Es duro ser Charlie

Es duro y es complicado, sinceramente. No sé por dónde empezar. ¿Por qué principio?

Podría empezar por el 11 de septiembre de 2001. Aquella mañana, horas antes de que el mundo cambiara, me pasó una cosa que me dio tanta vergüenza, tanta, que no se la había contado a nadie. Hasta ahora.

Llevaba yo entonces ya unos cuantos años físicos en Madrid, y me empezaban a separar cada vez más años mentales de las amenazas que confusamente empezaba a percibir en el mundo nacionalista catalán que yo había mamado siempre.

Pero ni yo misma me daba cuenta de la apostasía que empezaba a cuajar dentro de mí hasta que me pasó lo siguiente: llamé por teléfono a una empresa catalana con la que tenía tratos, pregunté por no sé quién, me dijeron que no estaba porque era fiesta y yo, despistada e irritada, pregunté: “quin cony de festa és, avui?”. Una voz cargada de solemnidad y de reproche me espetó: “La Diada Nacional de Catalunya”.

Y a mí se me había pasado completamente. ¿Por qué sería?

Esa tarde (en Europa) cambió el mundo conocido. Muchas cosas quedaron limpiamente del revés. Yo me recuerdo a mí misma viendo incrédula arder las Torres por la tele y sentir el corazón en un puño como ni yo misma lo entendía. Pero si a mí Nueva York nunca me había importado especialmente. Si ni siquiera me había molestado, con treinta añazos como ya tenía, en poner los pies en ella. Si hasta me había permitido el ocasional gustito de dármelas de antiamericana.

Pero de repente vi aquello y me sacudió una epifanía brutal. Me di cuenta de la inmensidad de mala hostia que se agazapaba en ciertos recovecos del mundo a los que yo estaba acostumbrada a mirar con paternalista simpatía. Con ese cariño que mira a los pobres aquel que está segurísimo de no dejar nunca de ser rico.

Me imagino que se sentirá igual un antitaurino al que de repente le pasara por encima una estampida de toros.

Este tipo de agrandamientos repentinos de la lucidez cuestan mucho de digerir a veces. ¿Se acuerdan de mi querida Oriana Fallaci, de cuán despiadadamente empezó a cargar desde entonces contra la islamización de Europa y la claudicación buenista de cierta progresía de salón, y cuán a caldo la pusieron muchos por ello?

Pero era lógico. A Oriana le había pasado, sospecho, algo parecido a lo que me pasaba a mí. Un brusco despertar a la consciencia de que no todo el mundo es bueno ni lo quiere ser. Y que pertenecer a una raza catalogada de opresora no debería convertirte en carne de cañón automática, no importa cuánto lleven sufrido algunos a cuenta del colonialismo, el imperialismo, etc.

Es que oye, si se acepta ese determinismo, si se acepta que todo vale y que no nos alcanzarán los trabajadores de las Torres, y los dibujantes franceses, y los hombres inocentes y las mujeres inocentes y tropeles y tropeles de niños, algunos incluso musulmanes, es que si la vida de todo eso no cuenta nada al lado de un cósmico, delirante rencor de los fracasados de la Historia, entonces, ¿de qué te vale ser multicultural y comprensivo? Seamos serios: si van a por nosotros, si de verdad van a por eso, ¿no tendrán razón los neocon y los cabrones? ¿Ir de guay y de amigo del islam no será, con perdón, hacer el canelo?

Ese ha sido y viene siendo un poco el dilema: que quien intuye la gravedad del problema no ofrece soluciones amables, y quien está por las soluciones amables, no parece enterarse de la mitad de la misa del problema.

¿Qué hacer entonces? ¿Liderar la islamofobia o dejarnos pasar a cuchillo? ¿Hay término medio?
A mí así dudando y angustiándome se me ocurre uno: doble o nada. Repetir de caldo. Y de epifanía.

A ver; aquí estábamos todos convencidísimos de haber llegado al final de cierta Historia. A la casilla final de la Ilustración y el laicismo definitivos. Aparcadas las miserias del pasado, aquí progreso y después gloria.

Bueno, pues bastante a fondo la crisis nos ha demostrado que para nada. Que no. Que el hombre sí muerde al hombre (y a la mujer) cuando siente lo más elemental de su existencia por todas partes amenazado.

Esa es la clave, ese es el quid. El horror que vislumbramos el 11-S, lo que tiró las Torres al suelo, lo que ha entrado a sangre y fuego en Charlie Hebdo, a pequeña y más confusa escala puede cundir por todas partes, bajo el paraguas de todos los credos, o incluso sin necesidad de ninguno. Porque la exclusión empieza a ser algo marginal o temporal para devenir un peligroso magma. Hay una peligrosa cantidad de gente cuyos sueños, calidad de vida, hábitos de holgura, autoestima social y laboral, etc, etc, etc, se han venido dramáticamente abajo. El mundo rebosa millones de fracasados o de personas que así se sienten. Y que piden oscura venganza. Que alguien pague por su desdicha.

No falta mucho para que en nuestras calles se practique el tiro al inmigrante por el mero hecho de serlo. Con cierta razón, desde determinado punto de vista. Excepto el de la realidad. Porque los inmigrantes ya están aquí, y eso no tiene vuelta de hoja. La única posibilidad de ganar o por lo menos templar esta batalla pasa por adaptarse al terreno, no por negar su existencia.

Por todas partes cunden los desarraigados y los desclasados y ojo que la religión es la mejor patria portátil. La mejor obsesión de campaña. Miren, en eso se parece al nacionalismo, que cuando juega a la contra de un Estado consolidado revienta en mística, en reinvención de la realidad. Mucha gente hoy en día en Cataluña, créanme, fa veure, finge, que España no existe. Cultivan y practican una especie de independencia autootorgada y clandestina. Como no se pueden divorciar de España, van y le ponen los cuernos.

Funciona. Sobre todo en este mundo actual donde Internet apabulla hasta el solipsismo. Yo soy yo y mi pantalla, y mi pantalla no es una portada de periódico, no es una visión del mundo que alguien me propone. Es un mundo a medida que me fabrico yo a golpe de clic. El 2014 serem independents. Allah akbar.

¿Que comparo a los islamistas radicales y a los hipercatalanes? Sí, y qué. A quién le pique, que se rasque. También voy a compararles a todos ellos con los griegos que se creen que tienen escapatoria del euro, con los alemanes que se creen que pueden hacer lo que les dé la gana y que Europa nunca se les romperá, con los vascos que, se acuerdan, no aceptaban dejar de matar a los que no pensaban como ellos…A ver, unos cruzan más barreras infames que otros, pero el mínimo común denominador, la línea infrarroja que se enciende al paso de todos ellos, es la capacidad de ponerse seriamente de culo, con perdón, a realidades que no gustan. De actuar como si esas realidades no existieran o fuesen otras.

En los años venideros la religión dará mucha fuerza a escapismos de este tipo, vertebrará legiones de parias de la tierra, que dejarán de luchar por integrarse en sus naciones de acogida para hacer la guerra o lo que sea por su cuenta. Ya vemos cómo la semilla del fanatismo puede rebrotar en la tercera generación de una familia de origen musulmán que parecía la mar de integrada en Francia. Hasta que algo falla o se rompe, hasta que el contrato social se vuelve dudoso. ¿Y qué rebrota entonces? Pues no precisamente las ganas de leer a Voltaire.

¿Estamos a tiempo? Con franqueza, no lo sé. Me inclino a pensar que se avecinan años espesos.

Y sin embargo…

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