Epístola de Prisa a los creyentes

COMENTARIO: A los ultracatólicos españoles de La Gaceta les ha bastado ver un artículo en El País, con una dedicatoria de Bonifacio de la Cuadra, autor del artículo,  a "mis amigos de Europa Laica", para que hayan lanzado sus anatemas contra el laicismo, como hiciera en el siglo XIX el papa Pío IX. Porque olvidan fácilmente la historia, reciente y pasada: sean las guerras de religión, la capacidad de la iglesia para imponer su religión a la fuerza, matar herejes,… o sean los abusos sexuales y la pederastia conocida y ocultada, la corrupción vaticana (sexual, financiera, intrigas palaciegas,…), la connivencia con las dictaduras, la falta de apoyo a los derechos humanos, la hipocresía, el poder… o los privilegios de todo tipo que imponen allí donde los gobiernos se pliegan a sus intereses "espirituales". Pero es que el laicismo es muy perverso, porque quiere la igualdad entre las personas, porque quiere la fraternidad y la solidaridad universal, porque quiere la libertad de pensar sin que eso suponga discriminación o privilegio, porque quiere la justicia y la democracia real y efectiva, porque quiere que las personas tengan un pensamiento crítico y racional liberado de tutela externas, porque quiere que las personas puedan decidir por ellas mismas sobre su vida, sus relaciones, su sexualidad,… respentando a las demás y respetando el espacio común para que nadie lo invada con sus creencias o sus convicciones particulares, ue deben formar parte de la opción individual de cada cual, sin que supongan obstáculo alguno para la convicencia. Seguro que esos postulados del laicismo no salvarán la barca de Pedro, pero seguro que permitirían avanzar hacia un mundo mejor.

Pero pedir a estos clericales respeto para quienes no piensan como ellos, es pedir demasiado. He aquí una prueba de ello.


Antes de conocer quién ha sido elegido Papa y qué va a hacer ya puedo augurar algo de él: va a decepcionar a Prisa.

L’Osservatore Spagnuolo, que es como debería llamarse El País en tiempos de Sede Vacante, aprovecha cual suele el vacío de la silla de Pedro para aleccionarnos a los católicos sobre lo que deberíamos hacer y creer. En su número de ayer incluía la carta apostólica de un Bonifacio de la Cuadra (nombre pontificio donde los haya), que dedica su epístola a “mis amigos de Europa Laica en Valencia, Granada y Úbeda”. ¿De dónde vendrá la salvación de la barca de Pedro, sino de Europa Laica?

¿Y qué tiene que cambiar el nuevo Papa para que sea del agrado de Bonifacio y, por extensión, de nuestros amigos de Europa Laica? Casi nada: “El anacronismo de muchos planteamientos católicos, la antigüedad de los ritos, la infalibilidad de la jerarquía suprema —asistida por el Espíritu Santo para despejar dudas—, el empleo del latín para comunicarse, el sacerdocio masculino excluyente de la mujer con pasmosa naturalidad, la exclusión de obligaciones fiscales en un mundo en crisis, la invocación pastoral al Altísimo como argumento inapelable, el mantenimiento del voto de castidad —a medio camino entre la devoción suprema y la coartada para los abusos sexuales—, la prevalencia del dogma sobre la verdad razonada o científica, la consagración del matrimonio solo como herramienta procreativa, la consideración, en fin, del inextricable culto litúrgico como manifestación de amor a Dios y a los humanos… muestran que el nuevo papa tiene tarea suficiente si desea emprender la renovación de la Iglesia católica que va a liderar”.

Uf, por dónde empiezo… Venga, por el principio: “el anacronismo de muchos planteamientos católicos”. Así, sin especificar, lo que no hace demasiado fácil responder. Pero lo voy a hacer: si su objeción a la Iglesia es que resulta ‘anacrónica’, tenemos un problema. Porque lo ha sido, lo es y lo va a ser siempre por definición. El día que no sea ‘anacrónica’, que esté perfectamente conjuntada con los valores del mundo y del momento, habrá traicionado su mensaje, que es atemporal y no está sujeto a la moda y pasará como pasan todas las modas de este mundo, incluidos los ‘valores’ que seguro le son tan caros a don Bonifacio.

De “la antigüedad de los ritos” ni me molesto en hablar: a nadie puede importarle que unos rituales sean antiguos; más bien, los grupos jóvenes tienden a inventar para sus ritos una antigüedad que no tienen. Algo parecido puede decirse del “latín para comunicarse”. ¿Prefiere el inglés, el muy imperialista? Una institución internacional debe tener un idioma común, y elegir una lengua viva supondría discriminar a favor de unos hablantes. Eso, sin hablar de que todo se traduce y de que los cardenales, obispos y demás hablarán entre sí en el idioma que les dé la gana, faltaría más.

“La infalibilidad de la jerarquía suprema”. A ver: uno puede creer que la Iglesia es de origen divino o no creerlo. Si nadie lo cree, pues no hay Iglesia, y en paz. Pero si se cree, nadie debería encontrar raro que considere infalible el núcleo de su mensaje, de origen divino. El Partido Comunista de todos los países donde ha gobernado se ha considerado de facto infalible -el Partido no se equivoca- y no sé si Bonifacio se ha echado las manos a la cabeza con esta extraña práctica sin justificación mística o terrenal, pero apuesto a que no.

“El sacerdocio masculino excluyente de la mujer con pasmosa naturalidad”. Me encanta eso de la ‘pasmosa naturalidad’. Es de las cosas que más me gusta de mi Iglesia. Todas las demás instituciones -¡hasta los más venerables clubs británicos- han cedido al dogma moderno, y ahí sigue la Iglesia, haciendo de su capa un sayo. ¡Ah, qué gusto!

“La invocación pastoral al Altísimo como argumento inapelable”. Oh, qué extraño que una confesión religiosa invoque al Altísimo en lugar de invocar a ese otro ente místico de difusos contornos, el Pueblo, como hacen todos los demás, ¿verdad? “El mantenimiento del voto de castidad —a medio camino entre la devoción suprema y la coartada para los abusos sexuales—”. Que comprometerse a llevar una vida de castidad se haga como “coartada para los abusos sexuales” es algo que, si no estuvieran cegados por las consignas y la mala uva, daría la risa a los mismos que lo alegan. Que alguien incumpla un compromiso está dentro de lo previsible; que lo asuma para incumplirlo ya es bastante retorcido y absurdo.

“La prevalencia del dogma sobre la verdad razonada o científica”. ¿Ejemplos, don Bonifacio? La ciencia moderna es un invento de la Iglesia; el método científico, la experimentación sistemática, incluso el marco ‘dogmático’ que establecía que la creación es razonable y no es parte de Dios. Pero, ay, seguimos con ese viejo ‘canard’…

“La consagración del matrimonio solo como herramienta procreativa”. Mmmmm… No. La Iglesia considera el matrimonio como sacramento, no herramienta, y ha dejado clarísimo su valor unitivo, razón por la que son perfectamente válidos los matrimonios estériles. ¿No será, Bonifacio, que le molesta que no siga el dogma moderno que considera cualquier ayuntamiento carnal “solo como herramienta hedonista”?

Ah, por cierto, me dicen que ya tenemos Papa, la gran alegría que esperábamos los católicos, y sin verle todavía ya puedo anunciar algo de él: va a decepcionar a don Bonifacio. Durante el cónclave, como dice Pablo Molina, toda la progresía prisaica vive con el temor de que los cardenales vuelvan a elegir un Papa católico.

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