¿Es un disparate que musulmanes y judíos descansen otros días?

La Ley de Libertad Religiosa es uno de los proyectos ideológicos estrella del programa electoral del PSOE de Rodríguez Zapatero. La propuesta de ampliar los días de descanso de musulmanes y judíos y satisfacer así a sus confesiones ha encendido la polémica. ¿Comparten los españoles de a pie no parecen compartir la idea?

Antes del verano

La crisis económica ha retrasado la mayoría de las iniciativas pero el Ejecutivo ya ha hecho saber que, tras aprobarse la reforma del aborto, la ley será debatida en el Congreso antes del verano, por lo que en fecha próxima el consejo de ministros remitirá el proyecto al Consejo de Estado, que deberá informarlo. De hecho la Dirección General de Relaciones con las Confesiones ya ha mantenido una serie de contactos con la Conferencia Episcopal y con los representantes de las principales iglesias.

Las propuestas de Caamaño

Según ABC, el ministro Caamaño habría preparado dos proyectos de ley, uno 'generalista', que apenas extendería la ley vigente, que data de 1980, a las confesiones minoritarias que hoy quedan relativamente excluidas de la norma, sin entrar en concreciones como la retirada de los crucifijos y símbolos religiosos de las aulas de la escuela pública según la famosa sentencia del Tribunal de Estrasburgo relativa a Italia (sería en este caso el reglamento de la ley el que entraría en detalle). El segundo proyecto, sería más concreto y ya incluiría estas limitaciones.

Con independencia de que tienen razón quienes afirman que una reforma de la legislación vigente ?la ley 7/1980- puede ser objetivamente conveniente pero carece de toda demanda social, es importante que se evite que la reforma sea paradójicamente un recorte de la libertad vigente, que proviene precisamente de la falta de una normativa específica.

La necesidad del laicismo, necesidad de la tradición

Además, parece evidente que lo que debe perseguirse es intensificar la laicidad del Estado, en cuyo marco puedan desenvolverse las diferentes religiones, y no someter al Estado a las asimetrías de una pluralidad entre creencias no siempre compatibles entre sí. Además, es defendible la idea de que la sociedad española tiene derecho, corporativamente, al mantenimiento de una tradición cultural ?vinculada para algunos a determinadas creencias religiosas pero totalmente desligada de ellas en muchos casos- con la que se siente identificada.

La polémica surgida por el descanso de musulmanes y judíos

Estas precisiones que anteceden vienen a cuento de la perplejidad que suscitan algunas noticias que llegan a los medios. En concreto, se entiende mal la insinuación gubernamental de que se dispondrá que los seguidores de las religiones minoritarias puedan descansar un día de la semana distinto del domingo (el viernes los musulmanes, los judíos el sábado).

Es muy probable que la opinión pública, casi unánimemente, califique semejante propuesta de disparate, que va absolutamente en contra del espíritu de una verdadera ley de libertad religiosa dictada por un estado constitucionalmente aconfesional, laico.

El descanso laboral, que en Occidente tiene lugar el domingo y por extensión el sábado, responde a una lógica civil, aunque en los ancestros tenga un origen religioso. En consecuencia, habrán de ser las diferentes confesiones las que se adapten a los desarrollos cronológicos que han ido perfilándose durante siglos de decantación intelectual, revoluciones políticas y luchas sociales.

Cuestión privada

Por decirlo más claro, la laicidad del Estado significa que la religión ha de ser, sobre todo, una cuestión privada, sin perjuicio de que tenga visibilidad en la medida en que no colisione con otras creencias ni choque con la ley civil. Y en especial, cuando exista una tradición incontestada de presencia pública (las manifestaciones religiosas de la Semana Santa, por ejemplo).

Una única ley, un único Estado

En todo caso, el Estado deberá luchar por la existencia de una sociedad única, no compartimentada ni escindida en reductos religioso-culturales particularistas e impermeables. El criterio democrático debe consistir en la existencia de una única sociedad, una única ley, un único Estado. En ese marco, el pluralismo y la libertad deben ser plenos, pero en modo alguno debemos avanzar hacia un multiculturalismo divisor que debilite la idea de nación, el concepto de sociedad unitaria, el grandioso principio del pueblo soberano autodeterminándose de una sola pieza.

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