¡Es el laicismo, idiotas!

‘Este país necesita una revolución del laicismo de verdad, un laicismo tan respetuoso con la religión que no se atreva a usarla como mascarada electoralista’

Aunque se las da de (querer) parecerse a Scott Fitgerald. “tiene una gracia tan natural que parece deliberada”, mi altocargo se pierde sin referencias. El cabronazo del corrector ortográfico me había escrito ¨”reverencias”. Y desde que ya no somos susanistas (el plural es porque lo quiero mucho, como la trucha al trucho) por abdicación de la propia jefa, pues nos hemos quedado colgados de la brocha. La misma vieja soledad de los teólogos medievales cuando descubrieron que ni siquiera Dios podía modificar el pasado.

Yo más bien tiendo a pensar que languidece melancólico porque Gómez de Celis no le ha respondido a ninguno de los siete (7)  wassap que le ha mandado felicitándolo y tal por el pelotazo del pedrismo. Pero mejor no se lo digo porque enseguida me da la brasa con la reiteración intelectual de sus sólidas convicciones políticas, lo que no quiere decir que no se torne flexible como los juncos cuando el viento de la historia nos empuja, amore, para otro lado.

El caso es que hace un calor que quita las ganas. Volvemos de una convención de perplejos, gente que no sabe si tirarse al metro o a la taquillera y bebe para olvidar todo lo que dijeron la semana pasada. O mejor: beben para que los demás olviden lo que dijeron la semana pasada. Hay un poco de atasco. La radio dice que hace calor, información de alcance, digamos. Cuando de pronto: “El Ayuntamiento de Cádiz aprueba con los votos de Podemos la concesión de la medalla de oro de la ciudad a la Virgen del Rosario”.

Y fue oír aquello y a mi altocargo se le resplandeció el semblante, se vino arriba, se sintió lleno de la misma energía de las mañanas con las que vigila mi despertar. Esta es, nunca mejor dicho, la letanía:

Mira cari, mi vida, que llevo diciéndolo desde que me marché de mi niñez oliendo a coño y tabaco, como en la copla de Patxi Andion. Que este país necesita engrasar los goznes de la democracia representativa, que este país necesita revisar con mesura y talento el enjambre del modelo territorial,que este país necesita eliminar los tramos de concentración de chorizos o al menos señalizarlos, como en las carreteras, que este país necesita tomarse de nueve en serio Eurovisión. Pero sobre todo necesita una revolución, naturalmente muy muy pacífica: la revolución del laicismo. Del laicismo de verdad, esto es, un laicismo tan respetuoso con la religión que no se atreva a usarla como mascarada electoralista. El otro día se me saltaron las lágrimas cuando Macron, ya sabes que soy afrancesado hasta la muerte, reivindicó con orgullo la protección del laicismo como una de las claves de la democracia. Con Franco se moría la semana santa, de triste que era; al Rocío iban los lugareños con sus zahones y sus guitarras a contar las estrellas que salen nuevas en mayo; los españoles por la gracia de Dios se murieron por fin de flebitis y cuando todos suponíamos que los crucifijos iban a desaparecer de las escuelas y los militares de las procesiones y los curas de los cuarteles, pues llegan los socialistas y los comunistas y los poscomunistas y las Plataformas Asamblearias Por Mi Vecina la del Primero Izquierda Si Se Puede (PAPMVPISSP) y aquí lo que tenemos en una orgía de costaleros, pregoneros, capataces, hermanos mayores, hermandades, peregrinos, medallas y vírgenes de toda laya a las que son devotos los alcaldes Kichis y las presidentas Susanas, pasándose por la “espesura” (sic) la Constitución. Y esos ridículos  plenos municipales votando por unanimidad a las vírgenes como alcaldesas perpetuas o medallas de oro de la ciudad. Si yo fuera católico adscrito, te juro que me cabrearía mucho con esta gente que utiliza los símbolos religiosos como gomina para sujetar el pelo de la dehesa de las tradiciones populares. No hay nueva ni vieja izquierda, sólo estos capillitas emboscados que reverdecen con las primaveras.

–No, si en eso llevas razón, le dije para ver si la cosa amainaba.

–Oye, cari, ahora que estamos en el tema, ¿hemos quedado en Almonte o en La Aldea la semana que viene?

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