a un sistema educativo en vías de secularización que promovía y difundía esas nuevas visiones del mundo.

El corazón del libro está marcado por momentos históricos de ruptura entre las esferas estatales y las jerarquías eclesiásticas. La escuela ya no tenía que ser un lugar para difundir la doctrina católica y esta debía ser sustituida por formación moral, “puesto que honrados ciudadanos y no rezadores necesita el país”, afirmaba su promotor Antonio J. Castro, Viceministro de Instrucción Pública.

Patricia Fumero, catedrática costarricense afirma que “la transición hacia la laicización de la sociedad fue un fenómeno que estuvo presente a lo largo de América Latina en las últimas décadas del siglo XIX y presentó especificidades propias en cada contexto histórico”.

En El Salvador produjo una ruptura silenciosa entre el tradicional convenio Iglesia-Estado, que poco a poco se fue acrecentando y terminó con el destierro del obispo de San Salvador y su curia por sus discrepancias con el proceso de laicización.

Junto con las reformas educativas, la iglesia católica también perdió otros privilegios, sobre todo económicos, que recibía del Estado. Solo uno de ellos fue la administración de los cementerios de dónde obtenía rentas que pasaron a ser administradas por las municipalidades.

Al desacralizar los cementerios, poco o nada le llegó a importar al Estado el alma de los difuntos. Su principal objetivo era administrar el cuerpo de los fallecidos. Más que el alma de los muertos, le interesaba la salud de los que se quedaban.

Todas estas medidas empezaron a causar escozor en los círculos conservadores que en principio no creían que se estuviera promoviendo el ateísmo cuando se estableció la escuela laica, pero veían un peligro en la instalación del mismo: “inculcar que la felicidad común no tenía que depender de la práctica unitaria del credo religioso”.

Como en la actualidad, los medios de comunicación escritos jugaron un papel importante para repeler la política liberal. En mayo de 1871, un grupo de sacerdotes fundó el periódico católico “La Verdad”, donde señalaron que “como guardianes de la fe estaban convencidos de que el catolicismo era el pilar que sostenía la moral y el progreso del país” y alertaban a la población a que no se dejaran embaucar con reformas políticas que, a fuerza de parecer modernas, atentaban contra lo más sagrado de la tradición y las creencias de los salvadoreños.

Los forjadores de la Centroamérica independizada de España legaron una nación esencialmente católica. La tradición enseñaba que la religión de los salvadoreños era esa y la iglesia, por tanto, no terminaba de comprender la razón de la iniciativa del Gobierno del mariscal Santiago González de querer garantizar el derecho a que cada ciudadano eligiera en forma libre y razonada el credo religioso de su conveniencia, abriendo de esta manera el primer combate entre la Iglesia y el Estado.

Las medidas iniciadas por Santiago González fueron rematadas por Rafael Zaldívar en 1880, quién retiró definitivamente el catecismo de las escuelas y a quien otro medio conservador –El Órgano Pedagogo– volvió a atizar con sus críticas.

Otros medios que aumentaron la polémica fueron El Diario Oficial y el periódico El Católico que llegó a afirmar que “la enseñanza laica era un compendio de herejías”.

Laicizar la educación fue un proceso reformista que trajo consigo una mediana secularización de la sociedad, que no logró el impacto que se esperaba, aunque sí vislumbró una refundación del Estado salvadoreño donde sus pobladores pasaron de ser súbditos a ciudadanos.

Entre otras cosas, Miguel Huezo Mixco, escritor que comenta la investigación “La Escuela sin Dios”, señala que las reformas educativas hicieron cambiar libros de imaginería por los de geografía y que se diera explicaciones científicas a fenómenos que solo se interpretaban desde la religión.

“La medida se apuntaba a una modernidad laica de marcar la frontera entre la esfera religiosa y la política, dejar de lado la hegemonía católica y relegarla en el debate de los asuntos públicos, desplazar la creencia y práctica religiosa al ámbito privado”, comenta Huezo Mixco.

El espíritu reformista no condenó la creencia y religión de nadie, pero ya no se veía imprescindible o prudente que el criterio religioso primara en las decisiones de orden político, social o económico del Estado.

Alberto Romero, otro analista de la investigación universitaria, opina que con la reforma educativa que llevó a laicizar la educación se reivindicó la educación pública (laica, gratuita y obligatoria) como una función del Estado y no de la iglesia y la religión, y definió ese método específico de formación como el ideal en un Estado democrático.

En la presentación del libro “La Escuela sin Dios” pudo escucharse que el impacto de esta reforma educativa en la actualidad todavía es un debate abierto, pero deja la posibilidad de ver con otros ojos algunas actuaciones polémicas de actores políticos que contra el espíritu de la Constitución que señala la condición de Estado laico a la sociedad salvadoreña, han realizado actos como nombrar a la Virgen de Fátima “diputada honoraria” de la Asamblea Legislativa (13/mayo/2004), definir un impuesto municipal para la realización de fiestas patronales que en general son fiestas católicas, señalar que la Biblia y la Constitución serán los libros que guiarán las decisiones políticas de un gobernante, entre otras cosas.

Cabe señalar que el rechazo del Arzobispo Escobar Alas a la medida de leer la Biblia en las escuelas públicas se dio en momentos que distintas encuestas reflejaba una disminución de feligreses en las filas de la iglesia católica y un incremento sustancial de adeptos a las distintas expresiones de iglesias evangélicas protestantes, contrario a lo ocurrido en 1860 cuando la iglesia católica no tenía competencia en la promoción y divulgación de la fe cristiana.

Niños escuela Goicoechea en San Salvador

Niños de la Escuela Superior de Niños Goicoechea en San Salvador. (Foto: Cortesía de Biblioteca "Francisco Gavidia")

Niños escuela en El Salvador

(Foto: Cortesía Archivo General de la Nación)

Julián-González filosofo Escuela sin dios El Salvador

El filósofo y catedrático de la UCA, Julián González, autor del libro “La Escuela sin Dios”. (Foto: José Mejía)

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