¿Es progresista el nuevo Papa?

Cuesta creer que no sea «de derechas» tras haber confiado, recientemente, el gobierno del Vaticano a un Legionario de Cristo

En los últimos meses vienen siendo frecuentes diversas declaraciones del nuevo líder de la Iglesia católica en un tono aparentemente más moderado y conciliador que el de su predecesor. Y, al unísono, percibo que se van multiplicando declaraciones, artículos, opiniones y comentarios esperanzados sobre la supuesta tendencia a la mesura del nuevo pontífice. “Jamás he sido de derechas”, dijo el Papa Francisco en una entrevista para una revista cristiana, provocando una lógica reacción de optimismo generalizado, a la espera de que puedan ser superados, de una vez, el radicalismo y la actitud medieval, totalitaria e inclemente de la jerarquía católica.

En los últimos días, en la misma tónica de ofrecer unas apariencias de austeridad y de ponderación que, si nos informamos bien, nunca han caracterizado a esta organización más que de fachada y relumbrón, el papa Francisco ha hecho otras declaraciones inauditas y sorprendentes, eso sí, en el contexto de imprecación a los fieles que asistían a su misa: “El dinero es el excremento del diablo, nos hace idólatras y nos corrompe”. E insistió en su homilía en el enorme daño que hace a las personas el desorbitado afán por ganar dinero.

En realidad, este tipo de afirmaciones suelen ser bastante frecuentes en los discursos del clero. Recuerdo haber escuchado este tipo de afirmaciones con mucha frecuencia en la infancia, en la época en que me tragaba, por obligación, las misas de domingo y fiestas de guardar. Entonces me las creía ¿cómo no creer entonces a adultos que se erigen en los guardianes de la moral y en los vendedores de la espiritualidad? Hace ya tiempo que no. Justamente desde que empecé a tener capacidad de discernimiento, deseos de racionalidad, sentido consciente y honesto de ética y de moral, y, sobre todo, ganas de leer y de informarme sobre qué existe detrás de la fachada que se nos muestra.

Pues bien, me temo que si el papa Francisco no es de derechas, y si, además, es consciente de que el desorbitado afán por el dinero corrompe a las personas, se ha equivocado radicalmente de organización en que militar y que liderar. Y cuesta creer que no sea “de derechas” tras haber confiado, recientemente, el gobierno del Vaticano a un Legionario de Cristo, secta, como sabemos, más que radical e integrista. Porque la Iglesia católica, no es que haya sido siempre y siga siendo de derechas, es que siempre ha sido y sigue siendo de extremísima derecha. Por centrarnos sólo en la historia reciente, ha apoyado totalitarismos sanguinarios en los países de su órbita, ha apoyado abusos, genocidios, dictaduras. Ha sido cómplice del nazismo, del franquismo, del fascismo italiano. Ha colaborado con los horribles crímenes de los utasha croatas. Apoyó en estrecha alianza a  Pinochet, a Videla, Somoza, Trujillo, Batista, y sus terribles matanzas, consideradas como los grandes genocidios del siglo XX. En España actuó igualmente en estrecha alianza con la dictadura franquista y alentó la persecución y el fusilamiento de demócratas, ateos, librepensadores y progresistas. De hecho, la Iglesia católica en particular, y todas las religiones monoteístas en general, son las organizaciones humanas más totalitarias y tiránicas del planeta. Unos angelitos, ellos.

El tema del dinero es la piedra angular de la cuestión. ¿Cómo se atreven a demonizar, de cara a la galería, el dinero y el poder que representa, cuando la Iglesia católica es una de las mayores fortunas del planeta? Porque firman concordatos con los gobiernos de su órbita para recabar cantidades ingentes de dinero de los presupuestos generales correspondientes. Porque inscriben a su nombre todos los bienes públicos que pueden, y algunos también que no pueden (hace escasos meses pagó treinta euros al registro cordobés de la propiedad por inscribir a su nombre la Mezquita de Córdoba, por ejemplo); porque incitan continuamente a donaciones, colectas, transmisión de herencias, concesiones de suelo por parte de gobiernos y ayuntamientos. Porque cobran por visitar los miles de monumentos histórico-artísticos que han hecho suyos y deberían ser del patrimonio nacional, de los que, por cierto, no pagan un euro en impuestos ni en mantenimiento ni en reformas, sino que lo pagamos los ciudadanos de a pie. Porque recaban inmensas cantidades de dinero público para obra social que se lleva a cabo sólo en apariencias y de cara a la galería. Porque sólo en España, en una época en que la gente se está suicidando por perder su casa, en que un 20% de los niños sufre de malnutrición, en que hay seis millones de parados, se han asegurado una donación anual del Estado de más de 11.000 millones de euros. Tan austeros, ellos.

Sentenciaba Cervantes en El Quijote, refiriéndose implícitamente a la Iglesia de su época, que “Nada es lo que parece, amigo Sancho”, alentando a sus lectores al análisis y al conocimiento previos en que debería basarse cualquier creencia o convicción, y no en la superstición y la ignorancia que algunos identifican con la palabra fe. Ello ocurría en los primeros años del siglo XVII, es decir, hace nada menos que cuatro largos siglos. Y estoy segura de que, de haber vivido Cervantes en nuestra época, hubiera seguido incitando a lo mismo; a no creer en las palabras vanas sin constatar su veracidad con los hechos. Porque el conocimiento proviene del escepticismo, de la duda, de la investigación, la constatación y la evidencia, no de ninguna creencia irracional; y porque, como afirmaba Bertrand Russell en su libro “Por qué no soy cristiano”, “lo que el mundo necesita no es fe ni dogma, sino justicia, razón y una actitud de cuestionamiento científico, combinada con la convicción de que la tortura de millones de personas no es deseable, sea infligida por Stalin, Hitler o por una deidad construída a imagen y semejanza del creyente”. Sería yo la primera en alegrarme de que el nuevo Papa fuera realmente moderado y progresista. Pero me temo que es harto difícil. No nos creamos las palabras si no van acompañadas de hechos.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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