Entre Dios y los hombres

Este es un estado laico en el que no hay religión ni oficial ni preferida ni superior a las demás.

La culpa no es de Nicol García, sino de quienes no aceptan que desde hace rato Colombia es un país diferente en el que todos, sin excepción, tenemos que caber, no solo por mandato de la Constitución, sino porque el país es de todos.

Nicol es una niña que debe ser respetada en sus creencias religiosas, sin importar cuáles sean, y la Escuela Normal Superior María Auxiliadora, donde ella estudia, no lo está haciendo. Lo dice la madre de la chica, María Nelly Zuluaga, y no lo desmienten las directivas del plantel.

Es una menor de edad, y su responsabilidad no es la misma de un adulto. Si incluso la ley penal declara a los menores inimputables, es decir, personas a las que no se les puede acusar de un delito que cometieron, mucho menos se les puede señalar de nada por lo que dicen o piensan.

Si Nicol discute y debate con sus maestros sobre religión o sobre el tema que sea, solo cumple con el primer mandato de todo estudiante, un mandato que, lamentablemente, no todos cumplen en el aula: no tragar entero, cuestionar, preguntar, debatir.

La escuela donde Nicol está no puede ser catalogada ni como católica ni como afecta a religión alguna: es un plantel oficial que, por Constitución, se debe alejar de todo dogmatismo, incluso el religioso, aunque esté regentada por monjas católicas. Para claridad de la rectora, las escuelas oficiales no pueden profesar religión alguna ni promover culto alguno.

Y las directivas, mejor que la mamá de Nicol y que el resto de la comunidad de la Normal, saben que cuando niño Jesús fue en Jerusalén al templo, a discutir nada menos que con los maestros de Israel, y ninguno lo acusó de ofender la ley de Dios. Eso al menos escribió Lucas. Nicol hace lo mismo con sus maestras y con sus compañeritas, ¿es eso un pecado o al menos una falta disciplinaria?

Este es un estado laico en el que no hay religión ni oficial ni preferida ni superior a las demás, en el que todas las creencias, incluidos el agnosticismo y el ateísmo tienen igual valor. Un estado en el que sobran los tiros y falta el debate, en el que nadie puede ser discriminado por ninguna razón. Y si Nicol discute y debate y no traga entero, ese, precisamente ese, es su deber como estudiante.

Apedrear virtualmente a Nicol porque rechaza algunas prácticas religiosas dentro del plantel es injusto; incluso puede configurar una conducta contraria a mandatos legales. Estrictamente, ella está en su derecho pleno de hacerlo: no se puede obligar a nadie a asistir a ceremonias o cultos religiosos promovidos por instituciones del Estado. Otra cosa ocurre en los colegios privados…

Nicol es una excelente estudiante, lo reconocen sus maestras. Pero no es católica, lo señalan con desdén ellas mismas, como si estuviera cometiendo una falta grave. ¿Es, entonces, en ese sentido de intolerancia hacia el diferente, hacia el que no piensa como nosotros, hacia el disidente, como se está formando a la juventud en ese colegio del Estado? Pues, de serlo, esa si es una falta seria. Y, al menos a Nicol, le están violando derechos fundamentales.

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