Erdogan se mide con Atatürk

Si los islamistas obtienen mañana en Turquía la mayoría necesaria, podrán reescribir la Constitución

Viacheslav M. Mólotov, ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, decía que "el problema de las elecciones libres es que nunca puedes estar seguro de quién las va a ganar". Por eso Stalin no se arriesgó nunca. Pero en las elecciones legislativas que este domingo se celebrarán en Turquía lo único que parece seguro es quién va a ganar: el islamista Partido de la Justicia y Desarrollo (AKP), encabezado por Recep Tayyip Erdogan, primer ministro desde noviembre del 2002. La gran incógnita es por cuánto va a ganar.

Turquía vive una guerra cultural entre un bando laico, básicamente urbano, y otro conservador y fuerte en las zonas rurales, donde se alimenta el voto islamista. Y la nación laica, obra de Mustafa Kemal Atatürk, el fundador de la república, vive en el temor de que el laicismo no acabe de conquistar el imaginario social de los turcos. "El conflicto real es económico. Hay una lucha de clases entre dos culturas: por una parte, la vieja clase media kemalista, integrada por los militares, la burocracia y el empresariado afín; y por otra, la clase media emergente, no necesariamente islamista, que procede del campesinado de Anatolia y que ha prosperado con el comercio", afirmó en una ocasión a este corresponsal Can Paker, presidente de la Fundación Turkish Economic and Social Studies, en una reunión organizada en Estambul por la Comisión Europea.

Turquía ha cambiado con Erdogan. Ya no llama con grandes ilusiones a la puerta de Europa, sobre la que parece haber perdido la fe; es la 16. ª economía mundial y la 6. ª de Europa; la globalización ha facilitado que sea una potencia económica en África,y se ha dado una política exterior independiente que ha enfriado sus relaciones con Israel y le permite hablar con Irán, Hizbulah y Hamas. Antes de Erdogan, Turquía estaba en la periferia y ahora está en el centro de Oriente Medio, donde su modelo puede ser una fuente de inspiración, según le gustaría a Occidente, para después de las revueltas árabes. No todo, sin embargo, es digno de imitar: en cuanto a libertad de expresión, Turquía apenas va por delante de Rusia, que ya es decir poco, y el trato que da a los kurdos (unos 10 millones) tampoco es homologable para los europeos, pese a las reformas introducidas por Erdogan.

¿Qué explica entonces la importancia de las elecciones de este domingo? Para los laicos, que dicen mirar hacia Occidente, el temor que les suscita el autoritarismo de Erdogan. Para Erdogan, la posibilidad de enmendar la plana a los kemalistas con una nueva Constitución.

Las encuestas pronostican que Erdogan va a ganar por tercera vez desde el 2002. Lo que no se sabe es si obtendrá la mayoría de dos tercios (367 escaños), lo que le permitiría cambiar unilateralmente, como pretende, la Constitución de 1982, en la que el ejército hizo constar que es el garante de la república laica. O si sumará 330 escaños (de 550), lo que exigiría someter su propuesta a referéndum. Pero, para empezar, el sistema electoral está a favor de Erdogan.

Turquía ha situado en lo más alto el listón para decidir si un partido entra o no en el Parlamento. En España, el listón está en el 3% de los votos; en Turquía, en el 10%. La razón de que esto sea así es una ironía: se subió el listón para evitar que el partido nacionalista kurdo —la minoría no reconocida como tal— obtuviera representación parlamentaria (por eso los kurdos se presentan como independientes). Y la consecuencia ha sido la polarización entre los islamistas y la oposición del Partido Republicano del Pueblo (CHP), heredero de Atatürk, y del derechista Partido del Movimiento Nacionalista (MHP).

En el 2002, los islamistas obtuvieron el 66% de los escaños con el 34% de los votos, y sólo el CHP superó el listón del 10%. Dieciséis partidos sumaron el 45% de los votos pero quedaron fuera del Parlamento. Y en el 2007, los islamistas cosecharon el 62% de los escaños con el 46% de los votos. CHP y MHP salvaron el listón, pero once partidos, con el 13% de los votos, se quedaron fuera. Si la historia se repite ahora, los islamistas sumarían más de 367 escaños, por lo que podrían enmendar la plana kemalista.

La Constitución de 1982, autoritaria y centralista, debe ser reformada, pero lo preocupante no es el sistema electoral sino el propósito de reescribirla sin consenso en una sociedad dividida. Erdogan, que dentro de cuatro años no podría ser reelegido primer ministro, según dicen los estatutos de su partido, es partidario de instaurar una república presidencialista; es decir, no le disgustaría ser presidente. Y el problema para los laicos, que antes temían que hiciera de Turquía otro Irán, es que Erdogan pretenda ahora ser otro Vladímir Putin.

¿Una República no Kemalista?

El imperio otomano se extendió en su épocade máximo esplendor, entre los siglos XVI y XVII, por tres continentes. La hegemonía otomana en Oriente Medio se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial, con Mehmed VI como el 36.º y últimosultán. Gran Bretaña y Francia se repartieron despuéslas provincias árabes del imperio.

La derrota del imperio otomano, aliado de los imperios centrales en la Primera Guerra Mundial, propició que Mustafa Kemal Atatürk suprimiera el califato y fundara en 1923 una repúblicalaica en un país de mayoría musulmana. El kemalismo, inspirado en Occidente, creó la Turquía moderna, parte de la OTAN pero no de Europa.

Recep Tayyip Erdogan, islamista moderado, gobierna Turquía desde noviembre del 2002. Fue reelegido en el 2007 y ahora, en las elecciones legislativas de mañana, aspira a conseguir la mayoría que le permita reescribir la Constitución. Erdogan ambiciona ser presidente cuando en el 2023 se celebre el centenario de la Turquía de Atatürk.

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